Hyd e-Park

Es un juego de palabras bastante chusco, pero define muy bien en lo que el mundo de las bitácoras en red se ha convertido para no pocas personas. Hyde Park, nos han dicho siempre, es un parque famoso de Londres en el que cualquiera puede acercarse y, con libertad, echar su mitin y vocear a quien quiera escucharle su particular visión del mundo, sus problemas y las soluciones que el orador entiende mejores. Y las bitácoras se han convertido, para muchos, en púlpitos desde los que aleccionar a los cibernautas acerca de los más variados temas.

            A mí no me parece ni bien ni mal. Una de las ventajas de la red es que todo está a un par de clics y que todo es evitable, precisamente, no haciendo clic. Lo que no nos interesa, no los visitamos. Otra cosa es el impacto que puede tener sobre terceros, porque cualquiera puede largar por su boca –por su teclado en este caso- y en seguida lo repiten otros, sin comprobar si lo dicho es cierto o no.

            Me prometí desde el principio que esta bitácora no iba a ser un púlpito de esos, para dar salida a las necesidades aleccionadoras que muchos sienten. No es que yo sea mejor o distinto, es que ya me soportan mis amigos en las charlas de taberna, así que no hay necesidad de pontificar dos veces. En mi descargo digo, precisamente, que no es lo mismo opinar sobre ciertos temas en una tertulia de bar, donde cada cual es libre de decir lo que piensa, puesto que es un ámbito privado, que dar esas mismas opiniones en público, y las bitácoras están abiertas al público. En ese caso hay que guardar no sólo unas formas, sino también tomar la precaución de estar mínimamente informado.

            En todo caso y volviendo al título, tengo entendido que son o eran tantos los iluminados que acudían a Hyde Park, que era o es una atracción ir a verles desbarrar. Así quizá debiéramos tomarnos las bitácoras de autoproclamados popes de los más diversos temas, desde la literatura a la política. Si no los ignoramos, en vez de indignarnos, coger la bolsa de palomitas y reírnos de sus dislates, revolcones y gruñidos, tal como hacemos ante la jaula de los monos. Como en este último ejemplo, es inevitable que los simios lancen de vez en cuando excrementos, y alguno puede acertarnos. Pero no nos quejemos: no hay diversión sin riesgo.

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