A recogerse tocan

El otro día, a un amigo le sacaron del sueño más profundo grandes golpes en la puerta de su casa. Cuando por fin logró emerger a la consciencia y cercionarse de que no, no estaba soñando, y de que alguien, a las seis de la madrugada –pues esa hora era- aporreaba su puerta con saña, acudió lleno de prevención a ver qué ocurría. Para su asombro, al observar por la mirilla, no veía a nadie y el pasillo estaba a oscuras, pese a lo cual seguían los golpes en la puerta.

Al cabo, con la cadena puesta y mucha prevención, entreabrió la puerta. El misterio se aclaró entonces. Había un tipo, borracho como un piojo, que estaba pateándole la puerta en remedo de llamada, pues la curda le impedía hasta tenerse en pie. Mi amigo cerró la puerta, claro, y acto seguido llamó a la Policía Nacional.

Al rato se presentaron dos agentes. Al encender las luces de los descansillos, se vio que el borracho había conseguido ponerse en pie, aunque no para fines muy nobles. El caso es que los policías se encontraron con que el tipo se había bajado los pantalones y estaba orinando en la puerta del vecino de enfrente. Supongo que si no le dieron dos palos fue porque ya no estila. Le indicaron que se subiese los pantalones y, a las preguntas, dijo que sí, que andaba pateando la puerta porque no conseguía abrir.

En esto salió el vecino de enfrente y, como es lógico, se puso como las hidras. Así que buen trabajo tuvieron los guardias, entre el borracho que sólo conseguía balbucear y el vecino que vociferaba indignado: ¡Me ha meado en la puerta!

Por supuesto que no vivía en casa de mi amigo. Pero es que no se había equivocado de puerta, o de piso, o siquiera de portal. Se había equivocado no sólo de calle, sino también de zona de la ciudad porque el tipo vivía a media ciudad de distancia. Debió deambular dando tumbos hasta llegar a lo que creía su casa. Entraría detrás de algún vecino, porque en ese edificio muchas casas son de alquiler y la gente no se conoce. Y, al llegar a la que creía su puerta y ver que no abría, comenzó a patalear, ya que ni en pie se tenía.

Los policías se lo llevaron, claro, y mi amigo pudo volver a la cama, a intentar dormir media hora más. Pero lo tuvo su vecino que, a esas horas de la madrugada, tuvo que ir a buscar la fregona para limpiar la meada de un borracho en su rellano.

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