Los lugares de «Los lugares secretos» V. Mar del Plata.

Si Jacobo Artola en Los lugares secretos viaja a Mar del Plata, es sobre todo por un capricho del autor, o sea un servidor. Lo reconozco. Conocí esa ciudad gracias a mi buena amiga Ana María di Cesare durante el invierno austral y me fascinó tanto su historia como su arquitectura, sus avenidas y ese Atlántico ya muy sur junto al que está. Volví al año siguiente, también durante el invierno austral, y justo a caballo entre esa ciudad y Buenos Aires acabé la redacción final de Los lugares secretos. Aquí les dejo un fragmento de la novela donde se menciona a la ciudad. Ah: si desean leer sobre Mar del Plata, no puedo dejar de recomendar el excelente libro de Fernando Fagnani titulado Mar del Plata, la ciudad más querida. Es difícil de encontrar, pero la búsqueda merece la pena.

Dice en la novela:

« Mar del Plata es una ciudad singular por su génesis, por su desarrollo y por los edificios que en tiempos albergó, muchos ya perdidos. Casi todas las poblaciones de la Pampa Húmeda, al sur de Buenos Aires, nacieron a la sombra de los fuertes contra indios, en cruces de caminos o en nudos ferroviarios. Pero Mar del Plata lo hizo de la decisión de empresarios que apostaron por una gran urbe en las costas del Atlántico Sur. Durante buena parte del XIX, no fue sino un saladero de pescado. Incluso su nombre era entonces otro. Pero con la llegada del tren inició un despegue fabuloso, propio de esas latitudes y épocas, donde la opulencia se codeaba con la miseria y se cumplía el mito de hombres enriquecidos de la nada.

A orillas del océano, brotaron como hongos hoteles de lujo para magnates, artistas y políticos de Buenos Aires. Los ingleses tenían zona propia, los obreros vivían segregados de los veraneantes y la historia de esa ciudad fue el retrato de un mundo ya pretérito de fortunas fabulosas y abismos sociales. Los veraneantes incluso se alojaban en áreas y hoteles distintos, según posición y fortuna. Paradigma de esa ciudad desaforada fue un hotel que era en realidad dos: la mitad del edificio estaba pintado de rosa, se llamaba Victoria y era para millonarios; la otra mitad era blanca, la conocían como Progreso y estaba destinada a clases menos opulentas.

Surgió una arquitectura fantástica, escaparate de la riqueza de sus constructores. Pintoresquismo marplatense se llamó, y llenó la urbe de mansiones de estilo suizo, alemán, inglés, normando. Una fiebre que llegó a las obras públicas, como atestigua la Torre del Agua, un depósito de agua levantado en 1943, en estilo Tudor y ahora un icono de la ciudad. Y todo codeándose con arquitecturas propias de comienzos del XX, como el neoclásico, eclecticismo, neogótico o Art Decó. Al parecer, alguna de esas construcciones fantásticas había llamado por algún motivo la atención de Jacobo».

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