El plato del vecino y la casa de todos

Hoy cumplo 52 años. Recuerdo una superproducción olvidada y olvidable, Nicolás y Alejandra, en la que un personaje comenta: Últimamente lloro mucho, será que me hago viejo. Yo no soy de lágrima fácil, tan viejo no soy. Pero ayer mismo oí una historia que me conmovió y me llenó de congoja.

Fue hace un par de días en Levante. Le ocurrió a un hombre al que no le va mal en la vida, sin que por eso sea rico. Aparte de su trabajo, tiene unas tierrillas cerca del pueblo y, siempre que hay algo que hacer allí, manda a sus hijos y a cambio les da unos euros a modo de jornal. Pretende inculcarles que el dinero no es gratis, que hay que trabajar para ganarse el pan.

El otro día mandó a uno de sus hijos a desbrozar. El chaval le pidió que mandase en vez de a él a un amigo y le pagase esos pocos euros. Cuando el hombre, perplejo, preguntó el por qué de esa petición, el chico le dijo que su amigo hoy no había comido porque su madre no tenía nada que cocinar. Les recuerdo que esto debió suceder el 28 o 29, ultimísimos de mes. A saber en cuantas casas para esas fechas ya están las cuentas del banco yermas y las neveras vacías.

El hombre accedió de inmediato. Su esposa mandó al hijo a buscar al amigo, a que le invitase a comer para discutir mientras el asunto del trabajillo en la finca. Así podían darle de comer sin avergonzarle a él ni a su familia.

Así estamos, amigo. ¡Cuán hondo hemos caído y qué rápido! Miramos atrás, a menos de un lustro, y nos preguntamos cómo hemos podido llegar a esto. Pero no podía ser de otra forma. Dejen que le cuente otra historia real.

El padre de un amigo fue durante mucho tiempo empleado en un hotel de postín. Un día, los dueños decidieron venderlo a unos inversores que querían reconvertirlo en edificio de apartamentos gran lujo. A la hora de negociar los despidos, a los delegados sindicales les faltó tiempo para aceptar mordida y vender a aquellos a los que debían representar. A cambio de una indemnización y recolocación, firmaron condiciones míseras para el resto de sus compañeros.

Decía este amigo resignado que se veía venir. Que esos delegados eran los garbanzos negros de la plantilla: los más vagos, los que mangaban en el bote del bar; que se habían metido a delegados para currar menos. Atónito, le pregunté cómo esos trabajadores habían permitido que una escoria así los representantes. La respuesta fue muy española: mi padre, ya sabes, es de los de antes. De los que siempre han creído que uno tiene que ser honrado, trabajar y no meterse en líos de sindicatos ni de políticas.

Ese suceso es buena metáfora del lío en el que nos hemos metido.

Vivíamos y trabajábamos en un lugar lujoso, lleno de trenes ave, aeropuertos, administraciones públicas redundantes, turismo humanitario a costa de las arcas públicas, pelotazos inmobiliarios, sueldos públicos de escándalo, dinero a espuertas, oropel y vanidad.

Pero un día se acabó todo. Y descubrimos que lo que creíamos nuestra casa es en realidad un hotel. Que seríamos maîtres o seríamos el que saca la basura, pero aquí somos todo empleados. Si acaso inquilinos de paso. Que esto tiene dueños, aunque no asomen por el negocio. Y para ellos no somos nada. No es que estén mal dispuestos para nosotros. Ni eso. Sienten tanta animadversión contra nosotros como nosotros contra la vaca que nos comemos en forma de solomillos.

Y aquellos de los nuestros que debían representarnos, los que tenían que velar por nuestros derechos e intereses, se dedicaron a trapichear con los dueños. En unos casos porque eran los propios dueños disfrazados, en otros sus esbirros y los había que querían llegar a ser parte de la clase de los dueños.

Y lo peor de todo es que lo sabíamos. Pero unos no hicieron nada. Otros no hicimos lo suficiente. Otros cerraban los ojos y no querían ver la verdadera naturaleza de cierta gente (de hecho muchos siguen con los ojos bien cerrados). Y por supuesto, está esa gran masa de población que forma clientelas territoriales o de otro tipo. Voto cautivo que siempre será sumiso a sus amos pues temen perder con cualquier tipo de cambio.

Así nos ha ido y así estamos. ¿Conocen el cuadro de Goya llamado Visión Fantástica? En él, aparecen unos jinetes a los que por un lado apuntan unos soldados con uniforme francés y por otro son acechados por dos personajes voladores. Al fondo, hay una muela con un edificio enigmático en lo alto.

Siendo yo un chaval de la edad de ese que comió el otro día gracias a la generosidad de sus vecinos, la profesora de Arte nos dio una explicación. Los jinetes somos los españoles. Los españoles, transitando siempre entre la amenaza de la tiranía (los fusileros) y a la sombra de la superstición y la ignorancia (los seres voladores,) a la busca de metas lejanas (ese edificio sobre la roca). No sé si será verdad, porque luego he leído interpretaciones muy distintas. Pero a mí me vale. Es buena alegoría de lo que somos.

En fin, tenemos que ser ciudadanos y no súbditos, y para ello hemos de liberarnos de viejas y nuevas supersticiones. Estamos como estamos y no tiene vuelta de hoja. Pero si hay remedio. Lo que importa ahora es hacia dónde vamos. Y, sobre todo, hacia dónde queremos ir. ¿Hacia dónde queremos ir? Para tener derechos hay que asumir los precios. La libertad nunca es gratis o siquiera barata. ¿Lograremos esta vez ser ciudadanos, pero ciudadanos de los de verdad, de verdad libres y de verdad responsables? Ya veremos. Ojalá que ustedes y yo por fin lo veamos.

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