Las pequeñas muertes

He vuelto tras cierto tiempo a la bitácora. Ese alejamiento no ha sido elección mía, sino que he estado bastante ocupado con una mudanza y una operación menor.

            Hoy estaba sentado donde podía, tratando de poner orden en la balumba de propiedades metidas en cajas y he topado con las fotos. Las había sacado a puñados de un cajón y metido en una caja, y hoy me llegó el momento de darles sitio en la nueva casa. Lo de «puñados» es una hipérbole. No deben llegar al centenar. Nunca he sido muy fotero y, como decía en otra entrada, tampoco cargo con tantas cosas. Y, tras esta mudanza con menos.

            El caso es que me he puesto a discriminar y tal vez un tercio de las fotos han acabado rotas en pedacitos pequeños y en la basura. He liquidado de un plumazo parte de mi pasado. Eran fotos con amigos que ya han dejado de serlo o con parejas del momento que ya, cuando les miraba a la cara reflejada en la fotografía, no me decían nada. Todo roto y a la basura. Ya no habrá posibilidad de que nadie demasiado curioso exhume mi pasado por ahí, o que un heredero intrigado, sosteniendo una instantánea, se pregunte en un futuro quien fue aquella chica que aparecía conmigo en una terraza, tomando una caña, qué ciudad sería y qué habríamos significado el uno para el otro en su momento. Todo eso ha ido al contenedor de reciclado de papel.

            Esa es una de las pequeñas muertes a las que aludía tiene que ver con mi operación. Me han comentado que no todo el mundo reacciona igual a la anestesia. No lo sé. Pero lo que a mí me ocurre es que las luces se apagan. Plof. Lo siguiente que sé es que estoy saliendo penosamente de la anestesia. Ésta me llega de golpe y no es ni negra, es un vacío absoluto, una ausencia, la nada. Dicen que el sueño es el hermano pequeño de la Muerte. Es mentira, para mí la anestesia lo es. La muerte tal como la concibe el ateismo: la nada absoluta, el no ser. Sólo me han puesto anestesia general dos veces, las dos para el mismo tipo de operación. La primera vez fue a los 19 años y fui a ella sin pensar. Pero debió impresionarme por esa ausencia total. Ahora, cuarto de siglo después he vuelto y me he dado cuenta que sí, que debió impresionarme, porque la contemplaba con cierto respeto, supongo que por esa cualidad que la asocio, la de que por un rato uno se enfrenta a la disolución, la extinción. Y es que, aunque hay días en que uno preferiría que tras la muerte todo fuera así, la nada, el descanso después de la jornada larga, agotadora y polvorienta de la vida, en el fondo muchos, entre los que me incluyo, prefieren que no sea así, y que nos dejen seguir nuestra andadura al otro lado, aunque sea dando tumbos.

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