Todo llega



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Desde que comencé a frecuentar cafés y cafeterías, hace ya muchos años, para sentarme a solas en alguna mesa, con una taza caliente o una caña fría delante, a pensar en mis cosas, he presenciado –como todos ustedes- un sinfín de peleas de pareja en mesas contiguas. Aunque la palabra pelea cuadra mal, ya que más bien son rupturas programadas en ese momento y lugar. Tengo la impresión de que suelen ser ella las que buscan más esos lugares para finalizar una relación, tal vez porque los lugares públicos obligan a contención y a guardar las formas.

Sentado en mi mesa, enfrascado en lo mío pero sin poder evitar captar de soslayo, los he visto discutir en voz muy baja. Las edades suelen estar entre la adolescencia y la treintena, será porque los de más edad lo arreglan en otros lugares y de otras formas. En cuanto a la actitud, las hay de todas clases. Ellos vehementes, contritos, apabullados, disgustados, alguno con aspecto de estar a punto de saltar a su interlocutora a la yugular. Ellas abrumadas, haciendo pucheros, rabiosas, con aire de estar volcando un torrente de recriminaciones, no pocas agobiadas, como si se excusasen de la ruptura, unas pocas frías, guardando distancias muy bien.

Creo que la primera vez que me senté en un café a solas, con mis asuntos, fue allá por 1977. Me había escapado de clases, comenzó a llover con furia y me refugié en una cafetería vetusta de la calle Fuencarral. Y había una pareja de veintimuchos en una mesa próxima, enzarzadas en una discusión en voz baja. Justo vivía yo una relación de adolescente que iba de pena y, al ver a aquellos dos tan mayores (para mis ojos de entonces) se me ocurrió que las cosas no mejoraban con el paso de los años. La disputa acabó mal; ella se levantó y, pese a que él hizo un esfuerzo tardío por retenerla, salió por la puerta y se marchó.

Ese naufragio pequeño –supongo que olvidado por los protagonistas hace lustros-, marcó la tónica de lo que he estado viendo durante tres décadas. Discusiones en voz baja, con tazas por medio, acabando siempre con ella levantándose y saliendo por la puerta, sin mirar atrás. Las reacciones de ellos van desde llamarla (cosa que nunca se debe hacer, pues no sirve más que para reafirmarla en su decepción) a quedarse sentado, observando su espalda con distintas expresiones. Unos como fulminados, otros atónitos, otros llenos de rabia negra y algunos con una expresión neutra que le hacen a uno pensar que el tipo domina una de las (malas) artes masculinas más difíciles y útiles: el conseguir que ella le deje a uno, que es lo que de verdad se está buscando.

En treinta años nunca, nunca, vi que ninguna de esas discusiones acabase bien. Todas acababan con ella, siempre ella, yéndose y, si en alguna ocasión se reconciliaron después, eso no puedo saberlo. Hacía ya muchos años que había renunciado a ver que uno de esos armagedones de mesa de café acabase bien. Pero hará un par de días, mientras estaba desayunando, junto a las vidrieras del café, tuvo lugar una disputa de pareja. Poca atención le presté, más allá de constatar que la chica era muy guapa y que la hora era atípica (estas escenas suelen tener lugar a caballo entre la tarde y la noche, por lo general). Los vi de reojo y luego, mientras ojeaba el periódico, de vez en cuando advertía que allí seguían con su apasionada disputa en voz baja, con mucho tratar de tomar manos que se retiraban.

Acabé por olvidarme de ellos. Pero, tras pagar y mientras me levantaba, de repente los vi tan acaramelados, todos los nubarrones entre ellos en algún momento despejados. A él se le veía lleno de alivio y ella, antes tan tensa y huidiza, ahora se dejaba acariciar manos y mejillas. Así pues, la cosa se había arreglado, por cuanto tiempo no lo sé, aunque por supuesto les deseo larga relación y suerte.

Por una vez, todo acabó bien y yo pude verlo. Todo llega y, como suele ser habitual, lo hace cuando uno ya no espera que lo haga jamás.

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