Historia de España para Cafres. Sucesivas invasiones

Sucesivas Invasiones

 

Una de las piedras angulares del Romanticismo fue la reacción contra los excesos del racionalismo abanderado en el siglo XVIII por la Ilustración. Romanticismo que introdujo grandes dosis de fantasía en las artes, lo que fue una bendición. Pero que al mismo tiempo inoculó mucho fantaseo a distintas disciplinas y ciencias, cosa que no fue tan positiva y que a veces llevó a teorías aberrantes y de consecuencias en ocasiones funestas.

Heredera en buena medida del Romanticismo fue esa visión de la historia concebida como una sucesión de grandes migraciones e invasiones de razas que, en su avance, borraban del mapa a otras razas más antiguas, solo para ser a su vez, siglos más tarde, aniquiladas por nuevas razas conquistadoras.

Esa visión vetusta de la historia antigua es la que se enseñaba cuando yo iba al colegio, hace décadas.

Según mi libro de historia, los íberos llegaron del norte de África y ocuparon toda la Península (mentira, pero no entraremos ahora en eso). Después llegaron por el norte los celtas, que liquidaron a todos los que vivían en la mitad norte de la Península (excepto a los vascos, que debieron surgir por generación espontánea). Cuando los celtas y los iberos se cansaron de darse mamporros, decidieron casarse entre ellos y así surgieron los celtíberos.

Pero después llegaron los romanos, que los aniquilaron a todos (excepto a los vascos) e hicieron de Hispania parte de su imperio. Sin embargo luego vinieron los visigodos, que mataron a todos (excepto a los vascos) y, ya puestos, también se cargaron a los vándalos, los suevos y los alanos, que habían entrado a la vez que los visigodos, con intenciones iguales de homicidas.

Y luego vinieron los moros, que los mataron a casi todos, pero dejaron la faena sin acabar, de forma que en el norte quedaron unos cuantos godos en las montañas de Asturias (y los vascos). A su debido tiempo, los godos de Asturias (esta vez con los vascos) bajaron del norte repartiendo estopa y borraron del mapa a los moros…

En fin. Yo era un niño y por supuesto que no me disgustaba esa visión del devenir humano que podríamos calificar de «historiografía de cachiporra». Por supuesto, todo eso vale menos que la opinión de un tertuliano de la tele.

Aquellos historiadores y arqueólogos del XIX y primeras décadas del XX tenían esa visión romántica de colisiones entre razas, derrumbes dramáticos de civilizaciones y exterminio de pueblos enteros. Y las evidencias que salían al excavar no hacían sino reforzar esas creencias tremebundas.

Bajo la pala de los arqueólogos aparecían restos de ciudades incendiadas y fosas comunes a las que se habían arrojado cientos de muertos de forma violenta. Y estratos en los que, en el lapso de décadas, se apreciaba un cambio dramático de culturas. Hasta tal capa aparecían, por ejemplo, restos de iberos. Y a partir de la inmediata superior no había sino artefactos y utensilios celtas. Señales «inequívocas» de que los celtas aniquilaron a los iberos, o los dorios a los aqueos, o los cromañones a los neardentales…

Tal visión de la historia ha sido abandonada hace mucho. Pero ha dejado poso en el imaginario popular.

Cuando yo era niño, aunque disfrutaba como un enano con historias tan tremebundas, me asombraba ante lo brutos que eran todos aquellos tipos. Más tarde descubrí que muchas de las autoridades veneradas en los 60 y 70 eran patriarcas postdecimonónicos de la historia y la arqueología. Gurús que lo que hacían era elaborar una teoría —o adscribirse a la de un santón de rango superior al suyo— y, a partir de ahí, acumular cuanta evidencia pudiera reforzar su tesis e ignorar, desdeñar o descalificar cuanta prueba pudiese echarla por tierra.

Vamos, que el camino que se seguía era el contrario al que marca la ciencia. Y las posiciones se enconaban cuando varios de esos santones defendían tesis opuestas. Aunque todas ellas se sustentaban en la especulación intelectual a priori (o a partir de alguna evidencia puntual) y no en el análisis y modificación de las teorías según iban contrastándose con las pruebas.

Bueno, lo que importa es que mucha gente sigue teniendo ahí grabada esa concepción de la historia humana como colisión de razas bien definidas y derrumbe de civilizaciones entre incendios y matanzas.

Es cierto que la historia humana está llena de guerras de exterminio, de civilizaciones caídas con violencia y de etnias enteras aniquiladas. Pero eso no es necesariamente la norma. Desde hace mucho se acepta que la desaparición de una cultura no supone por fuerza la extinción física de los humanos que la formaban. Que muchas veces se produce una transformación por contacto o una desaparición por adopción de sus miembros de otras formas culturales superiores. Y por «superiores» entiéndase como más atractivas, dotadas de mayores medios tecnológicos y en general materiales.

Eso fue lo que pasó con las poblaciones indígenas de la Península Ibérica. Los romanos tenían poco de humanitarios y la conquista de Hispania se hizo mediante la traición, el asesinato y la carnicería… como todas las conquistas, por otra parte. Pero, desde luego, no llegaron a nuestras costas con intenciones genocidas, entre otras cosas porque eran un imperio de facto y todo imperio necesita súbditos.

De igual manera, la conquista musulmana no se hizo aniquilando a las poblaciones cristianas de Hispania. Los musulmanes traían intención de conquista, no de exterminio. Parte de la población cristiana se fue islamizando y daría lugar a una cultura musulmana autóctona, la andalusí. Eso no quita para que tal conquista se realizase mediante batallas, asedios y matanzas terribles, como las de los habitantes de Zaragoza o Tarragona, que osaron resistirse. También lanzaron una campaña de genocidio local contra los godos del norte de León, lo que les empujó a huir en masa a Asturias (así es la historia, hay acciones que a la postre tienen consecuencias insospechadas). Y con el tiempo se producirían deportaciones masivas de cristianos, como la de todos los de Sevilla, enviados por los almorávides al norte de África.

Métodos que usarían también los cristianos en su avance victorioso hacia el sur. Ellos tampoco tenían en mente el exterminio, por más que fuesen otros de cuchillo suelto.

Así que, para aclarar bien la cosa, volvamos al ejemplo de antes. Encontrar restos celtas en un estrato y en el inferior iberos llevó a los primitivos arqueólogos a suponer que, en aquella área, los íberos fueron aniquilados por celtas ávidos de sus riquezas y territorios.

Y ahora supongamos que, dentro de tres mil años, vienen unos arqueólogos del futuro a excavar en nuestras ruinas. Se encontrarían con que, hasta los años 50-60 del siglo XX abundan los restos de botijos, boinas y alpargatas. Y, a partir de esa época, los estratos están llenos de latas de Coca-Cola, fragmentos de botellas de güisqui, vaqueros y trozos de discos de rock y pop.

Si esos hipotéticos arqueólogos del futuro aplicasen las mismas varas de medir que los postdecimonónicos, ¿qué conclusión sacarían? Pues que hasta los años 50-60, en España vivía una raza que vestía de alpargata y boina y que, en esa época, debió sufrir el ataque homicida de una horda de yanquis sedientos de sangre que los aniquiló y ocupó su territorio.

¿A que es una tontería? Pues con la antigüedad igual. Que la gente se acultura por muchas razones, desde utilitarismo a simples modas, pasando por el afán de asimilarse a los triunfadores. Eso es todo. No seamos tan cafres como para creer que, en ciertos temas, los antiguos eran tan diferentes a nosotros.

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Reiniciando la biblioteca

El otro día en una entrevista me preguntaron si no me arrepentía de haberme desprendido de parte de mi biblioteca personal. Aludían al hecho de que doné hace tres o cuatro años gran parte de mis libros de literatura fantástica a la BYU de Utah. Mi respuesta fue que no solo no me arrepentía, sino que estaba en vísperas de desprenderme de una parte significativa de lo que me resta.

Imagen relacionadaMe salió de corazón y no es ninguna boutade. Llevaba ya tiempo dándole vueltas en la cabeza y una pregunta tan oportuna sirvió para cristalizar la decisión. Así suelen funcionar las cosas. Podría haber estado años pensando en ello y sin dar el paso, pero al verbalizarlo ya no hay marcha atrás.

Verán. Aquellos que acumulan libros y libros, y crean bibliotecas de miles y miles de volúmenes, tienen todo mi respeto. Son bibliómanos. Aman los libros. Pero no es la única forma de amar los libros.

A menudo recorro mi cada vez más exigua biblioteca, tomo un libro que leí hace años o décadas y soy consciente de que nunca en mi vida volveré a leerlo, por la razón que sea. Están ahí, en los estantes, cogiendo polvo y ocupando sitio en vano, cuando otras personas podrían estar disfrutando de su lectura. Y también dejando hueco a libros nuevos. Porque yo soy de los que siguen leyendo.

Así que he decidido reiniciar mi biblioteca. Reset. Voy a recomenzarla, aunque no de cero. Con algunos de mis libros mantengo cierto vínculo emocional. Pero voy a liberar muchos volúmenes. Lo haré por tandas y sin complicarme. Los regalaré y que otros disfruten de ellos, y el método será sencillo. Iré sacando listas de libros y, el primero que pida uno, para él será.

Así que atentos a sus pantallas.

«Traidor» a todos

Es probable que reduzca mi producción como novelista histórico. Pero no se alarmen, que no es que piense abandonar el género ni es que me haya hastiado de esos escenarios literarios. La cosa es más complicada.

Verán: Muchas veces he dicho que mi modelo como novelista es lo que hacen los directores de cine, sobre todo los estadounidenses, que incursionan en muchos géneros y formatos. Ese es mi ideal: hacer hoy un dramón y mañana una comedia, pasado una pequeña obra independiente y al otro una gran superproducción con legiones, trirremes y elefantes. No soy de los escritores que ha querido quedarse en un solo género, ni en un solo segmento de ese género. Respeto a quienes lo hacen, por supuesto pero, al menos en mi caso, eso me conduciría a algo que he visto en otros. No solo a no crecer como escritor, sino a acabar autoplagiándote, que es de las cosas más tristes que te pueden ocurrir.

Esa intención de explorar no siempre estuvo en mí por la sencilla razón de que cuando comencé a escribir no tenía la más mínima intención de dedicarme profesionalmente a esto. Por aquel entonces yo navegaba y, durante un lapso de tiempo en tierra, animado por algunos amigos, empecé a publicar algunos cuentos en revistas especializadas de ciencia-ficción. No pensaba ir mucho más allá y ese es el motivo principal de que adoptase el heterónimo de León Arsenal. No me apetecía gran cosa que me identificasen en mi trabajo como el autor de los cuentos que publicaba. No por nada sino porque yo soy así.

El azar y el destino hicieron que acabase en tierra y que comenzase a escribir obra larga. Lo cierto es que mis dos primeras novelas publicadas fueron ambas de género histórico, en la editorial Valdemar. Luego llegó la película (la trilogía de películas) del Señor de los Anillos, Planeta compró Minotauro, editora de esa trilogía, e instituyó el premio Minotauro. Ahí que mandé mi novela Máscaras de matar, escrita un par de años antes y a la que di una buena revisión ya con la experiencia de dos novelas publicadas. Y gané el premio.

De repente, me encontré convertido en uno de los figuras de la literatura fantástica española y con un montón de promoción que me puso en el candelero, cosa que agradeceré siempre. También aumentó de manera exponencial mi número de odiadores y denostadores dentro del mundillo de la ciencia-ficción y fantasía española, que siempre ha sido en ese sentido un charco de bilis negra y amarilla todavía más humeante que otros, que ya es decir.

Entre los mil y un motivos que encontraron algunos popes de fancine para ponerme a caer de un burro fue el hecho de que, tras el Minotauro, en vez de consagrarme en cuerpo y alma a la sagrada causa de la literatura fantástica, publicase con Edhasa La boca del Nilo, una novela histórica de aventuras sobre la expedición enviada por Nerón a las fuentes del Nilo. Que esa novela se fuese en seguida a las cinco ediciones y que además ganase los premios Ciudad de Zaragoza y Espartaco de la Semana Negra de Gijón, ambas a la mejor novela histórica publicada en el 2004, lo único que hizo, me temo, fue atizar las iras de los santos.

Esa, supongo, fue la primera de mis traiciones, o al menos así se lo tomaron algunos que se consideraban a ellos mismos guardianes de las esencias de la cf y f patria. Pero esa «traición» no fue más que la primera de muchas.

Lo falso vende

Resultado de imagen de asesinato de juan de escobedoEl año pasado, Hipólito Sanchiz y yo accedimos a una entrevista para una nueva serie documental que se estaba preparando para uno de los canales de pago de televisión. En 2005, Hipólito y yo publicamos Una historia de las sociedades secretas españolas, que fue el primer ensayo sobre el tema en nuestro país en más de cien años, ya que el anterior fue uno de Vicente de la Fuente en 1871.

La entrevista era para un capítulo dedicado a la Garduña, la supuesta sociedad criminal española. En nuestro libro demostramos (aunque en realidad en esa parte toda el mérito de la investigación es de Hipólito) que la Garduña nunca existió, que fue producto quizá de una confusión al principio (el mito nació en el siglo XIX) y después, a lo largo del siglo XX, asentado por una multitud de autores presuntamente informados que lo que hacían en realidad era refritos de libros sobre el tema anteriores.

Yo ya venía de una mala experiencia al respecto, con un programa famoso de televisión, donde me entrevistaron sobre el mismo asunto. Como la entrevista no fue en plató, cortaron y montaron de tal forma que parecía que un servidor afirmaba que la Garduña sí había existido. Así que le insistimos a los del programa en que se respetase nuestra opinión y así nos lo garantizaron… y que si quieres arroz, Catalina.

Cuando el programa se emitió, habían cortado y montado nuestras declaraciones de tal forma que parecía que avalábamos la existencia de la Garduña. Y lo que tiene más cachondeo, salían un par de supuestos expertos dando tan aplomados datos que, en realidad, fue nuestro libro el que los puso en luz pública por primera vez. Por ejemplo, el hecho de que no se puede probar la realidad o falsedad del supuesto juicio a los jefes de la Garduña porque los archivos judiciales de Sevilla de la época se perdieron en un incendio a comienzos del siglo XX.

En fin. Inenarrable. Cosa curiosa, poco después contactó conmigo un profesional del Periódico de Cataluña para un reportaje sobre la Garduña. Conversamos al respecto y tras manifestarles que, en nuestra opinión, la Garduña es una falsedad de cabo a rabo, el periodista convino en que entonces no había pues reportaje y ahí quedó la cosa. Es decir: se comportó con ética, no tomó mis palabras para darle la vuelta al sentido, como hicieron los otros granujas.

¿Cuesta tanto comportarse con un mínimo de decencia profesional y de respeto a la buena fe ajena? Supongo que no, este periodista lo demostró.

Pero ocurre la falta de honradez renta. Puedo asegurarles que, si en nuestro ensayo, hubiésemos tirado de mitos y de bulos, mucho más hubiéramos vendido entre el público ávido de conjuras e illuminatis. Y salir en pantalla contando gilipuerteces, usando material de tercera mano y alimentando bulos funciona. Funciona porque tiene su público. Y como lo falso tiene su público, lo falso renta. Renta porque la gente lo compra encantada, como compran esos falsos lacostes que hacen pelotillas pero tienen el cocodrilo.

Pues eso.

A ver si nos aclaramos: seudónimo vs heterónimo

La gente se lía mucho. Un seudónimo es un nombre falso que suele usarse para ocultar una identidad. En artes, sobre todo en la escritura, se emplea en aquellos casos en que el autor escribe una obra que piensa que podría dañarle en su vida personal o social. Libros escabrosos se han escrito así. También se emplea para protegerse de represalias profesionales o condenas sociales. Y, desde luego, en nuestros días, hay algún personaje siniestro que lo utiliza para escribir artículos de prensa online sin dar la cara (cosa que a mi juicio debía estar prohibido: a nadie se le ocurre que alguien vaya a una tertulia televisiva encapuchado y se ponga a insultar y a denigrar a diestro y siniestro, por ejemplo).

Vamos, que el seudónimo, por razones comprensibles unas veces e ilegítimas otras es una pantalla, una máscara tras la que se oculta el autor de un artículo o una obra.

El heterónimo es un nombre distinto que usa de manera abierta una misma persona. Se emplea para deslindar entre la esfera pública y la personal, porque suena mejor o incluso por capricho. Hay una gran diferencia entre un nombre falso (seudónimo), que enmascara la identidad real de quien lo usa, y un nombre diferente (heterónimo) que usa alguien de manera abierta sin ocultar su identidad.

El que esto escribe emplea un heterónimo, León Arsenal, y no es ningún secreto justo porque es un heterónimo. Por eso me resulta pintoresca la manía de algunos de andar aireando junto con el heterónimo mi nombre legal. Es como decir que, aunque visto traje en actos formales por casa ando en chanclas. Es innecesario y a veces pueril. Como si yo fuera el primero al que se le ocurrió usar heterónimo. Pero en fin.

Ocurre que la gente usa seudónimo para todo, lo cual tampoco es tan grave porque las palabras cambian de significado y a veces adquieren un sentido amplio aparte del estricto. Lo chusco es que no entiendan la diferencia. Y que encima hagan la gracia de violentar la privacidad para la cual se inventaron los heterónimos. Privacidad no de ocultación, pero sí de uso de nombre en público.

Leyendo «Defender la democracia» de van Reybrouck.

No es de lejos la primera vez que llego a un libro a través de páginas que no son las especializadas en cultura. Es verdad que la mayoría de esas veces —pero no todas— ha sido a un ensayo. Tal es este caso. En estos días, diversos medios han dado espacio y entrevistas a David van Reybrouck, un autor belga que, a pesar o gracias a haber estudiado arqueología y filosofía, ha escrito un libro muy interesante sobre política apto para un ciudadano medio, como somos la mayoría en este tema.

contra-las-eleccionesLa verdad es que algunas de las entrevistas trasmitían una imagen bastante confusa sobre las posturas de van Reybrouck y uno podía sacar la impresión de que defiende fórmulas elitistas de democracia. Nada más lejos de la realidad sino que, al contrario, defiende una «democratización de la democracia», valga la redundancia. Pero a pesar de esas impresiones contradictorias, lo que en esas entrevistas se decía me llamó la atención lo bastante como para comprar el libro. Fue una buena inversión, va al grano y no se alarga en tonterías, y lo devoré en un viaje a Castellón de la Plana.

Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia, de van Reybrouck, está muy bien estructurado. Primero da una perspectiva histórica de los sistemas democráticos (entendidos estos aquellos donde al menos un segmento de la población votaba, porque el sufragio universal es un logro de nuestros tiempos) que se basaban, en mayor o menor medida, en la elección por sorteo de cargos públicos sobre un censo de ciudadanos. Comenzar así está bien porque hay algo en el ser humano que le empuja a buscar siempre antecedentes a todos. Hay como un horror, al menos en las ideas políticas, a lo totalmente nuevo. Hasta los anarquistas se buscaban a sí mismos, como antecedentes, a los anabaptistas del siglo XVI. Y, una vez que deja sentado que la democracia por sorteo ha existido en diversos siglos y tierras (también en España, en la Edad Media, en lugares de la Corona de Aragón sobre todo, pero también en algunos de la Corona de Castilla) y que esos sistemas han sido eficaces, estables y poco conflictivos, entra en tomate.

vanreybrouck_david2010_klein_400x400Lo que yo, como lector e interesado por la política valoro es la claridad del libro. Antes de nada, hace una radiografía de los problemas que aquejan a la Democracia Parlamentaria Representativa y que parecen comunes a la mayor parte de ellas en estos días: progresiva ineficacia, creciente conflictividad pública atizada por los medios de comunicación, aumento de la dispersión del voto y por tanto inestabilidad parlamentaria…

Después, hace una taxonomía de las diferentes alternativas posibles, en estos momentos, a la Democracia Parlamentaria Representativa (es decir, un régimen comunista o de corte fascista no parece hoy día viable como sustituto de la D.P.R.). Cada una de estas alternativas se justifica con una de las taras (reales) del sistema. Así, los Populismos señalan a los políticos como responsable de la mala calidad democrática, los partidarios de la Tecnocracia arremeten contra la defectuosa formación de electores y elegidos, etc. Tampoco vas a resumir el libro hasta el punto de hacer un spoiler. Léanlo.

jerezcampanadegraciafebrero1882Y luego el autor se lanza a explayarse sobre lo que él considera la alternativa mejor a la D.P.R.: la democracia deliberativa. La elección aleatoria de grupos de ciudadanos para que —bien asesorados y bien pagados, como los políticos de ahora—, se informen y debatan el tiempo fijado, sobre temas concretos, y después emitan su veredicto. Esos cuerpos electivos pueden serlo a varias vueltas, para permitir que se excuse quien no desee participar y para hacer un segundo sorteo corregido por sexos, edades, etc.

Sería una suerte de conscripción política que podría ir desde temas concretos a crear una verdadera cámara legislativa que genere las leyes por tal sistema.

Nos da los ejemplos de experiencias que ya han tenido lugar en varios países (Irlanda y Canadá entre ellos) y, desde luego, ha logrado volverme del revés mis esquemas. A mí sí. Al revés que algunas alternativas bastante tenebrosas, como los populismos, o naifs (¿naives?) como la democracia directa, la democracia deliberativa sí parece un modelo alternativo a la D.P.R. sin por eso eliminar la elección de ciertos cargos públicos por el método tradicional.

Eso sí. El autor, aunque mesurado, es un apóstol del sistema y no menciona los problemas que puede tener, que existen. Como digo, a mí me ha convencido. Pero, aunque no sea o no vaya a ser el caso, os recomiendo leerlo solo por el análisis y el planteamiento que hace de un sistema político que creemos muy evolucionado y a lo mejor no lo es tanto y que, desde luego, necesita correcciones y ajustes, no sea que si no acaben eclosionando en su interior los huevos de la serpiente y eso sí que será una verdadera catástrofe para casi todos.

 

Utilidades para organizaciones

La verdad es que la tecnología y las aplicaciones gratuitas están en verdadera explosión, más que eclosión en nuestros días. Hay muchas que se pueden usar con provecho en todo tipo de organizaciones públicas. Aquí os dejo unas pocas, que iré ampliando según vaya encontrando o con vuestras sugerencias.

 

Comunicación

Slack. Es una especie de superwhatsapp, permite formar grupos y dentro de los grupos canales, que serían como los chats de whatasapp. Permite colgar documentos, evitando la proliferación de mails.

La dirección es https://slack.com/ y para móvil se puede descargar en la tienda de apps correspondiente. Para android pincha aquí.

Slackcatchup. Para cuando se está en varios grupos de Slack. De momento en app solo disponible en app para windows phone. https://slackcatchup.com/

Protonmail. Servicio de email con sede en Suiza y sometido a las estrictas medidas de seguridad de la legislación de ese país. Los mensajes van de emisor a receptor encriptados, de forma que, si los dos usan protonmail, la única forma de interceptar el mensaje es meterse en el ordenador de uno. Más que útil.

La dirección https://mail.protonmail.com  y para android

Hangouts. Sistema de Google para comunicarse hasta 9 personas por videoconferencia, sin instalar nada. https://hangouts.google.com/ . A mi juicio, el método más sencillo es abrir una sala (iniciar videoconferencia) y enviar el enlace a todos los que vayan a participar, para que vayan entrando según lleguen. Llamar es solo recomendable a los que se conecten por móvil.

Duo. App de Google para videoconferencia entre dos personas. Tiene la ventaja de verse las caras, que es más humano. Usar solo con wifi. Duo

Manejo de la información

Pocket. Extensión para Chrome y app que permite guardar una página web para consultarla más adelante. Es útil usar etiquetas para luego moverse con facilidad entre las webs. Más información en su web https://getpocket.com

Multcloud. Muy útil web en la que podemos sincronizar todos nuestros discos duros en nube para tener todos los archivos a la vista y movernos entre ellos, y pasar documentos de uno a otro. https://www.multcloud.com

Evernote. Para capturar webs y generar notas y luego revisar sin conexión. https://evernote.com/

Lucidchart. Para generar diagramas de flujo, análisis DAFO, etc, con posibilidad de incluir al equipo para trabajar de manera colaborativa. https://www.lucidchart.com

Seguridad

Seecrypt. App para encriptar las llamadas, con este servicio instalado las llamadas van cifradas de móvil a móvil, haciendo imposible que se graben con un dispositivo cercano, como les ha ocurrido a tantos en política o en empresas (todavía no lo he probado). Lo incluyo porque hay para android y para Iphone, con lo que lo podríamos usar prácticamente todos. En android y en Iphone

Mega. Considerado uno de los servicios gratuitos de almacenamiento más seguro en Nube, al punto de que no guardan las contraseñas. https://mega.nz

Tweetdeleter. Para eliminar antiguos tweets de manera sencilla. https://www.tweetdeleter.com

Servicios integrados

Manageyum. Permite tener en un solo sitio n cuentas de gmail, n cuentas de outlook, google drive, slack. Muy útil para crearse un solo sitio para todo lo relacionado con la organización, de forma que que no interfiera en nuestra actividad cotidiana. Con la ventaja de estar disponible para Windows y Mac.  https://manageyum.com

Organización de Eventos

Meetup. App de gran éxito para convocar en abierto actos de todo tipo y reuniones. Esto fue usado (sigue siéndolo) por el movimiento 5 Estrellas italiano y es una forma de atraer a reuniones públicas a posibles interesados. https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meetup