Historia de España para Cafres. Sucesivas invasiones

Sucesivas Invasiones

 

Una de las piedras angulares del Romanticismo fue la reacción contra los excesos del racionalismo abanderado en el siglo XVIII por la Ilustración. Romanticismo que introdujo grandes dosis de fantasía en las artes, lo que fue una bendición. Pero que al mismo tiempo inoculó mucho fantaseo a distintas disciplinas y ciencias, cosa que no fue tan positiva y que a veces llevó a teorías aberrantes y de consecuencias en ocasiones funestas.

Heredera en buena medida del Romanticismo fue esa visión de la historia concebida como una sucesión de grandes migraciones e invasiones de razas que, en su avance, borraban del mapa a otras razas más antiguas, solo para ser a su vez, siglos más tarde, aniquiladas por nuevas razas conquistadoras.

Esa visión vetusta de la historia antigua es la que se enseñaba cuando yo iba al colegio, hace décadas.

Según mi libro de historia, los íberos llegaron del norte de África y ocuparon toda la Península (mentira, pero no entraremos ahora en eso). Después llegaron por el norte los celtas, que liquidaron a todos los que vivían en la mitad norte de la Península (excepto a los vascos, que debieron surgir por generación espontánea). Cuando los celtas y los iberos se cansaron de darse mamporros, decidieron casarse entre ellos y así surgieron los celtíberos.

Pero después llegaron los romanos, que los aniquilaron a todos (excepto a los vascos) e hicieron de Hispania parte de su imperio. Sin embargo luego vinieron los visigodos, que mataron a todos (excepto a los vascos) y, ya puestos, también se cargaron a los vándalos, los suevos y los alanos, que habían entrado a la vez que los visigodos, con intenciones iguales de homicidas.

Y luego vinieron los moros, que los mataron a casi todos, pero dejaron la faena sin acabar, de forma que en el norte quedaron unos cuantos godos en las montañas de Asturias (y los vascos). A su debido tiempo, los godos de Asturias (esta vez con los vascos) bajaron del norte repartiendo estopa y borraron del mapa a los moros…

En fin. Yo era un niño y por supuesto que no me disgustaba esa visión del devenir humano que podríamos calificar de «historiografía de cachiporra». Por supuesto, todo eso vale menos que la opinión de un tertuliano de la tele.

Aquellos historiadores y arqueólogos del XIX y primeras décadas del XX tenían esa visión romántica de colisiones entre razas, derrumbes dramáticos de civilizaciones y exterminio de pueblos enteros. Y las evidencias que salían al excavar no hacían sino reforzar esas creencias tremebundas.

Bajo la pala de los arqueólogos aparecían restos de ciudades incendiadas y fosas comunes a las que se habían arrojado cientos de muertos de forma violenta. Y estratos en los que, en el lapso de décadas, se apreciaba un cambio dramático de culturas. Hasta tal capa aparecían, por ejemplo, restos de iberos. Y a partir de la inmediata superior no había sino artefactos y utensilios celtas. Señales «inequívocas» de que los celtas aniquilaron a los iberos, o los dorios a los aqueos, o los cromañones a los neardentales…

Tal visión de la historia ha sido abandonada hace mucho. Pero ha dejado poso en el imaginario popular.

Cuando yo era niño, aunque disfrutaba como un enano con historias tan tremebundas, me asombraba ante lo brutos que eran todos aquellos tipos. Más tarde descubrí que muchas de las autoridades veneradas en los 60 y 70 eran patriarcas postdecimonónicos de la historia y la arqueología. Gurús que lo que hacían era elaborar una teoría —o adscribirse a la de un santón de rango superior al suyo— y, a partir de ahí, acumular cuanta evidencia pudiera reforzar su tesis e ignorar, desdeñar o descalificar cuanta prueba pudiese echarla por tierra.

Vamos, que el camino que se seguía era el contrario al que marca la ciencia. Y las posiciones se enconaban cuando varios de esos santones defendían tesis opuestas. Aunque todas ellas se sustentaban en la especulación intelectual a priori (o a partir de alguna evidencia puntual) y no en el análisis y modificación de las teorías según iban contrastándose con las pruebas.

Bueno, lo que importa es que mucha gente sigue teniendo ahí grabada esa concepción de la historia humana como colisión de razas bien definidas y derrumbe de civilizaciones entre incendios y matanzas.

Es cierto que la historia humana está llena de guerras de exterminio, de civilizaciones caídas con violencia y de etnias enteras aniquiladas. Pero eso no es necesariamente la norma. Desde hace mucho se acepta que la desaparición de una cultura no supone por fuerza la extinción física de los humanos que la formaban. Que muchas veces se produce una transformación por contacto o una desaparición por adopción de sus miembros de otras formas culturales superiores. Y por «superiores» entiéndase como más atractivas, dotadas de mayores medios tecnológicos y en general materiales.

Eso fue lo que pasó con las poblaciones indígenas de la Península Ibérica. Los romanos tenían poco de humanitarios y la conquista de Hispania se hizo mediante la traición, el asesinato y la carnicería… como todas las conquistas, por otra parte. Pero, desde luego, no llegaron a nuestras costas con intenciones genocidas, entre otras cosas porque eran un imperio de facto y todo imperio necesita súbditos.

De igual manera, la conquista musulmana no se hizo aniquilando a las poblaciones cristianas de Hispania. Los musulmanes traían intención de conquista, no de exterminio. Parte de la población cristiana se fue islamizando y daría lugar a una cultura musulmana autóctona, la andalusí. Eso no quita para que tal conquista se realizase mediante batallas, asedios y matanzas terribles, como las de los habitantes de Zaragoza o Tarragona, que osaron resistirse. También lanzaron una campaña de genocidio local contra los godos del norte de León, lo que les empujó a huir en masa a Asturias (así es la historia, hay acciones que a la postre tienen consecuencias insospechadas). Y con el tiempo se producirían deportaciones masivas de cristianos, como la de todos los de Sevilla, enviados por los almorávides al norte de África.

Métodos que usarían también los cristianos en su avance victorioso hacia el sur. Ellos tampoco tenían en mente el exterminio, por más que fuesen otros de cuchillo suelto.

Así que, para aclarar bien la cosa, volvamos al ejemplo de antes. Encontrar restos celtas en un estrato y en el inferior iberos llevó a los primitivos arqueólogos a suponer que, en aquella área, los íberos fueron aniquilados por celtas ávidos de sus riquezas y territorios.

Y ahora supongamos que, dentro de tres mil años, vienen unos arqueólogos del futuro a excavar en nuestras ruinas. Se encontrarían con que, hasta los años 50-60 del siglo XX abundan los restos de botijos, boinas y alpargatas. Y, a partir de esa época, los estratos están llenos de latas de Coca-Cola, fragmentos de botellas de güisqui, vaqueros y trozos de discos de rock y pop.

Si esos hipotéticos arqueólogos del futuro aplicasen las mismas varas de medir que los postdecimonónicos, ¿qué conclusión sacarían? Pues que hasta los años 50-60, en España vivía una raza que vestía de alpargata y boina y que, en esa época, debió sufrir el ataque homicida de una horda de yanquis sedientos de sangre que los aniquiló y ocupó su territorio.

¿A que es una tontería? Pues con la antigüedad igual. Que la gente se acultura por muchas razones, desde utilitarismo a simples modas, pasando por el afán de asimilarse a los triunfadores. Eso es todo. No seamos tan cafres como para creer que, en ciertos temas, los antiguos eran tan diferentes a nosotros.

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