Huyendo del sol

Voy a acabar identificando el viajar en avión con las madrugadas. Con la oscuridad, con ese frío destemplado de última hora de la noche, con la luz gris del alba, con ese aire desangelado que tienen los grandes espacios públicos a ciertas horas intempestivas.

            Por alguna razón, tengo vuelos siempre a esas horas, y es una imagen que se me va fijando poco a poco. Recuerdo cierta vez que tuve que levantarme a las cinco para coger el primer vuelo del puente aéreo a Barcelona. Estaba nevando, todo estaba cubierto de blanco y la T4, entonces recién estrenada, resultaba fantasmal. Me recuerdo también en Aeroparking, en Buenos Aires, esperando para embarcar rumbo a El Calafate, en la terminal que a esas horas estaba casi desierta, sin viajeros y con casi todos los mostradores cerrados.

            El otro día me tocó de nuevo volar a hora temprana. Despegamos a las ocho de la mañana, rumbo a Lisboa. Ya empezaba a apuntar el sol pero, como el viaje era hacia el oeste, volaríamos en la oscuridad, por delante del sol.

            Sin embargo, en un momento dado, al ganar suficiente altura, el sol de la mañana nos alcanzó de repente. Se esfumó la negrura como por arte de magia y, al mirar por la ventanilla, nos fue posible contemplar un paisaje de portento, hecho con cielo azul y nubes blancas.

            Bajo el avión había cúmulos y cirros. El sol no llegaba tan abajo y, a la vista, eran como arrecifes en sombras sobre los que volaba la nave. Arriba estaba el azul de primera mañana y, flotando en él, cúmulos enormes de un blanco resplandeciente, porque el sol les tocaba de lleno. Eran como islas prodigiosas en un mar de fábula. Como islas, sí, sin nombre. Esas mismas que buscan en vano los viajeros cansados.

            Y así, durante largo rato, volamos por aquel mar milagroso. Luego, el avión comenzó su aproximación a Lisboa. Descendimos hacia esas nubes en sombras, bajo la línea del sol. Nos internamos en ellas. Y así fue como todo se esfumó y regresamos una vez más a la oscuridad.

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