Ponga un negro en su clá.

Como escucho con desgana (por escepticismo) a los políticos en la tele, a veces, reparo en detalles que, sin duda, otros muchos también perciben. Desde hace ya mucho, tras el orador de turno, suele colocarse toda una cla sentada, presta a vitorear los momentos claves de los discursos. Son aplaudidores muy bien seleccionados, supongo, con características que deben variar según la ocasión.

Pero, por ir al grano, en los últimos tiempos, me he dado cuenta de que, cada vez con mayor frecuencia, entre esos incondicionales en segundo plano, puede uno descubrir algún negro. Como aparece en las clas de políticos de uno y otro partido (y no es el mismo negro), hay que suponer que no es casualidad y sí estrategia meditada. La política parece sustentarse en marketing y, en marketing, es norma copiar las pautas exitosas de la competencia; cosa que es más que lógica. Así que imagino que, en cuanto uno de los partidos metió a un negro en sus clás, la competencia se apresuró a hacer lo propio… por si acaso. Somos monos, después de todo, y una de las razones del éxito de los monos es la imitación.

Será un truco eficaz, sin duda –para dar aires de multicultural, o para inducir a simpatía a grupos de emigrantes, o para lo que sea-; nunca pondría en duda la profesionalidad de los expertos en venta de imagen al servicio de los partidos. Mal servicio hacen, eso sí, a los supuestos intentos de lograr una sociedad en la que las distinciones por cuestiones tan nímias como los colores de piel estén desterradas. Pero no creo que a nadie le sorprenda que cierta gente eche mano de métodos tan bajos, ¿no?

En todo caso,  puede que tal estrategia, de rebote, tenga un impacto adverso en los espectadores desconfiados (por escaldados). Aquellos que, desganados y desencantados, dejan vagar los ojos más allá del político de turno, que promete lo que jamás cumplirá, repara en el segundo plano, destinado a eso, ser segundo plano y percibirse a nivel subliminal. Se dan cuenta de esa y otras artimañas, y acaban aún más desconfiados respecto a la burra que los chalanes políticos tratan de encalomarles.

Pero bueno, después de todo, ya lo dice la sabiduría popular: no hay truco perfecto.

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