No somos nada

No somos nada, no. Es un comentario que acabo de escuchar repetido hace unos minutos, mientras desayunaba en el bar. Duermo poco en los últimos tiempos y, como me desperté a las seis y el trabajo hoy se está dando bien, bajé al bar de costumbre. De costumbre, de parroquianos habituales, de vida de barrio. Y hoy todos enfrascados en una conversación a muchas bandas.

-¿Se sabe al final que ha sido?

-Infarto. Seguro, infarto.

-¿Pero de quién estáis hablando? ¿Qué ha pasado?

-Agustín. Se ha muerto.

Caras estupefactas.

-¿Agustín? ¿Pero Agustín el de la lotería? Pero si estaba ayer aquí tomando cañas. Pero, pero, pero…

Asombros, pasmos. Que si sucedió a la tarde. Que si le entierran esta noche, a las ocho y media. Que vaya horas.

Y yo rumiando las porras, con los ojos puestos unas veces en mi café con leche y otras más allá de las vidrieras, en los 2 grados que marcaba el termómetro de la parada del bus.

Parecía asombrar a todos que el buen hombre hubiese deambulado por el barrio tan tranquilo, comiéndose un filete de menú, de cañas por la tarde… y al anochecer fulminado por un ataque. Y a mí lo que se me estaba era atragantando el café oyéndoles, porque uno no suele esperar que la Muerte haga acto de presencia al desayuno.

Era una especie de funeral espontáneo. Un lugar al que el finado acudía desde hacía años, en el que era conocido, y ahora se le homenajeaba a la manera de los bares. Y entre las frases que los presentes pronunciaban no faltaban muchas frases hechas del tipo «no somos nadie» o «estamos aquí de paso». Manidas, sí. Pero bien reales.

Una expresión concreta me llamó la atención. «No somos nada». Eso ha dicho un par de veces un camarero. No «nadie» sino «nada».

Al salir al frío exterior, con ese «nada» todavía en los oídos, se me vino a la cabeza el epitafio más impresionante que haya leído jamás. Uno inscrito en una lápida en la Sacramental de San Justo, en la margen sur del Manzanares.

Uno que dice:«Polvo, cenizas, nada». Solo eso. Escueto, harto sobrio. Y sin embargo daría para reflexionar toda una vida, escribir cerros de folios. Sintetiza aquello en lo que se convierten los que se van y lo que esa pérdida deja a los que los aman. Pero ¿para qué escribir esos cerros de folios? Si ese es uno de los milagros del idioma. La capacidad de resumir en tres palabras lo que explicado serían tomos y no alcanzarían su precisión. Son tres palabras que lo dicen todo.

«Polvo, cenizas, nada».

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