El Certamen de Úbeda como signo del cambio de ciclo

El fin de la era del pelotazo borró del mapa a un montón de eventos culturales locales. Y la crisis sostenida fue liquidando paulatinamente a muchos más y dejando en los huesos a otros tantos.

Esa es la parte mala. La buena es que, poco a poco, fueron naciendo por todas partes iniciativas culturales dispuestas a cubrir los huecos dejados. Tales iniciativas eran en muchos casos fruto de la sociedad civil, menos ligadas (al menos en sus arranques) al dinero público. Y, lo que a mi juicio es más valioso, distintas a lo que había.

La verdad es que, antes de la Crisis, España estaba llena de eventos culturales clónicos, construidos a base de conferencias y mesas redondas en espacios cerrados. Era difícil distinguir a muchos de tales eventos, más allá de la localidad donde se realizaban y los nombres propios de los ponentes.

Tras la Gran Poda, han ido surgiendo en cambio algo que podíamos llamar Eventos de Nicho, en el sentido de que cada uno ocupa un nicho en eso que se llama la diversidad cultural. Nicho que les da características únicas.

Buen ejemplo de ello es el Certamen de Novela Histórica de Úbeda, al que pude asistir la semana pasada para presentar Bandera Negra y La boca del Nilo, así como en calidad de jurado del Premio Los Cerros de Úbeda que se concede a la mejor novela histórica publicada el año anterior.

Por supuesto que conserva los elementos más clásicos de este tipo de eventos, como son las conferencias y las presentaciones de libros. Lo novedoso del Certamen es que a estas actuaciones en recinto cerrado apareja otras a pie de calle que se desarrollan en el mismo centro monumental de la población.

Al Certamen acuden grupos de recreadores que dan mucho color durante esos días al Certamen y que son su mejor reclamo y escaparate. A mí algo así ya me parece un hecho positivo puesto que da a este evento carácter propio, distinto. Más si se tiene en cuenta de que la recreación en la calle no es monotemática. Este año había, por ejemplo, grupos de recreación romana y pictos. También recreadores de la II Guerra Mundial, alemanes y aliados, que llegaron a montar sus propios campamentos y que deambulaban por la ciudad con sus uniformes, haciendo imposible que nadie que pasase por Úbeda esos días no se enterase de que se estaba celebrando el evento.

De paso, añadir que este año tenían la muy original contribución de un grupo dedicado a recrear el movimiento sufragista, de forma que de continuo te cruzaban con grupos de mujeres vestidas como a comienzos del siglo XX con carteles exigiendo el voto para la mujer.

Todo esto de las acciones callejeras tiene más importancia de lo que parece, al menos a mi juicio. Un solo personaje vestido de soldado alemán o de legionario romano, yendo por la calle, equivale a ciento de carteles pegados en los lugares habilitados, en cuanto a visibilizar se refiere.

Y que en este caso además le dan un sello, una impronta que hace al Certamen algo diferente con claridad.

En fin. En lo particular, añadir que a eso se suma, ya para los profesionales, toda una dimensión social porque es el momento de reencontrar a viejos conocidos (otros escritores, editores, críticos) y tramar nuevas relaciones.

Personalmente creo que eventos como el Certamen son el camino, menos mastodónticos, más ágiles y sobre todo más imbricados con la sociedad en la que tienen lugar. Otros no opinan igual, desde luego, y apuestan por los fastos de tipos más clásicos. Ya veremos quiénes duran más.

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Historia de España para cafres. Favila y el oso I

Uno de los episodios más pintorescos de la Historia española (al menos la que atañe a las «altas esferas») es la suerte que corrió el rey Favila, sucesor de don Pelayo. Este último es el mito fundacional de lo que ahora es España y ganó gloria inmortal al acaudillar a los rebeldes que formaron el núcleo asturiano de la Reconquista. Su hijo y sucesor, en cambio, se hizo un hueco en la historia al morir devorado por un oso.

O al menos eso es lo que nos cuentan los libros de historia. Porque la realidad de lo sucedido puede que sea bastante más oscura y, desde luego, fue mucho más complicada.

De entrada, lo que contaban los libros escolares de historia, acerca de que don Pelayo reunió a grupos de visigodos fugitivos y astures indómitos para crear el territorio que, libre de invasores, sería en exclusiva el embrión de la España moderna, es ya de entrada una simplificación.

Las simplificaciones tampoco son tan terribles. Ocurre que en los libros de escuela hay que contar mucho en pocas páginas y por eso se poda la historia (esto que aquí también esto contando es solo otra faceta de lo que de verdad debió ocurrir). El problema es cuando tales simplificaciones se confunden con la realidad.

Veamos. Lo cierto es que hubo varios núcleos de resistencia a los invasores musulmanes. Estos eran de por sí pocos y además mal avenidos. Eran un conjunto de árabes y bereberes, que se llevaban fatal entre ellos Y los árabes a su vez estaban divididos en varias etnias —que si árabes de Arabia, que eran los de primera clase, que si sirios, que eran de segunda—, también mal avenidas. Y cada etnia en clanes que tenían deudas de sangre unos con otros. En fin, un lío de cuentas pendientes y odios larvados que a su tiempo pasarían factura a todos.

El caso es que la conquista musulmana fue solo posible por la suma de factores externos a los propios invasores.

El primero de ellos es que había una guerra civil entre don Rodrigo, elegido de manera irregular y que señoreaba al sur del Ebro, y Agila II, atrincherado al norte de ese río. Fueron los partidarios de este segundo los que llamaron los musulmanes como aliados en su guerra civil.

El segundo factor era la decadencia del estado visigodo. El reino estaba dividido administrativamente en setenta y tantos territorios, cada uno con un conde a la cabeza, y contaba además con algunos ducados, que eran zonas especiales, militarizadas, en fronteras y áreas conflictivas. Dado que los reyes visigodos tenían la costumbre de llegar al trono derrocándose unos a otros, los aspirantes acudían a esa nobleza territorial en busca de apoyo. Y esta se la daba, a cambio de privilegios, de forma que, para comienzos del siglo VIII, cada conde era como un reyezuelo en su territorio y los reyes en sí tenían poco poder y menos recursos económicos.

El tercer factor fue una serie de hambrunas provocadas por grandes sequías que tuvieron lugar justo en los años previos a la batalla de Guadalete y que mermó el número de hombres útiles. Y a eso habría que sumar una peste que trajeron los propios conquistadores y que —unida al derrumbe de los sistemas de distribución— mató en los años siguientes (en los que se fue haciendo efectiva la conquista) a la mitad de la población. Lo de la enorme mortandad causada por el colapso del estado y las plagas foráneas traídas por los conquistadores, así como lo de las disensiones internas, recuerda de manera irresistible a la Conquista de México siglos después, pero eso es ya otra historia, para variar.

A lo que íbamos. Gracias a que la mitad de su propio ejército cambió de bando, don Rodrigo fue derrotado, porque los musulmanes en sí eran una banda de desharrapados, caballería e infantería ligera que habría sido barrida con facilidad. Pero claro, los partidarios contaban con ellos como tropas auxiliares, no como un ejército autónomo. Lo que pasa es que, visto lo visto, los musulmanes decidieron quedarse con todo.

Eso de que tras Guadalete la conquista musulmana fue un paseo no es ni siquiera un mito, es directamente una trola. Los partidarios de don Rodrigo se reorganizaron y dieron batalla cerca de Écija, donde volvieron a ser derrotados. El propio don Rodrigo podría haber sobrevivido al desastre y organizado un reino residual cerca de Tuy que habría aguantado unos años, aunque esto ya es hipótesis.

La resistencia fue en muchos casos enconada. Pero como cada conde seguía su propio juego no pudo ser eficaz. Mérida aguantó un asedio de más de un año y no fue conquistada sino que pactó la rendición. Ciudades como Zaragoza y Tarragona se defendieron con ferocidad y fueron arrasadas por los conquistadores hasta los cimientos.

Otros condes llegaron a pactos con los invasores. Fue el caso de Teodomiro, que gobernaba un territorio por la actual zona de Orihuela, que acordó su neutralidad a cambio de independencia subordinada a los conquistadores. Nacería así el Tudmir, territorio más o menos libre que acabaría siendo incorporado cuando ya sus antiguos gobernantes godos se habían islamizado y casado con la nueva nobleza árabe triunfante. Y hubo condes como Casio, en el norte de la actual Zaragoza, que se pasó con armas y bagajes a los árabes y que sería premiado con el mantenimiento de sus tierras, dando así origen a la dinastía de los Beni Quasi, que dominarían Zaragoza durante generaciones. El archimentado moro Muza era de esa familia, dicho sea de paso.

Pero, además, podríamos decir que todo el norte quedó libre o casi libre de invasores. Los musulmanes no entraron en los bosques de lo que ahora es Vascongadas, ni alcanzaron las laderas orientales de los Pirineos. Es esos últimos pagos, la nobleza local se acogió a la protección del rey de los francos y eso llevó a la creación de la Marca Hispánica: una hilera de enclaves hispanos en la cara sur pirenaica, vasallos de los francos, que con el tiempo cuajarían en los reinos de Navarra y de Aragón, así como en los diversos condados catalanes.

Galicia digamos que fue más o menos controlada. Los nuevos amos árabes enviaron de guarnición a contingentes bereberes a los que al parecer, no hizo ninguna gracia verse relegados a ese lugar para ellos remoto y húmedo a más no poder. Se puede decir que en Galicia —que no se correspondía en territorio a la actual región— los musulmanes se limitaron a asegurar el territorio. Cuando al cabo de pocas décadas se produjo la gran rebelión de los bereberes, que marcharon hacia el sur matando a cuanto árabe encontraron, hasta ser derrotados cerca de Talavera y ser a su vez aniquilados sin misericordia, todo aquello quedó desguarnecido y fue ocupado de manera natural por las tropas y los administradores de lo que ya era el reino de Asturias.

En la propia Asturias también hubo al principio guarniciones musulmanas, pero fueron desalojadas con rapidez. Asturias siempre fue tierra difícil de controlar y resultó mucho más para los invasores árabes, dado que encima se había llenado de fugitivos godos, más que hostiles hacia ellos.

Pero el caso es que así llegamos a una zona del norte que fue capital para el comienzo de lo que luego se llamaría Reconquista y que, sin embargo, ha sido enviada a las sombras por los libros escolares de historia, que siempre han dado el protagonismo en exclusiva a Asturias. Estoy hablando de lo que ahora es Cantabria.

Por allí había un ducado de Cantabria y vuelvo a repetir que la palabra «ducado» designaba a un territorio militarizado, organizado de manera distinta y con un dux o duque a la cabeza, que tenía tropas a su mando.

Cuando se produjo la invasión musulmana, por allá andaba el dux Pedro, con un ejército aguerrido que resistió a los árabes y bereberes, si es que se atrevieron a asomar las narices por sus dominios. Y de la colaboración entre el dux Pedro de Cantabria y Pelayo de Asturias cuajó el gran núcleo de resistencia neogótico de la cornisa cantábrica. Porque Pelayo tenía montañas y Pedro un ejército fogueado, y sus territorios estaban además entre una Galicia controlada a duras penas al oeste y una Vasconia boscosa (y llena de vascos peleones) al este.

Los libros escolares de historia suprimieron la participación de Cantabria y del dux Pedro en todo aquello, hemos de suponer de nuevo que por simplificación. Al fin y al cabo, sobre Pelayo recayó la legitimidad de la sucesión de la monarquía visigoda. En Asturias se forjó el reino neogótico, descendiente del de Toledo. Su rey y luego el sucesor de este, el rey de León, siempre fueron más (y admitidos como tales) que los demás reyes hispánicos.

No cabe extrañarse de esto. Puede chocar que un rey fuese más rey que los demás. Pero reparen en que hoy en día ocurre lo mismo con la figura del «presidente». No es lo mismo el presidente de gobierno que el presidente de la comunidad de vecinos, por más que los dos tengan el título de presidente. Pues con los reyes de antes lo mismo.

Pero a estas alturas se estarán preguntando qué tiene que ver todo eso con el rey Favila y el tan traído oso. Paciencia.

Ocurrió que Pelayo tuvo ese hijo, Favila, y una hija, Ermensinda, que se casó Alfonso, hijo del dux Pedro. Y eso tuvo mucho que ver, según parece, en que un oso acabara por comerse al pobre Favila. Pero eso ya tendrá que esperar a la siguiente entrega de esta historia.

 

 

 

 

 

 

Historia de España para Cafres. Sucesivas invasiones

Sucesivas Invasiones

 

Una de las piedras angulares del Romanticismo fue la reacción contra los excesos del racionalismo abanderado en el siglo XVIII por la Ilustración. Romanticismo que introdujo grandes dosis de fantasía en las artes, lo que fue una bendición. Pero que al mismo tiempo inoculó mucho fantaseo a distintas disciplinas y ciencias, cosa que no fue tan positiva y que a veces llevó a teorías aberrantes y de consecuencias en ocasiones funestas.

Heredera en buena medida del Romanticismo fue esa visión de la historia concebida como una sucesión de grandes migraciones e invasiones de razas que, en su avance, borraban del mapa a otras razas más antiguas, solo para ser a su vez, siglos más tarde, aniquiladas por nuevas razas conquistadoras.

Esa visión vetusta de la historia antigua es la que se enseñaba cuando yo iba al colegio, hace décadas.

Según mi libro de historia, los íberos llegaron del norte de África y ocuparon toda la Península (mentira, pero no entraremos ahora en eso). Después llegaron por el norte los celtas, que liquidaron a todos los que vivían en la mitad norte de la Península (excepto a los vascos, que debieron surgir por generación espontánea). Cuando los celtas y los iberos se cansaron de darse mamporros, decidieron casarse entre ellos y así surgieron los celtíberos.

Pero después llegaron los romanos, que los aniquilaron a todos (excepto a los vascos) e hicieron de Hispania parte de su imperio. Sin embargo luego vinieron los visigodos, que mataron a todos (excepto a los vascos) y, ya puestos, también se cargaron a los vándalos, los suevos y los alanos, que habían entrado a la vez que los visigodos, con intenciones iguales de homicidas.

Y luego vinieron los moros, que los mataron a casi todos, pero dejaron la faena sin acabar, de forma que en el norte quedaron unos cuantos godos en las montañas de Asturias (y los vascos). A su debido tiempo, los godos de Asturias (esta vez con los vascos) bajaron del norte repartiendo estopa y borraron del mapa a los moros…

En fin. Yo era un niño y por supuesto que no me disgustaba esa visión del devenir humano que podríamos calificar de «historiografía de cachiporra». Por supuesto, todo eso vale menos que la opinión de un tertuliano de la tele.

Aquellos historiadores y arqueólogos del XIX y primeras décadas del XX tenían esa visión romántica de colisiones entre razas, derrumbes dramáticos de civilizaciones y exterminio de pueblos enteros. Y las evidencias que salían al excavar no hacían sino reforzar esas creencias tremebundas.

Bajo la pala de los arqueólogos aparecían restos de ciudades incendiadas y fosas comunes a las que se habían arrojado cientos de muertos de forma violenta. Y estratos en los que, en el lapso de décadas, se apreciaba un cambio dramático de culturas. Hasta tal capa aparecían, por ejemplo, restos de iberos. Y a partir de la inmediata superior no había sino artefactos y utensilios celtas. Señales «inequívocas» de que los celtas aniquilaron a los iberos, o los dorios a los aqueos, o los cromañones a los neardentales…

Tal visión de la historia ha sido abandonada hace mucho. Pero ha dejado poso en el imaginario popular.

Cuando yo era niño, aunque disfrutaba como un enano con historias tan tremebundas, me asombraba ante lo brutos que eran todos aquellos tipos. Más tarde descubrí que muchas de las autoridades veneradas en los 60 y 70 eran patriarcas postdecimonónicos de la historia y la arqueología. Gurús que lo que hacían era elaborar una teoría —o adscribirse a la de un santón de rango superior al suyo— y, a partir de ahí, acumular cuanta evidencia pudiera reforzar su tesis e ignorar, desdeñar o descalificar cuanta prueba pudiese echarla por tierra.

Vamos, que el camino que se seguía era el contrario al que marca la ciencia. Y las posiciones se enconaban cuando varios de esos santones defendían tesis opuestas. Aunque todas ellas se sustentaban en la especulación intelectual a priori (o a partir de alguna evidencia puntual) y no en el análisis y modificación de las teorías según iban contrastándose con las pruebas.

Bueno, lo que importa es que mucha gente sigue teniendo ahí grabada esa concepción de la historia humana como colisión de razas bien definidas y derrumbe de civilizaciones entre incendios y matanzas.

Es cierto que la historia humana está llena de guerras de exterminio, de civilizaciones caídas con violencia y de etnias enteras aniquiladas. Pero eso no es necesariamente la norma. Desde hace mucho se acepta que la desaparición de una cultura no supone por fuerza la extinción física de los humanos que la formaban. Que muchas veces se produce una transformación por contacto o una desaparición por adopción de sus miembros de otras formas culturales superiores. Y por «superiores» entiéndase como más atractivas, dotadas de mayores medios tecnológicos y en general materiales.

Eso fue lo que pasó con las poblaciones indígenas de la Península Ibérica. Los romanos tenían poco de humanitarios y la conquista de Hispania se hizo mediante la traición, el asesinato y la carnicería… como todas las conquistas, por otra parte. Pero, desde luego, no llegaron a nuestras costas con intenciones genocidas, entre otras cosas porque eran un imperio de facto y todo imperio necesita súbditos.

De igual manera, la conquista musulmana no se hizo aniquilando a las poblaciones cristianas de Hispania. Los musulmanes traían intención de conquista, no de exterminio. Parte de la población cristiana se fue islamizando y daría lugar a una cultura musulmana autóctona, la andalusí. Eso no quita para que tal conquista se realizase mediante batallas, asedios y matanzas terribles, como las de los habitantes de Zaragoza o Tarragona, que osaron resistirse. También lanzaron una campaña de genocidio local contra los godos del norte de León, lo que les empujó a huir en masa a Asturias (así es la historia, hay acciones que a la postre tienen consecuencias insospechadas). Y con el tiempo se producirían deportaciones masivas de cristianos, como la de todos los de Sevilla, enviados por los almorávides al norte de África.

Métodos que usarían también los cristianos en su avance victorioso hacia el sur. Ellos tampoco tenían en mente el exterminio, por más que fuesen otros de cuchillo suelto.

Así que, para aclarar bien la cosa, volvamos al ejemplo de antes. Encontrar restos celtas en un estrato y en el inferior iberos llevó a los primitivos arqueólogos a suponer que, en aquella área, los íberos fueron aniquilados por celtas ávidos de sus riquezas y territorios.

Y ahora supongamos que, dentro de tres mil años, vienen unos arqueólogos del futuro a excavar en nuestras ruinas. Se encontrarían con que, hasta los años 50-60 del siglo XX abundan los restos de botijos, boinas y alpargatas. Y, a partir de esa época, los estratos están llenos de latas de Coca-Cola, fragmentos de botellas de güisqui, vaqueros y trozos de discos de rock y pop.

Si esos hipotéticos arqueólogos del futuro aplicasen las mismas varas de medir que los postdecimonónicos, ¿qué conclusión sacarían? Pues que hasta los años 50-60, en España vivía una raza que vestía de alpargata y boina y que, en esa época, debió sufrir el ataque homicida de una horda de yanquis sedientos de sangre que los aniquiló y ocupó su territorio.

¿A que es una tontería? Pues con la antigüedad igual. Que la gente se acultura por muchas razones, desde utilitarismo a simples modas, pasando por el afán de asimilarse a los triunfadores. Eso es todo. No seamos tan cafres como para creer que, en ciertos temas, los antiguos eran tan diferentes a nosotros.

Reiniciando la biblioteca

El otro día en una entrevista me preguntaron si no me arrepentía de haberme desprendido de parte de mi biblioteca personal. Aludían al hecho de que doné hace tres o cuatro años gran parte de mis libros de literatura fantástica a la BYU de Utah. Mi respuesta fue que no solo no me arrepentía, sino que estaba en vísperas de desprenderme de una parte significativa de lo que me resta.

Imagen relacionadaMe salió de corazón y no es ninguna boutade. Llevaba ya tiempo dándole vueltas en la cabeza y una pregunta tan oportuna sirvió para cristalizar la decisión. Así suelen funcionar las cosas. Podría haber estado años pensando en ello y sin dar el paso, pero al verbalizarlo ya no hay marcha atrás.

Verán. Aquellos que acumulan libros y libros, y crean bibliotecas de miles y miles de volúmenes, tienen todo mi respeto. Son bibliómanos. Aman los libros. Pero no es la única forma de amar los libros.

A menudo recorro mi cada vez más exigua biblioteca, tomo un libro que leí hace años o décadas y soy consciente de que nunca en mi vida volveré a leerlo, por la razón que sea. Están ahí, en los estantes, cogiendo polvo y ocupando sitio en vano, cuando otras personas podrían estar disfrutando de su lectura. Y también dejando hueco a libros nuevos. Porque yo soy de los que siguen leyendo.

Así que he decidido reiniciar mi biblioteca. Reset. Voy a recomenzarla, aunque no de cero. Con algunos de mis libros mantengo cierto vínculo emocional. Pero voy a liberar muchos volúmenes. Lo haré por tandas y sin complicarme. Los regalaré y que otros disfruten de ellos, y el método será sencillo. Iré sacando listas de libros y, el primero que pida uno, para él será.

Así que atentos a sus pantallas.

«Traidor» a todos

Es probable que reduzca mi producción como novelista histórico. Pero no se alarmen, que no es que piense abandonar el género ni es que me haya hastiado de esos escenarios literarios. La cosa es más complicada.

Verán: Muchas veces he dicho que mi modelo como novelista es lo que hacen los directores de cine, sobre todo los estadounidenses, que incursionan en muchos géneros y formatos. Ese es mi ideal: hacer hoy un dramón y mañana una comedia, pasado una pequeña obra independiente y al otro una gran superproducción con legiones, trirremes y elefantes. No soy de los escritores que ha querido quedarse en un solo género, ni en un solo segmento de ese género. Respeto a quienes lo hacen, por supuesto pero, al menos en mi caso, eso me conduciría a algo que he visto en otros. No solo a no crecer como escritor, sino a acabar autoplagiándote, que es de las cosas más tristes que te pueden ocurrir.

Esa intención de explorar no siempre estuvo en mí por la sencilla razón de que cuando comencé a escribir no tenía la más mínima intención de dedicarme profesionalmente a esto. Por aquel entonces yo navegaba y, durante un lapso de tiempo en tierra, animado por algunos amigos, empecé a publicar algunos cuentos en revistas especializadas de ciencia-ficción. No pensaba ir mucho más allá y ese es el motivo principal de que adoptase el heterónimo de León Arsenal. No me apetecía gran cosa que me identificasen en mi trabajo como el autor de los cuentos que publicaba. No por nada sino porque yo soy así.

El azar y el destino hicieron que acabase en tierra y que comenzase a escribir obra larga. Lo cierto es que mis dos primeras novelas publicadas fueron ambas de género histórico, en la editorial Valdemar. Luego llegó la película (la trilogía de películas) del Señor de los Anillos, Planeta compró Minotauro, editora de esa trilogía, e instituyó el premio Minotauro. Ahí que mandé mi novela Máscaras de matar, escrita un par de años antes y a la que di una buena revisión ya con la experiencia de dos novelas publicadas. Y gané el premio.

De repente, me encontré convertido en uno de los figuras de la literatura fantástica española y con un montón de promoción que me puso en el candelero, cosa que agradeceré siempre. También aumentó de manera exponencial mi número de odiadores y denostadores dentro del mundillo de la ciencia-ficción y fantasía española, que siempre ha sido en ese sentido un charco de bilis negra y amarilla todavía más humeante que otros, que ya es decir.

Entre los mil y un motivos que encontraron algunos popes de fancine para ponerme a caer de un burro fue el hecho de que, tras el Minotauro, en vez de consagrarme en cuerpo y alma a la sagrada causa de la literatura fantástica, publicase con Edhasa La boca del Nilo, una novela histórica de aventuras sobre la expedición enviada por Nerón a las fuentes del Nilo. Que esa novela se fuese en seguida a las cinco ediciones y que además ganase los premios Ciudad de Zaragoza y Espartaco de la Semana Negra de Gijón, ambas a la mejor novela histórica publicada en el 2004, lo único que hizo, me temo, fue atizar las iras de los santos.

Esa, supongo, fue la primera de mis traiciones, o al menos así se lo tomaron algunos que se consideraban a ellos mismos guardianes de las esencias de la cf y f patria. Pero esa «traición» no fue más que la primera de muchas.

Lo falso vende

Resultado de imagen de asesinato de juan de escobedoEl año pasado, Hipólito Sanchiz y yo accedimos a una entrevista para una nueva serie documental que se estaba preparando para uno de los canales de pago de televisión. En 2005, Hipólito y yo publicamos Una historia de las sociedades secretas españolas, que fue el primer ensayo sobre el tema en nuestro país en más de cien años, ya que el anterior fue uno de Vicente de la Fuente en 1871.

La entrevista era para un capítulo dedicado a la Garduña, la supuesta sociedad criminal española. En nuestro libro demostramos (aunque en realidad en esa parte toda el mérito de la investigación es de Hipólito) que la Garduña nunca existió, que fue producto quizá de una confusión al principio (el mito nació en el siglo XIX) y después, a lo largo del siglo XX, asentado por una multitud de autores presuntamente informados que lo que hacían en realidad era refritos de libros sobre el tema anteriores.

Yo ya venía de una mala experiencia al respecto, con un programa famoso de televisión, donde me entrevistaron sobre el mismo asunto. Como la entrevista no fue en plató, cortaron y montaron de tal forma que parecía que un servidor afirmaba que la Garduña sí había existido. Así que le insistimos a los del programa en que se respetase nuestra opinión y así nos lo garantizaron… y que si quieres arroz, Catalina.

Cuando el programa se emitió, habían cortado y montado nuestras declaraciones de tal forma que parecía que avalábamos la existencia de la Garduña. Y lo que tiene más cachondeo, salían un par de supuestos expertos dando tan aplomados datos que, en realidad, fue nuestro libro el que los puso en luz pública por primera vez. Por ejemplo, el hecho de que no se puede probar la realidad o falsedad del supuesto juicio a los jefes de la Garduña porque los archivos judiciales de Sevilla de la época se perdieron en un incendio a comienzos del siglo XX.

En fin. Inenarrable. Cosa curiosa, poco después contactó conmigo un profesional del Periódico de Cataluña para un reportaje sobre la Garduña. Conversamos al respecto y tras manifestarles que, en nuestra opinión, la Garduña es una falsedad de cabo a rabo, el periodista convino en que entonces no había pues reportaje y ahí quedó la cosa. Es decir: se comportó con ética, no tomó mis palabras para darle la vuelta al sentido, como hicieron los otros granujas.

¿Cuesta tanto comportarse con un mínimo de decencia profesional y de respeto a la buena fe ajena? Supongo que no, este periodista lo demostró.

Pero ocurre la falta de honradez renta. Puedo asegurarles que, si en nuestro ensayo, hubiésemos tirado de mitos y de bulos, mucho más hubiéramos vendido entre el público ávido de conjuras e illuminatis. Y salir en pantalla contando gilipuerteces, usando material de tercera mano y alimentando bulos funciona. Funciona porque tiene su público. Y como lo falso tiene su público, lo falso renta. Renta porque la gente lo compra encantada, como compran esos falsos lacostes que hacen pelotillas pero tienen el cocodrilo.

Pues eso.

A ver si nos aclaramos: seudónimo vs heterónimo

La gente se lía mucho. Un seudónimo es un nombre falso que suele usarse para ocultar una identidad. En artes, sobre todo en la escritura, se emplea en aquellos casos en que el autor escribe una obra que piensa que podría dañarle en su vida personal o social. Libros escabrosos se han escrito así. También se emplea para protegerse de represalias profesionales o condenas sociales. Y, desde luego, en nuestros días, hay algún personaje siniestro que lo utiliza para escribir artículos de prensa online sin dar la cara (cosa que a mi juicio debía estar prohibido: a nadie se le ocurre que alguien vaya a una tertulia televisiva encapuchado y se ponga a insultar y a denigrar a diestro y siniestro, por ejemplo).

Vamos, que el seudónimo, por razones comprensibles unas veces e ilegítimas otras es una pantalla, una máscara tras la que se oculta el autor de un artículo o una obra.

El heterónimo es un nombre distinto que usa de manera abierta una misma persona. Se emplea para deslindar entre la esfera pública y la personal, porque suena mejor o incluso por capricho. Hay una gran diferencia entre un nombre falso (seudónimo), que enmascara la identidad real de quien lo usa, y un nombre diferente (heterónimo) que usa alguien de manera abierta sin ocultar su identidad.

El que esto escribe emplea un heterónimo, León Arsenal, y no es ningún secreto justo porque es un heterónimo. Por eso me resulta pintoresca la manía de algunos de andar aireando junto con el heterónimo mi nombre legal. Es como decir que, aunque visto traje en actos formales por casa ando en chanclas. Es innecesario y a veces pueril. Como si yo fuera el primero al que se le ocurrió usar heterónimo. Pero en fin.

Ocurre que la gente usa seudónimo para todo, lo cual tampoco es tan grave porque las palabras cambian de significado y a veces adquieren un sentido amplio aparte del estricto. Lo chusco es que no entiendan la diferencia. Y que encima hagan la gracia de violentar la privacidad para la cual se inventaron los heterónimos. Privacidad no de ocultación, pero sí de uso de nombre en público.