La senectud de Darth Vader

Una amiga me comentó el otro día que había muerto Bob Anderson. Confieso que mi primera reacción fue una simple cara de palo. No sabía quién era Bob Anderson. Así que mi amiga, algo irritada, me aclaró que era uno de los que hicieron de Darth Vader en la primera de Star Wars. Bueno. Esa película me encantó, pero nunca fui devoto de ella y, desde luego, mucho menos de la serie. Sin embargo, esa información añadida me hizo recordar.
Recordar cuando allá por el 2004 yo era jurado en uno de los premios del festival de cine de Sitges. Me acuerdo que deambulaba por el vestíbulo del Meliá Sitges cuando Christopher Priest –también invitado en esa edición y un verdadero caballero- me presentó a un señor de edad, muy alto y de pelo blanco, que caminaba apoyándose en un bastón.
Algo farfulló en inglés que no entendí. Y él, al darse cuenta, me tendió la diestra al tiempo que se presentaba con voz más alta.
-I am Darth Vader.
Que sí. Que eso dijo. Uno, como algo de tablas tiene, no cambió de color. Le estreché las manos mientras murmuraba: «Encantado. I am León Arsenal». Y para mis adentros recuerdo que pensé.
«¡Ay, Dios! ¡Darth Vader con garrota.!¿A dónde vamos a llegar?».
No me estaba vacilando. Alguien me dijo que era uno de los actores que se embutieron la armadura del temible villano galáctico en la primera película de la serie. Y eso es lo que me da que pensar que bien pudiera ser este Bob Anderson que ha muerto hace nada. He mirado fotos en Internet. Sí, podría ser él. Y si no lo es, le deseo larga vida, por supuesto.
El caso es que el hombre andaba por Sitges presentándose así. Y se dejaba fotografiar con fans. Pero no gratis, ¿eh? A 50 euros la foto. Sí, cincuenta, e hizo su agosto. Pero mejor se ahorran los sarcasmos y la sonrisa de medio lado. Su agosto a la manera de las hormigas. Que para los artistas siempre llega el invierno y para los artistas de medio pelo ese invierno puede ser muy, muy largo. Por eso conviene aprovechar los escasos agostos.
Aquel encuentro fue la guinda de todo un pastel. Porque Sitges estaba aquel año tomado por devortos de la saga Star Wars. Habían estrenado ya la primera película de la segunda trilogía y aquello hervía de fans. Fans disfrazados.
Y yo deambulaba por Sitges atónito. ¡Ay! Aquellas princesas Leias de mediana edad, con sus rodetes de pelo y culonas. ¡Ay! Aquellos caballeros jedy cuarentones de mantos parduscos, espadas de luz, con su tripa y fondones.
Fue entonces cuando se me ocurrió una idea que jamás me ha abandonado. Todos aquellos disfrazados andaban entre los cuarenta y los cincuenta. No eran unos niños. Para que luego digan de los jóvenes. Seguro que muchos de ellos tenían hijos. Primero me pregunté qué pensarían ellos si vieran a sus chavales disfrazados según mitomanías para ellos ajenas. Y acto seguido me pregunté qué pensarían esos mismos chavales al ver a sus padres de tal guisa.
Y fue ahí cuando se me acuñó en la cabeza esa idea a la que aludía. Es la siguiente: Amigos, hay algo mucho peor que tener un hijo friki. Y ese algo peor es que te toque en suerte un padre friki.

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