Soneto LXII

Ay de mí, ay de nosotros, bienamada,

Sólo quisimos amor, amarnos,

Y entre tantos dolores se dispuso

Sólo nosotros dos ser malheridos.

Quisimos el tú y el yo para nosotros,

El tú del beso, el yo del pan secreto,

Y así era todo, eternamente simple,

Hasta que el odio entró por la ventana.

Odian los que no amaron nuestro amor,

Ni ningún otro amor, desventurados

Como las sillas de un salón perdido,

Hasta que se enredaron en ceniza

Y el rostro amenazante que tuvieron

Se apagó en el crepúsculo apagado.

 

 

Pablo Neruda

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