Vidas paralelas

Ayer murió Pascual Enguídanos y, antes de ayer, Stanislav Lem.

Lem nació en la ciudad polaca de Lvov, en1921. Enguídanos lo hizo en Liria, Valencia, en 1923. Es de suponer que ninguno tuvo una juventud fácil. Lem vivió la ocupación alemana. A Enguídanos le tocó pasar la postguerra española.

Lem publicó su primera novela en 1951 y, si elegió el tono humorístico y de ciencia-ficción, fue en parte para sortear la censura comunista, ya que, aunque socialistas de convicciones, no comulgaba con las posturas oficiales. Enguidanos comenzó a publicar en 1953, con el pseudónimo de George H. White, su serie estrella, La saga de los Aznar; una saga larguísima de ciento y pico novelas.

Lem está ya considerado como uno de los mejores, sino el mejor, escritor polaco de todos los tiempos. Enguídanos fue un escritor humilde en todos los sentidos de la palabra. Su producción pertenece a lo que ahora se llama pudorosamente pulp español. Y aunque pulp en Estados Unidos designe a la literatura de baja estofa, aquí se usa cada vez más para sustituir al término literatura de a duro, que parece a muchos ahora demasiado peyorativo.

Las novelas de Enguídanos eran imaginativas pero, sin duda alguna, toscas de factura, argumentos y estilo. Se dejaban leer cuando uno tenía cierta edad. Resulta ridículo que haya quienes quieran poner ahora a la Saga de los Aznar por las nubes, como una especie de cumbre de la literatura de cf. Son gratas de leer y punto, si a uno le gustan las aventuras espaciales sin complicaciones; eso no es nada malo.

            Lem alcanzó fama y reconocimiento en vida. A Enguídanos le tributaron una especie de homenaje en una convención de ciencia-ficción en Gijón, allá a mediados de los 90, pero no pudo asistir. Lo recuerdo porque un tipo preguntó por él y cuando alguien le comentó que no había ido a Gijón por haber caído enfermo, rugió un: ¡Lo sabía! Acto seguido se lanzó a farfullar que llevaba años siguiendo a Enguídanos y que siempre que iba a aparecer en un sitio al final quedaban en nada, siempre por alguna excusa… porque Enguídanos, según el tipo aquí, era un extraterrestre. Recuerdo que sentí un escalofrío y que pensé que reuniones como esas –donde tampoco es tan difícil toparse con tipos con el cerebro hecho puré- debieran contar con guardias de seguridad.

            Además, aquel tipo tenebroso se equivocaba. Otra convención de ciencia-ficción celebrada en Madrid, en 1978, creo –mi memoria es bastante mala en cuanto a datos concretos-, le dio otro homenaje y Enguídanos sí asistió. Yo estaba allí y lo vi. El hombre estaba más que agradecido por el reconocimiento y creo recordar que no se las daba de nada.

            Lem debió ganar mucho dinero con sus novelas. De Enguídanos me contaron que su mujer, a veces, en ciertas épocas, estaba esperando que le pagasen la última novela entregada para poder ir al mercado y comprar algo. Me contaron… no sé si será verdad.

            Lem tenía una imaginación prodigiosa. Enguídanos también. Las novelas de uno y otro están llenas de artefactos maravillosos, razas increíbles, lances y sucesos. En eso estaban empatados. A la muerte de Lem habrán dedicado espacio, supongo, los medios de todo el mundo, porque había logrado reconocimiento literario. Enguídanos se habrá tenido que conformar con unas líneas en algunos medios nacionales y locales y, todo lo más, con alguna necrológica. Es por eso que a él le he dedicado más espacio en este comentario, porque supongo que Lem pasará a la historia de la literatura y Enguídanos encontrará algún huequito en alguna enciclopedia de la ciencia-ficción. Que tampoco es poco.

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