Concilios Cadavéricos

La otra noche, zapeando, fui a caer en uno de esos programas a los que algunos definen como de telebasura política. Supongo que llevan bastante de razón por más que el apelativo sea duro. Pero lo cierto es que diversos tipos de programas de televisión —los deportes son otro ejemplo, al menos con cierto tipo de presentadores— han ido adoptando fórmulas propias del corazoneo, desde las disputas verdureras a gritos al hecho de que tertulianos e informantes estén al mismo nivel de protagonismo que los supuestos verdaderos protagonistas: los políticos en este caso. El caso es que la otra noche andaba por ese programa cierto juez portavoz de una de las asociaciones de su profesión. Reconozcamos que el tipo es ponderado de opiniones y mesurado de expresiones, que suele hablar con tino, aunque con cierta tendencia a justificarse y a atemperar con la «opinión pública». Pero lo cierto es que esa noche se prestó a un espectáculo absurdo y tenebroso. Ante grandes fotos de artistas del pasado —Gauguin, Picasso, Van Gogh— un presentador desgranó los delitos que se les atribuyen: desde la pederastia de Gauguin al mal comportamiento con las mujeres de Picasso. Y, en cada caso, le preguntaban al juez que pena se le habría impuesto al correspondiente artista de haber vivido ahora. Fue algo grotesco. Me trajo a la cabeza aquel Concilio Cadavérico en el que, en el año 897, el papa Esteban VI mandó desenterrar el cadáver del papa Formoso para someterlo a juicio póstumo. Una locura siniestra que hizo que un papa posterior decretase que no se podía juzgar a un muerto… algo que, por cierto, parece que algunos vuelven a poner en tela de juicio en estos días. No se puede juzgar a un muerto, no. Ni se pueda aplicar a las gentes de otras épocas nuestra perspectiva cultural. Un caníbal en ciertas islas polinesias del siglo XVIII no era más el que un individuo medio en esa sociedad, en aquel lugar y momento. En cambio, un caníbal en una sociedad europea actual es un ser patológico, ajeno a tal sociedad. Que alguien quiera juzgar a cierto poeta porque su esposa tenía 14 años en el momento de la boda, a comienzos del siglo XX, es una barbaridad. Y si encima se hace como espectáculo es un espectáculo esperpéntico propio del Gran Gignol. Y, como coloquialmente se dice, es de mentes enfermas.