«Traidor» a todos

Es probable que reduzca mi producción como novelista histórico. Pero no se alarmen, que no es que piense abandonar el género ni es que me haya hastiado de esos escenarios literarios. La cosa es más complicada.

Verán: Muchas veces he dicho que mi modelo como novelista es lo que hacen los directores de cine, sobre todo los estadounidenses, que incursionan en muchos géneros y formatos. Ese es mi ideal: hacer hoy un dramón y mañana una comedia, pasado una pequeña obra independiente y al otro una gran superproducción con legiones, trirremes y elefantes. No soy de los escritores que ha querido quedarse en un solo género, ni en un solo segmento de ese género. Respeto a quienes lo hacen, por supuesto pero, al menos en mi caso, eso me conduciría a algo que he visto en otros. No solo a no crecer como escritor, sino a acabar autoplagiándote, que es de las cosas más tristes que te pueden ocurrir.

Esa intención de explorar no siempre estuvo en mí por la sencilla razón de que cuando comencé a escribir no tenía la más mínima intención de dedicarme profesionalmente a esto. Por aquel entonces yo navegaba y, durante un lapso de tiempo en tierra, animado por algunos amigos, empecé a publicar algunos cuentos en revistas especializadas de ciencia-ficción. No pensaba ir mucho más allá y ese es el motivo principal de que adoptase el heterónimo de León Arsenal. No me apetecía gran cosa que me identificasen en mi trabajo como el autor de los cuentos que publicaba. No por nada sino porque yo soy así.

El azar y el destino hicieron que acabase en tierra y que comenzase a escribir obra larga. Lo cierto es que mis dos primeras novelas publicadas fueron ambas de género histórico, en la editorial Valdemar. Luego llegó la película (la trilogía de películas) del Señor de los Anillos, Planeta compró Minotauro, editora de esa trilogía, e instituyó el premio Minotauro. Ahí que mandé mi novela Máscaras de matar, escrita un par de años antes y a la que di una buena revisión ya con la experiencia de dos novelas publicadas. Y gané el premio.

De repente, me encontré convertido en uno de los figuras de la literatura fantástica española y con un montón de promoción que me puso en el candelero, cosa que agradeceré siempre. También aumentó de manera exponencial mi número de odiadores y denostadores dentro del mundillo de la ciencia-ficción y fantasía española, que siempre ha sido en ese sentido un charco de bilis negra y amarilla todavía más humeante que otros, que ya es decir.

Entre los mil y un motivos que encontraron algunos popes de fancine para ponerme a caer de un burro fue el hecho de que, tras el Minotauro, en vez de consagrarme en cuerpo y alma a la sagrada causa de la literatura fantástica, publicase con Edhasa La boca del Nilo, una novela histórica de aventuras sobre la expedición enviada por Nerón a las fuentes del Nilo. Que esa novela se fuese en seguida a las cinco ediciones y que además ganase los premios Ciudad de Zaragoza y Espartaco de la Semana Negra de Gijón, ambas a la mejor novela histórica publicada en el 2004, lo único que hizo, me temo, fue atizar las iras de los santos.

Esa, supongo, fue la primera de mis traiciones, o al menos así se lo tomaron algunos que se consideraban a ellos mismos guardianes de las esencias de la cf y f patria. Pero esa «traición» no fue más que la primera de muchas.

Pescadores de fortuna II

 

poteras-de-la-redUn par de años después (ver la 1ª parte), navegaba en un barco gasolinero que suministraba combustible a las grandes ciudades del litoral mediterráneo español. En más de una ocasión, al arribar a Alicante, tuvimos que quedar en espera de turno de descarga. En tales casos, lo que hacíamos era ir a fondear muy cerca del límite de la reserva marina de la isla de Tabarca. Está prohibido pescar en esa reserva, como es lógico. Pero en el mar no hay vallas ni cercas y, por tanto, justo cerca del límite de la reserva, peces y mariscos proliferan. Y nosotros, si fondeábamos, aprovechábamos la ocasión. Nos dedicábamos a pescar calamares de noche.

Lo que hacíamos era apear un farol por la popa, para atraer con la luz a los calamares. Y luego echábamos poteras. Estas son un lastre de plomo pintado, erizado de garfios. La técnica de pesca es sencilla: hay que lanzar la potera al agua, a no mucha profundidad, y luego ir subiéndola y bajándola mediante el sedal. Con suavidad, para engañar a los calamares. Estos creen que es un pez y, cuando la atrapan, notas el tirón. Entonces, todo es el ir subiendo con suavidad pero sin parar la potera. Y el calamar sale enganchado. Porque, como estos no pueden nadar hacia atrás, una vez que le atrapas con los garfios de la potera, si no detienes el ascenso, no puede liberarse.

CalamarEso de pescar con poteras también tiene sus exégetas y sus frikis. He presenciado discusiones de lo más bizantinas acerca de cuál es el color idóneo en el que ha de estar pintada una potera. No hay unanimidad y, por tanto, las hay de todos los colores. Yo las he visto hasta doradas.

Pescar con potera es fácil, se aprende rápido y, en aguas ricas en pesca como aquellas, es muy agradecido, porque no tardas en sentir el tirón del primer cefalópodo. En aquel barco, nos habíamos dividido la faena en tres. Unos pescaban, otros limpiaban y otros cocinaban. Yo era de los primeros: prefería perder horas de sueño a tener que eviscerar a los calamares, que es de lo más asqueroso, la verdad.

Nunca tardábamos en llenar uno o dos cubos de calamares, chocos y seres parecidos. Una vez, hasta atrapé un pulpo de muy buen tamaño. Pero cuando ya lo izaba fuera del agua, con los balanceos de la potera, la popa se le puso a tiro. Pegó ahí las ventosas de algunos de sus tentáculos, hizo fuerza, dobló los garfios de la potera y se escapó.

Calamar fritoCuando teníamos bastante, parábamos. No tiene sentido pescar más de lo que vas a comer. Aunque había una excepción. Teníamos un contramaestre que pescaba para sí mismo y todo lo que podía, y no por afán predatorio. Su habilidad era asombrosa. Se manejaba con una potera en cada mano. Le veías ahí, junto a la borda, tirando de los sedales derecho e izquierdo, casi recordando a un marionetista. Con una sola mano era capaz de izar a los calamares para luego, con un gesto de muñeca, arrojarlos al cubo. A ese le vi yo llenar tres baldes en menos de dos horas.

¿Y qué hacía con eso? Pues tenía acuerdos con algún que otro restaurante de Alicante. Allá se iba a venderles el calamar. Calamar fresco, delicioso, que luego cobraban bien cobrado los restauradores. Eran otros tiempos. Ahora hay más normas y los de sanidad están muy al quite. Supongo que hemos salido ganando. Desde luego, en este caso, los calamares sí que lo han hecho.

Pescadores de fortuna I

PescadoresLeía ayer mismo un excelente artículo sobre un incidente habido entre la policía local de Cádiz y un vendedor ilegal de pescado, y la posición más que ambigua adoptada por el alcalde. La verdad es que las autoridades hacen bien en reglamentar y vigilar el asunto de los alimentos. Y justo el pescado y el marisco merecen especial vigilancia. Pero eso me hizo recordar que, no hace tanto, las cosas eran muy diferentes. Y, desde luego, las autoridades mucho más laxas.

Recuerdo que, en mis tiempos de marino mercante, en cierta ocasión llevamos crudo a la refinería de Petromed, en Castellón. En esa ocasión, no entramos de forma directa. Tuvimos que fondear en espera de que nos dieran orden de descargar. Y esa noche, estando de guardia, pude observar que una barca con tres tripulantes merodeaba cerca del buque. Pescaban a la luz de un farol.

Que lo hicieran cerca del petrolero no era sorprendente. No sé cómo será ahora, pero entonces, hará 20 o 25 años, los residuos orgánicos se tiraban por la borda y en paz. Festín para los peces. Y, justo por esa razón, siempre había peces cerca de los barcos. Y, donde hay peces, hay pescadores.

PescadoresLo que me llamó la atención fue que los tipos examinaban cada pieza que pescaban. Y a la mayor parte de ellas las devolvían al mar. Como había un marinero veterano justo entonces en el puente —no recuerdo a qué había subido a esas horas— le señalé ese comportamiento tan peculiar. A él no se lo pareció y, de hecho, me dijo

—Esos son pescadores de peces preciosos.

—¿?

—Pues que no les vale cualquier pez. No los pescan para comérselos ellos. Buscan ciertas clases de peces caros, para vendérselos a los restaurantes de postín de Castellón. Por eso tiran la mayor parte al mar. Solo se quedan con los que pueden vender.

Curiosa ocupación ¿eh? Y, desde luego, un nombre de lo más bello: «pescadores de peces preciosos».

valencian-fisherman-1897Ocurre que las historias que se cuentan en los barcos siempre tienen varios grados de imprecisión y el doble de inventiva. Y a lo mejor el marinero me estaba tomando el pelo.

Lo mismo eran peces que no les servían. Porque recuerdo que, allí mismo y en otra ocasión, también fondeados, nos dedicamos a pescar y sacamos poco más que tallanes. ¿Qué son los tallanes? Unos malditos peces cabritos, cuya única virtud es tener unos dientes tremendos, que se han llevado el dedo de más de un pescador desprevenido. Lo mismo era todo mentira y lo que hacían era deshacerse de eso que se llama morralla, y que son justamente los peces que solo sirven para hacer caldo o fumet.

Podría haber lo comprobado. Pero ¿para qué? Si era mentira, lo compro igual. Porque no me digan que no es una historia bonita.

Pescadores de peces preciosos.

 

 

La gente no sabe lo que tira

2014-09-17 21.16.43Ahora que va anocheciendo antes, bajaba corriendo a hacer una compra de última hora, cuando me he topado con ese tesoro que muestra la foto. Alguien los dejó abandonados junto a los cubos de basura. Apilados sobre un pollete, eso sí, por si alguien podía quererlos. A veces hago yo lo mismo con libros que me sobran. ¡Tebeos antiguos! ¡Y qué tebeos! Dossier Negro, Cimoc, Totem…

Los tebeos de mi adolescencia y sin duda también del que los abandonó, porque también había dejado libros del colegio más que obsoletos y un archivador con partituras, tal vez residuo de una vocación musical abandonada. He dudado dos instantes, uno porque me iban a cerrar el super y otro porque nos hemos vuelto demasiado pudorosos a la hora de coger cosas abandonadas. ¡Pero qué diablos! Los tebeos en brazada y para casa. Ya compraré en algún chino, que abren hasta las doce, y si algún vecino maliciado -casi todos son buena gente- me ve cogiendo de la calle, que piense o diga lo que le venga en gana.

Esos tebeos valen un dinero, pero no me los he llevado por eso. Son, como he dicho, los tebeos de mi adolescencia. Ahí en la pila dispersa pueden ver un Dossier Negro que fue, cosa curiosa, mi primer encuentro con lo lovecratftiano, pues la historia que refleja la ilustración de la portada va de un mundo subterráneo habitado por Shoggots. Lo que son las cosas…

Es un ejemplo. En fin, lo dicho, que la gente no sabe lo que tira. No, no lo sabe. Pero quizá así a veces es mejor.

Anticuento de Navidad o cómo siempre se puede tener peor suerte

 

Posguerra1Estos son días para el recuerdo, o eso dicen. O es que a fuerza de oír que son para el recuerdo ya estamos condicionados a ello y le damos un espacio mayor a la memoria. Y el caso es que se me ha venido a la cabeza un personaje al que conocí hace muchos años. Todo un personaje, en el buen sentido de la palabra.

Fue en los años setenta y ya era un hombre de edad avanzada, así que con toda probabilidad debió fallecer hace ya bastante tiempo. A pesar de sus años, daba clase de inglés en una academia a la que yo acudí a preparar el ingreso en la Escuela Superior de Náutica. Así fue como entré en contacto con él.

Este hombre había sido marino mercante en su día. Radiotelegrafista, para más señas. Durante un tiempo estuvo navegando entre España y la costa este de los Estados Unidos. Y de ahí pasó, con otros marinos españoles, a trabajar en un barco granero con bandera estadounidense. En esa compañía se dedicaron durante años a llevar cereales desde la costa oeste estadounidense a Japón. Estamos hablando de los años 30, así que si ahora todo eso nos resulta exótico, imagínense como se verían un San Francisco y un Tokio para un español de la época.

Ahí estaba contento y bien remunerado. Y ahí habría seguido de no ser por el estallido de la Guerra del 36, la última por ahora de nuestras guerras civiles. Los marinos mercantes de la época eran en su gran mayoría de convicciones republicanas, y algunos de ellos no solo de boquilla. Al arribar a la costa este americana y conocer la noticia, nuestro hombre —del que no recuerdo el nombre— fue de los que no dudó en despedirse y volver a España para tomar las armas en defensa de la República.

GuerracivilSobrevivió a la contienda pero tuvo que sufrir las consecuencias de haber luchado por el bando perdedor. Sobre todo porque él, habiendo vuelto de los Estados Unidos para luchar, no pudo aducir como otros que se vio atrapado por las circunstancias. Al menos no perdió la vida, pero estuvo preso durante años, condenado a trabajos forzados.

Cuando por fin lo soltaron, por la razón arriba dicha, no pudo volver a navegar. Le quitaron su título de radiotelegrafista y ni siquiera le dieron la oportunidad de exiliarse para trabajar en buques extranjeros. Ser marino en tierra a la fuerza es duro, créanme. Es un trabajo muy especializado que en algunas de sus ramas, como la de puente, poca salida tiene en tierra. Y encima, en el caso de nuestro héroe, republicano confeso y convicto, y en la postguerra.

Anduvo el hombre décadas viviendo de lo que podía. Al cabo de mucho tiempo recaló en la academia de otro personaje con el que compartía ciertas características. Comunista expulsado de malas maneras de la universidad de la época por sus convicciones políticas. Este segundo tuvo algo más de suerte, pues pudo montar una academia gracias al amparo que le dio un alto cargo de la armada franquista, que era amigo suyo y que no le abandonó cuando cayó en desgracia.

Ya que estamos en Navidad, este podía ser nuestro cuento de Navidad dentro del cuento. Y la moraleja sería que la naturaleza compensa: que si bien es cierto que nuestra nación produce en abundancia sujetos amigos de dar el paseíllo o en su defecto perseguir, tampoco es menos cierto que produce igualmente gente decidida a impedir que los primeros cumplan sus miserables designios.

Pero, volviendo a nuestro protagonista, hablaba el hombre de todo aquello, décadas después, sin excesivo rencor. Aunque sí con obvia amargura. Porque ahí estaba, añoso y dando clases de inglés para poder sustentar su vejez. Y gracias. Es que —y eso no es moraleja de Navidad— la vida no suele ser amable con los hombres de talante aventurero, ni con los de recto proceder, y menos con los de firmes convicciones. Supongo que debió dar clase hasta que la salud ya no le permitió ni eso. Que eran los años setenta y, aunque se nos ha olvidado, las cosas no eran como ahora, por mal que estemos en estos últimos años.

El caso es que contó una vez en clase, a propósito de su peripecia vital, algo que he vuelto a recordar y que ahora comprendo que se me quedó ahí, oculto pero grabado. Sería la tercera moraleja, el ejemplo perfecto de que siempre, siempre, se puede empeorar.

Verán. En sus años de dar tumbos sin oficio ni beneficio, como es lógico se lamentaba de su decisión. Se maldecía por haber dejado el barco del Japón, envidiaba a los que en él se quedaron, lejos y a salvo de la pesadilla que se abatió sobre España en aquellos años.

Y ocurrió que años después, dando tumbos, este buen hombre se encontró con uno de sus antiguos compañeros en el barco del Japón. Se abrazaron, se fueron a tomar vinos. Le tocó a este contar primero qué había sido de él en la vida. Narró su participación en la guerra, la derrota y la prisión, los años forzados. Y le dijo:

—Y así estuve, amigo, comiendo y cenando cebollas hervidas durante siete años.

posguerra2Él otro parece que se encogió de hombros y le contó su aventura. Resulta que el ataque a Pearl Harbour sorprendió a su nave en Japón. Como enarbolaba bandera estadounidense, los japoneses los aprisionaron a todos. Y, ¡tate!, también los mandaron a trabajos forzados. Picando piedra se pasaron toda la guerra mundial. Y por lo visto este segundo personaje concluyo con un:

—Comer y cenar siempre cebollas hervidas no está mal del todo. Macho. Que en los campos de concentración japoneses nos daban de comer hambre y de cenar palos. Y así también yo siete putos años.

Mi biblioteca en Utah y yo en Madrid

Dicen que una buena novela no debiera nunca comenzar por el principio de la historia ni acabar en su final. Suscribo esa regla del oficio, que es muy sabia y muy eficaz. Pero esto que escribo aquí no es una novela. Así que en este caso sí que comenzaré por su principio, porque lo tiene.

Ese principio está en el día en que busqué durante horas un libro entre muchos guardados en cajas. Esas cajas están (estaban) en el garaje de la casa de mis padres. Y ese día, al abrir una de tales cajas, descubrí disgusto que algunos volúmenes se estaban deteriorando por culpa de la humedad y los insectos. Ejemplares de tal vez cuarenta años de antigüedad que ya estaban sobados cuando los compré en su día de segunda mano.

Bibloteca volanteEn esas cajas guardaba yo buena parte de mi colección de ciencia-ficción, fantasía y terror. Fui empedernido lector de esos géneros durante décadas y acumulé un gran número de libros. Y ya saben cómo es la vida. A lo largo de los años uno vive mudanzas y se desprende de parte de su pasado, y otra parte la mete en cajas.

Durante tal vez una década, fui regalando un buen montón de libros de género fantástico, pero aun así me quedaba una colección notable. Libros difíciles de encontrar, revistas y fancines, algunos muy antiguos y de los que solo se publicaron unas decenas de ejemplares. Y no iba a dejar que todo eso se siguieran deteriorando así.

No soy bibliómano avariento -¿Cómo lo llamarían ahora? Supongo que bookaholic-. Por tanto, si no podía darles sitio en mi casa, si no iba a leer muchos de ellos nunca más de nuevo, lo lógico era donarlos. E inocente de mí, me puse manos a la obra seguro de que la cantidad de volúmenes y la rareza de bastantes ejemplares despertaría de inmediato el interés de las administraciones públicas competentes.

Claro está que me equivocaba. Hablé en su día con un responsable de bibliotecas de la Comunidad de Madrid. Se mostró entusiasmado, le pareció una gran idea crear una biblioteca de ciencia-ficción y fantasía en España. Se despidió efusivamente. Y nunca más me volvió a coger el teléfono. Durante cinco años lo estuve intentando en varias comunidades autónomas, a través de contactos casi siempre, que es como se hacen las cosas en España. También en varias poblaciones. Siempre sin éxito. Aunque he de aclarar que hubo lugares pequeños que sí se interesaron de verdad, pero por A o por B les era imposible hacerse cargo de la biblioteca.

Y así cinco años.

Hace un par de meses volví por última vez a la carga. Un concejal de una formación de nuevo cuño, en un pueblo de la sierra madrileña, hizo la gestión. Lo intentó pero no pudo ser porque los libros no cabían en la biblioteca local. También se interesaron unos vocales vecinos de esa misma formación en uno de los distritos de Madrid Capital. Por desgracia, el grupo municipal de esa formación pasó del asunto como de comer alfalfa. Será que es más interesante recriminar a la alcaldía por abrir bibliotecas sin libros que mover el trasero para procurar esos libros.

Pero no nos alarguemos. Quiso el azar que en esos días estuviese de paso por Madrid un profesor de hispánicas de una universidad de Utah, especialista y enamorado de la ciencia-ficción. Tramamos contacto hace unos años, cuando se interesó por uno de los relatos que incluí en mi antología Besos de alacrán. Mientras tomábamos un café, no sé por qué salió la cuestión y yo, claro –la cabra tira al monte- me explayé a gusto sobre la burrez de nuestros cargos electos y designados. Él me escuchó, perplejo ante la desidia de los administradores públicos españoles.

Luego me preguntó si estaría dispuesto a enviar todos esos volúmenes a Utah, a su universidad. Aquello me descolocó de entrada, lo admito. Luego me lo pensé unos segundos. Y después dije que sí.

BibliotecaPor supuesto que sí. Verán: yo no soy nacionalista. Yo soy ciudadano de la galaxia y las unidades espacio-temporales de menor envergadura –sistema solar, planeta, continente, país, región, ciudad, barrio- son solo patrias chicas por las que siento mayor o menor afecto. Y entre que mi biblioteca estuviese cuidada y valorada en los Estados Unidos (o en Noruega, o en Sumatra) o que se quedase pudriéndose en un garaje de Madrid, por culpa de que nuestra clase política no se interesa en el fondo por nada que no le sirva para ganar o mantener poltronas, la elección estaba clara. A Utah.

Y ahí está ya, amigos míos. Según mis cuentas a bulto, más de ochocientos libros y más de 200 revistas y fancines. Entre todos ellos, ejemplares como la primera edición en español del Señor de los Anillos, una edición de los años 20 de la Atlántida, de Pierre Benoit, la colección completa de quiosco de Orbis, fancines del tipo Fan de Fantasía, Maravillas o el Combocine que se publicó solo para los asistentes (ciento y poco) a la Hispacón de 1977…

Es curioso pero, mientras llenaba la última caja, entre los volúmenes postreros estaban novelas de Jack Vance y de Iain Bank. Dos autores de cf que han muerto hace unos días. Yo guardaba sus libros para enviarlos al otro hemisferio y ellos partían hacia mundos muy lejanos. Pueden apreciar el detalle en la foto. Curioso, ¿verdad?

Reconozco, mientras guardaba todo eso y mucho más en cajas, que sentí cierta congoja. Sabía que se iban hacia un destino mejor, por supuesto. Pero a mi manera, sentí con mis libros y revistas algo parecido a lo que deben sentir algunos padres en estos días al ayudar a sus hijos a hacer la maleta para irse a Argentina, Noruega o Alemania. Que se van hacia un futuro en el extranjero que en su propia patria le niegan.

Pero ya pasó. Los libros están a salvo en los Estados Unidos y están siendo clasificados para darles el lugar que se merecen. En estanterías de una biblioteca, a disposición del público y los estudiosos. Que no es más que el lugar al que tienen derecho, el que corresponde a los libros.

Magia de ver cine

AguirreMe crie en un tiempo en el que acudir a los cines era casi un rito social. Y es que allá por los 60 y buena parte de los 70 todo era muy distinto, aunque ya se nos haya olvidado.

En Madrid capital había en esa época más de 300 cines y, sin embargo, la oferta de películas era menor a la de ahora. Los cines seguían un escalafón que iba desde los de estreno hasta los de sesión doble y continua (los llamados «piperos») y que pasaba por peldaños intermedios de nombres a veces pintorescos, como los de «riguroso reestreno de zona». Las películas se estrenaban en muy pocas salas y se tiraban ahí meses y meses antes de bajar a los cines de nivel inferior. La gente hacía colas kilométricas para ver las cintas de más éxito y, por supuesto, la reventa era un negocio harto lucrativo.

La nuestra era una sociedad menos pudiente y, desde luego, menos volcada al consumismo ciego. Uno se pensaba a qué películas iba, y qué libros o discos compraba. Se lo pensaba por el desembolso que suponía y porque consumir productos culturales como el que se zampa al paso una hamburguesa –fast food, fast culture– no existía.

Los productos culturales eran escasos y valiosos. Acceder a ellos no se veía como un acto banal. Ese acceso de hecho solía estar lleno de rituales.

Llegar a casa y poner el disco recién comprado en el Rastro o en Toni Martin. Recogerse para abrir el libro –de primera, segunda o quinta mano- adquirido tras mucho huronear por las mesas de la Cuesta de Mollano. Acomodarte en la butaca cuando las luces del cine se apagaban y comenzaba la proyección.

Ojo, que eso no implica sacralidad. No había respeto alguno por las películas en esa época, al menos en los cines piperos. Oías murmullos, chasquido de cáscaras de pipas, burbujear de gaseosas, recrujir de papel de bocadillos. La gente era tan formal en el cine en esos años como el público del siglo XVIII en las óperas. O sea, se comportaban como si estuvieran en una parrillada. Los padres reñían a los hijos y estos a su vez se peleaban entre ellos, los bebés lloraban y los chistosos vociferaban gracietas a costa de lo que pasaba en la película. Solo había contención (aunque no sosiego) en la «fila de los mancos».

Y pese al guirigay, la magia estaba ahí. Magia. ¿En qué consiste esa magia? Bueno, yo solo puedo hablar de mi caso. Verán: a mí los libros, las canciones, las películas que consiguen engancharme me producen placer. Así de simple. Y no hablo de «placer intelectual». A mí las metáforas brillantes o los encuadres perfectos me impresionan tan poco como las posturitas del Kamasutra. Hablo de que leer, escuchar o mirar esas obras desencadenan en mí torrentes de sensaciones y emociones.

En el caso del cine, puedo recordar docenas de veces que eso me ocurrió estando sentado en la oscuridad de una sala.

encierroMe acuerdo de una vez en la calle Cedaceros. Disculpen que no esté seguro de su nombre -¿Podría ser el Bogart?-, pero seguro que era una sala que proyectaba sobre todo cine minoritario. Acudí una tarde a ver una película alemana, en versión original subtitulada. Aguirre, la cólera de Dios. Me atrapó desde la primera escena. Esa en la que una columna interminable de conquistadores españoles e indios andinos bajan por los Andes a borde de abismos, con sus picas y arcabuces, con las piezas de los cañones a cuestas. Envueltos en nubes y arropados por la música de Popol Vuh.

Recuerdo también una noche años después, cuando fui con una amiga a la proyección de Baraka. Juraría que fue en los cines Renoir. Baraka es un documental sobre parajes en los que el encuentro de los humanos con la naturaleza ha creado belleza y no devastación. Me ganó con esa primera escena monos de montaña junto a aguas termales que humeaban en mitad de la nieve. Y ya no me dejó hasta los títulos de crédito.

Ahora, muchos años más tarde, he vuelto a sentir esa misma magia y con igual fuerza que otrora. Dejen que trate de contárselo.

Hace un par de días, tuve la suerte de ser invitado a un pase previo de Encierro, un documental sobre los sanfermines. Los sanfermines. Bueno. Creí que iba a ver un reportaje (con todos mis respetos hacia los reportajes) y me encontré con una película. Con formato de documental, pero película. Fue impresionante. Así como los antiguos artistas chinos crearon jarrones Ming a partir del barro, aquí el director ha tomado un festejo que es parte del acervo cultural español para crear una obra que es capaz de dejarnos a nosotros mismos, españoles, con la boca abierta.

Un amigo director, Pedro Luis Barbero, me decía al salir que en Encierro habían convertido a las personas –corredores españoles y extranjeros- en personajes. Es cierto. Y la propia Pamplona, o al menos las calles por donde discurre el encierro, es también otro personaje. Lo es gracias al uso del 3D y de cámaras cenitales que siguen a los corredores en su recorrido y que dan escenas antológicas.

Esta película me ha abierto los ojos respecto al uso del 3D. Que digan algunos que es artificio comercial sin valor artístico. También decían eso del cine sonoro primero y luego del cine en color.

Aquí le sacan partido. A eso, a la música, a los planos, al manejo de los tiempos… Son impresionantes esas imágenes cenitales de calles abarrotadas de corredores o esa en la que llevan la efigie de San Fermín hacia su hornacina y cómo los que se disponen a correr, al paso, la rozan con los dedos o la besan con reverencia.

BarakaPero bueno. Como no soy especialista en cine, no trataré de hacer crítica. Solo soy un espectador. Uno de los que pagan las entradas, por otra parte. Lo que quería contar es que he tenido de nuevo la suerte de que me rozase el otro día la magia de ver cine, luego de bastante tiempo. Y he querido compartirlo con ustedes.

De paso me he reconciliado con el cine español –director holandés, producción española-. El cine español no está muerto ni K.O. Ocurre que por él andan sueltos algunos zombies destartalados y macilentos que lanzan bocados a todo lo que se menea. Pero hay supervivientes, aunque no lo parezca a simple vista.

De verdad. Deseo a Encierro la mejor de las carreras comerciales. Necesitamos iniciativas como esta. Y necesitamos que funcionen. Necesitamos de este cine en nuestro país y no de ese otro hecho de carne muerta mantenido de forma artificial.

 

Aclaraciones postreras para Nativos Digitales.

 

Cines piperos. Cines de barrio. Formaban la base de la pirámide de exhibición. A ellos llegaban las copias ya en condiciones deficientes, llenas de rayas y de cortes. Solían funcionar en sesión continua y doble.

Sesión continua. Era aquella en la que se proyectaban las películas sin interrupción. Las butacas no estaban numeradas y uno entraba en cualquier momento, se sentaba en cualquier lugar libre y podía ver las películas las veces que quisiera, hasta el último pase.

Sesión doble. Aquellas en las que se proyectaban dos películas.

Fila de los mancos. Las filas laterales y más próximas a las paredes, separadas del grueso del patio de butacas por los pasillos. Llamadas así porque ahí se sentaban las parejitas que, faltas de casa propia, se contentaban con magrearse al amparo de la oscuridad de la sala.