Conversaciones con Rómulo Augústulo

Con motivo del I día de la Romanidad, aquí os dejo una ficción sobre una entrevista realizada por un imposible dominical al ex emperador Rómulo Augustulo, ya en su vejez y retirado lejos de todo.
Siglo VI d.C.
Muchos políticos mediocres desaparecen de escena para, años después, reaparecer con un aura de solvencia y veteranía que les permite pontificar sobre la política actual con una autoridad que no tuvieron a la hora de gestionar la de su tiempo. Eso en algunos casos es simple impostura, pero en otros es bagaje real ganado con el paso de los años.
                Rómulo Augústulo, último emperador romano, fue un pobre títere sin poder real. Pasó de manera fugaz por el trono imperial y desapareció tras su derrocamiento. Supongamos que no fue eliminado y que, décadas más tarde, un magazine semanal le localizó. Esta sería la larga entrevista que le habrían realizado para esa publicación.
                En realidad, habría sido en varias sesiones y de ahí el plural conversaciones. Se habrían efectuado en la residencia del otrora emperador, en Campania, lejos de todo centro político.
                La entrevista habría tenido lugar en el otoño del 536 d.C. y su interés radicaría en las reflexiones del anciano, hechas mucho tiempo después, sobre su época y los sucesos que le tocaron vivir.
Advertimos que el estilo es reposado, con cierta intención literaria, como era muy común en este tipo de entrevistas publicadas por escrito en medios de solera.

Si un nombre es conocido en todo Occidente, aún en la cabaña de carboneros más humilde y remota, ese es el de Flavio Rómulo Augusto. No hay rey bárbaro ni emperador de Oriente cuya fama pueda rivalizar con la suya. Rústicos o urbanos, poderosos o humildes, todos saben quién es, pese a que hacía más de medio siglo que no se tenían noticias sobre él. Pero, ¿quién podría olvidar que Flavio Rómulo Augusto, más conocido como Rómulo Augústulo, fue el último emperador del imperio de Occidente?
Sin embargo, como ya hemos dicho, durante sesenta años nada se ha sabido de él. En todo ese tiempo, nadie fue capaz dar noticia cierta sobre su paradero; sobre qué destino corrió o si estaba vivo todavía. No pocos apoyaban incluso la tesis de que fue eliminado con discreción por Odoacro, al poco de su destronamiento.
No entraré en detalles sobre cómo llegué al convencimiento de que Rómulo Augústulo seguía vivo. Tampoco voy a desvelar cómo conseguí averiguar su paradero. Todo eso pertenece al secreto profesional. Sí puedo decir que no fue fácil obtener una entrevista y que solo tras innumerables gestiones y tras vencer no pocas reticencias del antiguo emperador y de sus cercanos, accedió aquel a recibirme en su residencia. Digo todo esto porque la entrevista es el resultado de una larga negociación y de unos pactos que, por supuesto, este periodista y esta publicación van a respetar de manera escrupulosa. También es obligado recalcar que, al margen de las cuestiones que pudieran afectar a su seguridad personal, Rómulo Augústulo habló sin tapujos y sin soslayar temas espinosos.
El encuentro con el otrora emperador romano me causó un gran impacto, una viva impresión que quisiera trasmitir a los lectores. La imagen que tenemos del último emperador es la de un niño cubierto de púrpuras. Una estampa radicalmente distinta a la del añoso terrateniente que me recibió en sus predios. Un anciano que allí, entre sus sembrados y viñedos, resultaba la viva encarnación de la dignidad de la vejez.
Rómulo Augústulo tiene ya más de setenta años y el paso del tiempo le ha convertido en un anciano delgado, con una poblada barba blanca que le da aspecto de filósofo. A todos nuestros encuentros acudió vestido como ropas blancas de poco adorno, como corresponde a un señor rural romano. También sus gestos y su forma de expresarse son sencillos, lo que le confiere una mayor dignidad. Podría decirse que el antiguo emperador, retirado en la campiña, ha ido madurando como sus uvas, gracias al estudio de su biblioteca y a la administración de sus propiedades.
Su personalidad es tranquila a la par que poderosa y, desde las primeras frases, marcó el ritmo de la entrevista hasta el extremo de que me vi obligado a replantearme el enfoque de la misma, así como algunas preguntas, y eso es algo que me ha ocurrido pocas veces a la largo de mi carrera profesional.
De entrada, rechaza el tratamiento de gloriosissimus con el que le saludé, y lo hace con la sonrisa de un patriarca venerable y las palabras de un sabio.
Rómulo Augústulo. Ese título está ligado a una muy alta dignidad que yo ya no ostento. No soy más que un propietario rural de la Campania. Ilustris es suficiente para mí e incluso eso a veces me da la impresión de venirme grande.
Pregunta. Ya que hablamos de eso, ¿con qué nombre le gustaría pasar a la posteridad? ¿Con el de Flavio Rómulo Augústulo o como Rómulo Augústulo?
R.A. Me da completamente igual. Que esa posteridad decida. Lo cierto es que no me molesta el sobrenombre de Augústulo. En el fondo, hace justicia a lo que fui: un niño elevado a la dignidad imperial por la voluntad de otros.

  1. En todo caso, usted fue el último emperador de Roma. No son pocos los que opinan que, si está vivo, puesto que no fue sustituido por ningún otro, todavía sigue siendo el legítimo emperador.

Descarta esa cuestión con un manotazo y una sonrisa benévola.
R.A. ¡Por Dios! Esos no son más que tecnicismos. Juegos de lógica jurídica para cortesanos y legistas, sin utilidad real alguna. Toda esa dialéctica legitimista carece de importancia.

  1. No la tendría hasta hace muy poco. Pero ahora quizá si la tenga.

En vez de contestar, Rómulo Augústulo me mira con algo así como una perplejidad educada. Me veo por tanto obligado a aclarar.

  1. P. El general Belisario conquistó el año pasado Sicilia y ha desembarcado este mismo año aquí, en la Península Itálica. Ya ha conquistado la mitad sur, incluida esta región en la que nos hallamos. En estos momentos, su ejército marcha sobre Roma y son pocos los que dudan de que la Urbe caerá en su poder. Si eso llega a suceder, ¿pedirá al emperador Justiniano que le reponga en el trono y que le entregue las provincias occidentales reconquistadas?

Mi anfitrión vuelve a sonreír. Lo hace casi como un abuelo ante la pregunta cándida de un nieto. Con un ademán, me invita a sentarme a una mesita sobre la que reposan dos copas, así como jarras de vino y agua. Me comenta que ese vino es cosecha de sus propias viñas. No se me escapa la presencia de bucelarios armados hasta los dientes que se mantienen cerca, sin perder nunca de vista a su patrón. No cabe duda de que Rómulo Augústulo es un hombre precavido. Sirve él mismo a pesar de mis protestas. Bebe con calma y solo tras dejar la copa sobre la mesa y secarse con esmero la barba, responde.
R.A. No está en mi ánimo hacer algo así y tengo mis motivos. El primero es que no albergo ningún deseo de volver a ser emperador. Es más: nunca quise ser emperador. Fue mi padre, que en paz descanse, el que me colocó en ese cargo siendo yo un niño de solo doce años. No tenía interés en ese trono entonces y mucho menos lo tengo ahora. Soy anciano y solo deseo pasar tranquilo mis últimos años.
»No fui más que un instrumento al servicio de las ambiciones de los demás. Créame cuando le digo que no añoro esa época de mi vida. Era un monigote que ocupaba el trono. Recibía los homenajes y encabezaba las ceremonias, pero las decisiones las tomaban otros.
Hace una pausa reflexiva y me siento obligado a animarle a proseguir.

  1. Ha hablado de motivos, en plural. Ese es uno. ¿Cuáles serían los otros?

R.A. La certeza de que Justiniano no tiene ninguna intención de restaurar el Imperio de Occidente. Lo que busca es recomponer el imperio pero unido bajo un único emperador, el de Oriente. Su plan es liquidar el diseño imperial de Diocleciano y esta invasión es algo más que una guerra más. Vivimos una revolución, un cambio en el orden romano.

  1. Son afirmaciones muy drásticas.

R.A. Pero que se corresponde con la realidad. Este nuevo orden romano se diseñó hace tiempo. Un único imperio y un único emperador. Es un plan que lleva en marcha desde hace varias generaciones y que se ha ido ejecutando paso a paso. De hecho, estoy convencido de que uno de tales pasos fue el permitir o incluso el incitar a la extinción de la dignidad imperial de Occidente.
Reconozco que aseveraciones tan categóricas logran desconcertarme. Ahora soy yo el que bebe, en mi caso para ordenar mis ideas.

  1. Es un enfoque de la situación que vivimos… sorprendente. ¿Quiere decir que Odoacro no fue más que un comparsa del imperio de Oriente?

La mirada que ahora me dedicas es de diversión, aunque amable. Vuelve a beber con calma, de forma que nuestra conversación fluye de manera tan sosegada pero poderosa como el Nilo.
R.A. Yo no diría tanto como comparsa. Convidado a banquete ajeno o, si prefiere otro símil, pieza menor en el juego de terceros.
Vuelve a beber. Sin duda se ha dado cuenta de las reservas con las que he acogido esa afirmación, porque se explaya tras volver a secarse la barba.
R.A. Durante estas décadas, he tenido ocasión de estudiar las crónicas que de tiempos pasados nos han llegado. También muchos documentos privados que mis agentes han ido recopilando para mí aquí y allá. Para conocer la verdadera historia, hay que acudir a las fuentes, ya que los hombres tienen la costumbre de falsear su pasado, sea para magnificarlo o para ocultarlo.
»Es tranquilizador el mito de que el Imperio de Occidente fue sucumbiendo de forma paulatina y durante siglos bajo el embate de los pueblos bárbaros. Sin embargo es falso, por mucho que a fuerza de repetirlo la gente haya acabado por creerlo. Porque lo cierto es que fuimos nosotros, los romanos, los que acabamos con el imperio.
Se inclina hacia adelante y abandona en parte su sosiego para acompañar sus palabras de ademanes expresivos.
R.A. El emperador Diocleciano dividió hace tres siglos el imperio porque se había vuelto demasiado grande para un único poder centralizado. Su idea no era tanto la de crear dos entidades independientes como que Oriente y Occidente fuesen como las dos mitades de un mismo cuerpo. Y funcionó bastante bien durante largo tiempo. Luego, las distintas dinámicas a las que estaban sometidos ambos imperios llevaron a que cada uno viviese una evolución muy diferente. El de Oriente se fortaleció y cristalizó, en tanto que el de Occidente entró en una paulatina decadencia.
Bebe y sonríe como pensativo.
R.A. La decadencia fue moral y esta a su vez precipitó la material. Las élites dominantes dejaron de creer en el imperio como un objetivo superior y pasaron a considerarlo una gran finca en la que saciar su sed de poder y riquezas. Nuestros soldados, a su vez, dejaron de ser leales a Roma para serlo a sus propios generales, y eso nos llevó a una espiral de conjuras, levantamientos y guerras civiles.
»Los bárbaros no nos arrebataron Britania, las Galias o las Hispanias. Esa es la mentira que después acuñamos para ocultar nuestra vergüenza. Fueron los sucesivos usurpadores los causantes de tales pérdidas: generales sin escrúpulos, ávidos de coronarse emperadores, que retiraban las tropas bajo su mando para marchar sobre Roma. Para conquistar el trono, no dudaron en desguarnecer las provincias. Y por esas fronteras desprotegidas fueron entrando los bárbaros. Así ocuparon de forma sucesiva nuestras mejores tierras y así quedó el imperio al final reducido a un triste resto. Pero lo cierto es que, a pesar de algún desastre como el de Adrianópolis, las legiones de Roma siempre vencieron en todas sus guerras contra los bárbaros y estos no pudieron arrebatarle ninguna de sus provincias por la fuerza.

  1. Pero ¿qué tiene que ver eso con el imperio de Oriente?

R.A. En su etapa final, Roma no era más que una farsa política. Cierto que conservaba su prestigio y su aureola. Aún lo conserva. Los habitantes de las antiguas provincias se consideran a ellos mismos ciudadanos romanos, se rigen por las leyes de Roma y tienen a esta como su referente máximo. Pero los últimos emperadores no eran, no éramos, nada. Juguetes en manos de generales, burócratas y jefes bárbaros. Los mismos emperadores de Oriente hacía tiempo ya que habían dejado de tratar a los de Occidente como a sus iguales. Los trataban como a subordinados, en el mejor de los casos. Doy fe de ello, porque hablo de primera mano.

  1. Es una visión muy amarga.

R.A. ¿Amarga? No, yo no guardo ningún rencor contra Oriente. No culpo a sus emperadores por el trato que me dispensaron en su día a través de sus misivas y sus mensajeros. Su desdén nos lo habíamos ganado a pulso con nuestras luchas intestinas. Cuando me colocaron en el trono tras la enésima conjura, el imperio de Occidente solo abarcaba parte de Italia bajo mi mando teórico, y Dalmacia e Iliria, bajo el de mi antecesor, Julio Nepote. Un triste resto de imperio e incluso eso dividido.
»Era la consecuencia de siglos de ambiciones personales y deslealtades públicas. Ante esa debacle imparable, el imperio de Oriente optó por tratar de salvar lo que se pudiera. Y, para lograr eso, el Imperio de Occidente sobraba. Así de claro.

  1. ¿Existe alguna prueba de eso?

R.A. ¿Pruebas documentales? No, por supuesto. Los hechos hablan por ellos solos. No bien quedó liquidado el imperio con mi derrocamiento, el emperador de Oriente pactó con una serie de reyes bárbaros su subordinación nominal a Constantinopla. Por ejemplo, cuando los ostrogodos quitaron de en medio a Odoacro y a sus hérulos, estos y Bizancio acordaron la creación de la Prefectura Italiana y luego, a través de esos mismos ostrogodos, la Prefectura Hispana. ¿Qué más pruebas necesita de que el fin del imperio contaba con el beneplácito de los emperadores orientales?

  1. Pero usted mismo lo ha dicho, ilustris. La subordinación era nominal.

R.A. Sé a dónde quiere ir a parar y le insisto en que está en un error. Ahí se equivocaron muchos. Creyeron que todo ese apaño de que los reyes bárbaros reconociesen la superioridad del emperador de Oriente era una pura farsa. Una forma de salvar la cara ante la opinión pública. Se equivocan.
Bebe de nuevo con parsimonia.
R.A. ¿Qué era lo que más deseaban los emperadores orientales de las provincias occidentales? No era el dominio efectivo, se lo aseguro. Ellos buscaban asegurar la continuidad del orden romano. ¿Por qué? Porque ese orden significa materias primas y manufacturas, libre tránsito de mercancías, comercio y un mercado único y enorme de productos, personas e ideas. Eso es el imperio.
»El mayor desastre no ha sido el cambio de gobernantes. Ha sido la erupción de reinos al margen del orden romano. Ahí tiene a los francos. Son buen ejemplo. Divididos en una serie de reinos inestables y a menudo en guerra entre ellos. Eso supone fronteras, conflicto, inseguridad en los caminos, destrucción de cosechas. El desastre.
»Puestos ante lo inevitable, los emperadores de Oriente optaron por dar su respaldo a ciertos reyes bárbaros. Una patina de legalidad a cambio de la pervivencia del orden romano. A todos les convenía, al menos en aquel momento.

  1. ¿Cómo se conjuga esa teoría con la actual guerra que enfrenta al Oriente con los nuevos reinos bárbaros?

R.A. Se conjuga a la perfección. Vivimos un conflicto global en todo el Mediterráneo Occidental que no es sino la evolución lógica del diseño que acabo de exponerle. Se dice que los aliados de hoy son los futuros enemigos. Ese status quo no podía durar. Los reyes bárbaros se han creído lo bastante fuertes como para sacudirse la subordinación formal a Constantinopla sin sufrir consecuencias. Además, se han dedicado a luchar entre ellos y eso ha dañado al comercio. Si a eso le suma que en Oriente reina ahora Justiniano, que está apoyado por los partidarios de recuperar el control efectivo de las provincias de Occidente, el conflicto era inevitable.
»Las tropas imperiales han reconquistado Cartago y África, combaten contra los visigodos en Hispania y aquí, en Italia, no tardarán en liquidar a los ostrogodos.

  1. Justo de eso iba a hablarle. El reino vándalo de Cartago no entraba en la categoría de los «subordinados».

R.A. Tengo la sospecha de que los vándalos eran el objetivo primario de Justiniano y de que todo lo demás ha venido dado.

  1. ¿Dado? ¿En qué sentido?

R.A. La ocupación de Hispania ha sido accidental, sobrevenida. Los visigodos están en guerra civil y parece que han adoptado los malos hábitos de los romanos. El aspirante al trono, Atanagildo, ha sido tan incauto como para pedir ayuda al imperio de Oriente en su lucha contra el rey Agila. Las tropas de Justiniano ocupan ya parte del sur y levante de Hispania. Y, aunque apoyan a Atanagildo, en el fondo les da igual quién gane. Para ellos, cuanto más dure la guerra mejor. Más territorio podrán ir ocupando. Porque están ahí para quedarse.
Rellena su copa. Bebe.
R.A. En cuanto a los ostrogodos, ellos se lo han buscado. Podían haberse quedado al margen de todo este conflicto, pero cometieron el error de infravalorar el poder de Constantinopla y de sobrevalorar el suyo propio.

  1. Así pues, su teoría es que todo esto es algo muy bien planificado, aunque luego haya crecido.

R.A. No me cabe la menor duda. Como le he dicho, los emperadores de Oriente consideran vital el mantenimiento del orden romano en Occidente y, por supuesto, han previsto cualquier contingencia. Y entre sus planes estaba en devolver a la romanidad a la provincia de Cartago. Luego, las circunstancias han hecho lo demás.

  1. Vayamos entonces a una escala menor y, si le parece, podemos centrarnos en la Península Itálica. El general Belisario, tras apoderarse de Sicilia, desembarcó aquí este mismo año y ya ha conquistado la mitad sur en una campaña fulgurante. Según las noticias que tiene mi periódico, en estos momentos marcha sobre Roma con intención de conquistarla. ¿Qué opina que ocurrirá?

R.A. Si se refiere a si creo que Belisario tomará Roma, la respuesta es sí. No tengo ninguna duda de ello. Creo que el rey Teodato minusvaloró el poder militar y la decisión de Belisario, y ahora está pagando las consecuencias de ese error. Se dejó engañar por los problemas que estaban sufriendo los ejércitos imperiales en África y Dacia. La falta de visión ha sido una constante en Teodato. Es un hombre muy calculador que, sin embargo, tiende a confundir sus propios deseos con la realidad. Eso es algo que ya le puso en aprietos en el pasado y sin duda le pondrá en el futuro. Si es que Teodato y el reino de los ostrogodos tienen algún futuro, claro.

  1. Más allá del destino concreto del rey ostrogodo, esto sin duda es un vuelco completo en la situación.

R.A. Yo opino justo lo contrario. Ocurra lo que ocurra, gane quien gane, nada cambiará o cambiará muy poco.
Reconozco que esa afirmación hizo que le mirase incrédulo. No importa que un entrevistador deba mostrarse neutro ni mi veteranía en estas lides. Esa aseveración me dejó atónito. Consciente de ello, Rómulo Augústulo se limitó a mirarme a su vez con placidez y, tras invitarme a beber de mi copa, él mismo dio un sorbo de la suya.
R.A. ¿Le sorprende? Es la realidad desnuda. Lo más probable es que Belisario arrolle a los ostrogodos y los arrincone en el norte, si es que no les destruye por completo. Pero eso no va a significar una verdadera revolución. Solo supondrá un cambio de jefatura. Esto no es una revolución sino una pugna por el poder dentro del sistema.
»Puede que para los habitantes de las ciudades se genere la ilusión de un orden nuevo y, en efecto, no niego que vaya a haber algunos cambios superficiales. Pero nuestro mundo es, desde hace siglos, eminentemente rural. Para nosotros, los terratenientes, el resultado de esta guerra, sea cual sea, solo supondrá un relevo en las élites gobernantes y por tanto, en los funcionarios concretos con los que tenemos que relacionarnos. Para los campesinos ni eso. Todo seguirá igual para ellos, igual que cuando mandaban los ostrogodos, igual que cuando estos mantenían la ficción de ser subordinados del emperador de Oriente, igual que cuando había un emperador en Roma.

  1. La afirmación de que todo seguirá igual para los terratenientes ¿vale también para usted? Porque usted no es uno más.

Sonríe.
R.A. No soy el más poderoso ni el más rico ni, por supuesto, el mejor relacionado. Pero sí, tiene razón: no soy un terrateniente más. Sin embargo, espero que el cambio en las élites gobernantes no me afecte en absoluto o, al menos, no más que a mis iguales.
»Durante todos estos años, Constantinopla ha sabido tras qué identidad me ocultaba y dónde me escondía. Los orientales cuentan con unos servicios de información excelentes. Y también con agentes de otro tipo, más expeditivos e igual de excelentes. Si nadie me ha molestado en todos estos años, no creo que ahora que solo soy un viejo al que le queda poco de vida vayan a hacerlo.

  1. De sus palabras, entiendo que hubo una época en que temía por su vida.

R.A. Por supuesto. Para serle sincero, los primeros tiempos los pasé aterrorizado. El golpe palaciego de Odoacro que me expulsó del trono causó la muerte de mi padre, de quien yo no era más que una marioneta, y mi confinamiento en un castillo. Aunque los hombres de Odoacro siempre me trataron bien, yo vivía lleno de miedo. En cualquier momento podía llegar la orden de hacerme matar. Y luego, aquí, en estas tierras, durante largos años estuve esperando la llegada de los asesinos de Oriente. Cada vez que se producía un cambio de emperador en Constantinopla, reverdecían mis temores, porque ese nuevo emperador podía cambiar de política hacía mí.

  1. Pero no fue así. Ya ha dejado claro que no tiene ningún interés en reclamar al imperio de Oriente su reposición en el trono romano. Pero, ¿y si Justiniano le ofreciese algún alto cargo? Es usted el último emperador y su simple presencia podría aportar algo de legitimidad a la conquista de Italia por parte del imperio oriental.

R.A. No creo que eso ocurra, aunque no le falta razón a su argumento. Si una oferta así llegase, que ya le digo que no lo creo nada probable, yo no aceptaría.

  1. Fabulemos. Supongamos que Justiniano le ofreciese volver a ser emperador en un renacido Imperio Romano de Occidente.

R.A. Declinaría tal honor. Créame. Llevo retirado en estas tierras casi cincuenta años. Aquí me siento seguro. Administro mis bienes, imparto justicia entre mis colonos y mis siervos. Mi ejército son mis bucelarios y le puedo jurar que me son más leales de lo que en los últimos siglos lo ha sido ningún ejército romano a su emperador. Aquí, como amo y señor de estos campos, tengo más poder del que nunca tuve como emperador o del que tendría si me aviniese a volver a serlo.
Bebe esta vez con largueza, como si reflexionase. Luego apostilla.
R.A. Hace mucho ocupé el trono de Roma sin que mi voluntad contase para nada. Siendo solo un niño, me convertí en el monigote de mi padre. Ahora, ya anciano, no volvería a sentarme en ese trono para ser el hombre de paja de Justiniano. En su día no tuve elección, pero ahora sí la tendría. Solo deseo pasar los años que me quedan aquí, ocupado en las tareas agrícolas y en mi biblioteca. Quiero morir como he vivido, lejos de la política. Y la historia… –sonríe distante-. Mire, la historia que cuente de mí lo que a los hombres les venga en gana. Yo no estaré ahí para escucharlo.

© León Arsenal, 2018. Queda prohibida cualquier reproducción total o parcial de este texto.


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