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Madrid tiene fama de ser la única ciudad con una estatua al diablo, aunque en realidad es a Lucifer en el momento de, tras su rebelión y derrota, ser arrastrado al abismo y convertirse en demonio. Por eso está representado en forma de ángel y la obra se llama «El ángel caído».

Pero Madrid cuenta también con otra curiosa estatua de un ángel cayendo. Aunque esta es mucho más moderna y se titula en realidad «accidente aéreo». Está en el centro de la capital, en la confluencia de la calle de los Milaneses con Mayor y representa a un ángel que se desploma tras chocar contra alguno de los rascacielos de lo que hace años se convirtió ya en urbe enorme. Enorme al menos para lo que era Madrid en tiempos.

Se menciona a esta estatua en Los lugares secretos. Es de pasada y como ilustración de la estatuaria fabulosa que puebla los techos de Madrid y que tanta importancia tiene en la novela.

Ir a Los lugares de Los lugares secretos II. Esfinges en Madrid

Los lugares secretos, disponible en ebook en tienda amazon kindle

He tenido un pequeño pero curioso intercambio de correos electrónicos con una librería virtual. Curioso porque he tenido que demostrar que yo soy yo, y por tanto el titular de un libro mío que, libre de derechos, estoy a punto de poner a la venta en ebook.

Vaya por delante que la librería ha obrado como debiera. Para aquellos que no lo saben, León Arsenal no es mi nombre de pila (pila bautismal, lo cual no quiere decir que no sea mi nombre real. Es tan real mi alias de escritor como mi nombre de bautizo). Pero, como es lógico, si un señor sube el libro de en apariencia otro señor y pretende cobrar por ello, lo que hace un comerciante responsable es cercionarse de que hay alguna razón legítima para esa disparidad.

Satisfecho el trámite, el libro ha seguido su proceso y saldrá a la venta en unas horas, si no surge un incidente nuevo. Pero me he quedado con la copla, porque no me digan que no es curioso el suceso. Más porque en parte he podido demostrar que yo soy yo gracias a elementos que en el pasado lograron enfurecerme.

¿Cuáles? Pues por ejemplo la wikipedia. En el pasado, en algún momento, pusieron en la entrada correspondiente mi nombre de pila –insisto, León Arsenal es tan nombre real como el de pila o el apodo con el que me llaman todavía mis amigos de la juventud- y eso logró cabrearme. Me parecía una intromisión en la intimidad y de hecho a través de un amigo logré que se eliminase por un tiempo, justo invocando el derecho a la intimidad. Después volvió a aparecer porque el nombre de pila estaba referenciado en algunos periódicos y por tanto ya no podía acogerme yo a tal derecho.

Y mira por donde que esté ahí me ha venido –además de otros elementos- más que bien para probar el vínculo entre mi alias de escritor y mi nombre de pila. Y de ahí el título de la entrada. Así se explica uno que los superhéroes no estén en la seguridad social. Supongo que tampoco cobrarán pensión, al menos pensión de superhéroe. Y eso no está bien. Porque, después de todo, uno puede presentarse, por ejemplo, a elecciones políticas con su alias.

Sí, no se asombren. Yo mismo lo he hecho. Ese derecho a usar alias, sobrenombres y variantes en elecciones políticas en España es un resabio de nuestro pasado. De que durante años hubo gente en la clandestinidad –en tiempos de la dictadura del general Franco, claro- usando nombres falsos por seguridad. Por eso, una vez llegada la Democracia, se permitió concurrir a elecciones con los nombres por los que eran esos veteranos conocidos por sus conmilitones. O al menos, esa es la explicación que me dieron.

Pero no desvariemos. Quería contarles la anécdota y ya lo he hecho. Y de paso, siguiendo las normas más básica de lo que ahora se llama Social Media, he aprovechado para dejar caer de forma nada agresiva que estoy a punto de sacar un libro en ebook. ¿Cuál? En unas horas lo comento, si algún contratiempo técnico no lo retrasa.

brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Si nos ceñimos a la novela histórica, hay épocas de las que sabemos poco o muy poco. Sobre otras disponemos de documentación más que de sobra. Y esto segundo puede llegar a ser un problema. Dos problemas, de hecho.

El primero de tales es que, si hay mucha información, corremos el riesgo de pasar por alto datos claves. Me explico con un ejemplo. Cuando me lancé a escribir La boca del Nilo lo tuve fácil en ese sentido. De esa expedición fabulosa no guardamos más que dos pasajes breves de Séneca y Plinio el Viejo que además apuntan en direcciones distintas. Siendo así, podía inventarme itinerarios, sucesos, protagonistas. Y al tiempo andaba también un poco en guardia al principio.

Imaginen que me hubiese confundido. Que en algún documento por mí ignorado constasen pormenores de aquella expedición. Nombres, hechos. Y yo inventándomelo todo. Vaya ridículo más espantoso.

Hay que cerciorarse. Y debiéramos hacerlo no solo los escritores sino aquellos que se lanzan a comentarios públicos. Recuerdo una crítica en red sobre esa misma La boca del Nilo. La hacía alguien que, además, creo recordar que se presentaba como profesor de historia. Se quejaba –sin acritud, todo hay que decirlo- de algunos elementos según él demasiado imaginativos para una novela histórica. Citaba en concreto al vexilum, el estandarte que presento como insignia de esa expedición.

Una Victoria sobre un globo terráqueo, enarbolando en una mano una rama de laurel y en la otra una de olivo; símbolos respectivamente del triunfo y la paz. Y el comentarista se quejaba de que le resultaba un detalle irreal, habida cuenta de que en esa época no se sabía que la Tierra era redonda (sic).

Me inventé aquel estandarte, es cierto. Pero es calco de uno real, romano y justamente encontrado en una excavación en Egipto. En él sí que aparece un globo terráqueo. Un profesor de historia debiera saber que los romanos y los griegos sabían que la Tierra era redonda. De hecho, realizaron experimentos para tratar de medir el diámetro terrestre.

En fin. El segundo problema, cuanto disponemos de mucha documentación, es cómo dosificar esa información en la novela. Meter datos y curiosidades siempre resulta goloso, a riesgo de trabar la narración. A todos alguna vez se nos ha ido la mano, tanto de más como de menos, en tal aspecto.

El mejor consejo que puedo dar, ante esta tesitura, es el de que, si disponemos de mucha información, pensemos qué queremos contar. Si en la anterior entrada del blog invitaba a preguntase si tal o cual dato daban valor añadido a la historia, ahora hablo de ser más proactivos. De buscar qué elementos ofrecen ese valor añadido.

Si pretendemos escribir una novela de tipo más «historicista» habrá que hacer malabares con datos puramente históricos, con todo el riesgo que eso conlleva. Si nos importa más una buena ambientación, dar sabor y ambiente, busquemos esos detalles que, bien situados y sin empalagar, trasmitan exotismo al lector. Si estamos más interesados en presentar psicologías, mentalidades de otras épocas, busquemos anécdotas, actitudes que hagan vivo el retrato de unos personajes de tiempos pasados.

Y, además, recomiendo dar a leer el manuscrito a buenos amigos. De los que no tienen pelos en la lengua y nos van a señalar faltas o excesos que, por estar volcados a la novela, puede que hayamos acabado por pasar por alto. Eso vale oro y ayuda muchas veces a limpiar a las novelas históricas de algunos excesos de información.

Enlaces relacionados: Narrativa histórica y fantástica. Introducir y dosificar la información I

Vivimos una era de los milagros, de las maravillas, gracias a la Nube. Uno tiene a veces la impresión de que las posibilidades en interrelación, comunicación, información se están multiplicando exponencialmente cada muy corto tiempo. He tomado la sana costumbre de consultar n sitios que a su vez me conducen de continuo a otros sitios y as´.

De esa forma he llegado a este lugar: smarthistory.khnacademy.org, dedicado en plan muy serio a la Historia del Arte. Os invito a visitarlo. Esto ya son palabras mayores.

Vía MediaMusea y El dado de Arte

Cómo introducir y dosificar la información no son problemas exclusivos de las narrativas histórica y fantástica, ni de lejos. Pero sí es cierto que, en ellas, esos problemas son más acusados que en otros géneros. En el caso de la histórica porque trasladamos al lector a un tiempo pasado, a veces remoto y alejando de nuestros esquemas mentales y experiencias cotidianas. En el del fantástico porque le llevamos hasta un mundo imaginario, sea de fantasía o de ciencia-ficción, con sus propias reglas, paisajes y sociedades inventadas.

En ambos casos, es preciso reunir material sobre el marco geográfico, político, social en el que se va a desarrollar la narración. En histórica se bucea en la documentación que existe sobre la época, lugar y personajes elegidos. En el fantástico se elabora todo a golpe de imaginación, aunque, si se quieren hacer bien las cosas, es preciso que el universo creado tenga una coherencia interna.

Una vez que se dispone de ese material, hay que decidir qué tipo de novela vamos a escribir. Porque hay autores que de forma voluntaria entierran a sus lectores en detalles y pormenores. Y es que hay un público para ello. Por ejemplo, en la histórica, hay quienes, cuando compran una novela ambientada en la Roma clásica, es eso justo lo que buscan. Leer por enésima vez la fórmula del garum, cómo se dobla una toga o qué elementos –enumerados uno a uno- componían el equipo de campaña de los legionarios de Mario.

En esos libros se ofrece y se busca la superabundancia de detalles. Y no importa que se les califique de subliteratura. Eso, a los que la demandan, les tiene sin cuidado. Y a los que la escriben menos. Si hay demanda, hay oferta.

Pero esos son casos extremos. Por ceñirnos a lo general, nos encontramos con que la introducción errada de datos, el abuso de los mismos o el escatimarlos pueden dañar a una novela histórica o fantástica. A la manera de la sal, tanto el exceso como el defecto pueden arruinar el plato.

No existe «la solución» a estas encrucijadas. Cada autor ha de encontrar sus propias salidas. Tampoco existen gustos homogéneos entre los lectores, por suerte, y los recursos que a unos les encandilan a otros les llenan de irritación contra el autor.

Pero, aun no existiendo «la solución» si que existen consejos muy sabios, como uno que a mí me dieron en tiempos y que ahora les paso aquí, a la manera de moneda que va de mano en mano. Antes de introducir un detalle –sea una costumbre en la mesa, la descripción de unos ropajes, una digresión sobre un personaje histórico o un gadget futurista- es prudente hacerse una pregunta. ¿Da algún valor añadido a la narración? Esa es la clave. Si no se lo da, entonces fuera. Está de más. La regla de oro es que lo que no suma resta.

Es obligado matizar que eso del valor añadido puede ser de muy distintas clases. Incluso el de introducir un paréntesis, un hiato, hacer descansar de un ritmo demasiado endiablado. Así que ojo también con escatimar, que hay muchos tipos de valor añadido en la narración.

Y a partir de ahí, sazonamos la narración con esos detalles. Claro que entonces esa sazón va a ser distinta, según dispongamos de mucha información o andemos justos de ella. Pero eso ya lo dejaremos para una siguiente entrega, para no alargar demasiado esta.

Sigue en Narrativa histórica y fantástica. Introducir y dosificar la información II

Aros de oro

¿Cuántas veces me harán preguntado por qué llevo un aro de oro en la oreja izquierda? En muchas ocasiones, mi interlocutor ya había elaborado él mismo una respuesta. La de que me lo puse en mis tiempos de marino mercante como se supone que manda la tradición. Me temo que se equivocan.

Es cierto que comencé a usarlo en aquellos años, sí. En concreto, me perforé el lóbulo de la oreja en una escala en Valparaíso. Pero no fue para conmemorar el cruce del Cabo de Hornos, entre otras cosas porque jamás lo crucé. Además, eso de que el aro es una distinción que lucían aquellos que realizaban tal cruce es una elaboración a posteriori. Los marinos gastaban pendientes de oro mucho antes de que se acuñase esa historia, o esa otra que dice que el aro señala el paso por tres puntos tempestuosos: Hornos, Buena Esperanza y el estrecho de Torres.

Me lo puse en mis tiempos de marino pero no por ser marino. Nunca fui muy dado a atrezzos identitarios de ninguna clase. Me coloqué aro y lo sigo usando porque es una especie de anclaje simbólico.

Verán. De entre las varias explicaciones que se dan sobre el origen de los aros, hay una que me fascinó. Es esa que lo atribuye a la condición de los marinos de forasteros en costas extrañas. A que usaban pendientes porque, si naufragaban y se ahogaban, en caso de que la mar tuviese a bien arrojar sus cadáveres a la costa, el oro seguiría en sus orejas. Así se aseguraban de que, con ese oro, los lugareños podrían pagarles honras fúnebres.

Sea o no verdad, me encantó. Fue eso lo que hizo que me lo colocase un día ya muy lejano. Mucho tiempo después, pero hace ya años, cuando le comenté a un tendero de la calle Corrientes, en Buenos Aires, que era forastero de paso, él me contestó: «amigo, en este mundo todos estamos de paso». Es muy cierto. Por eso a mí me gusta, cuando me miro en el espejo, ver este aro de oreja y recordarlo.

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