Pero qué grande es el amor…

Pero qué grande es el amorTomaba anoche una copa conmigo mismo. No soy de los que salen a deambular a solas por las barras de los bares, pero ahí tengo el pub de toda la vida, donde me conocen y saben cómo me gustan las copas, donde me puedo sentar en la penumbra y perderme en mis pensamientos sin sentirme un colgado de bar. Y anoche andaba dándole vueltas en la cabeza a mis asuntos cuando de repente tuve que salir de lo mío para fijarme en la pareja que estaba sentada en la mesa justo frente a la mía. Rondarían los dos los cuarenta y no eran ni guapos ni feos sino dos personas normales que hablaban cara a cara, separados por una mesa de ni tres palmos de ancho y con cervezas de por medio. Estarían a un par de metros de mí, pero no sé de qué hablaban y, desde luego, no es relevante para esta historia. De hecho, creo que tampoco lo era para ellos porque era obvio que estaban en pleno cortejo. Al menos era obvio para cualquier observador que haya rodado un poquito por la vida. Yo podía verles muy bien y sin necesidad de tener que espiarles de reojo, porque da la casualidad de que se jugaba un partido entre el Español y el Bilbao, y ellos estaban justo en línea con la pantalla del fondo. Así que yo podía mirar directamente, en teoría a la pantalla, y observarlos sin llamar la atención. Como ocurre muchas veces en casos semejantes, era él quien llevaba el peso de la conversación y, además, remarcaba lo que decía —lo que fuese— con gestos cargados de énfasis. Y ella estaba ahí, al otro lado de la mesa, oyéndole supongo que sin oírle. En el fondo pendiente de él, mirándole fijamente y sin desviar los ojos. Esa se supone que es una señal que todos entienden. Se supone. La verdad es que su actitud era la de dos adolescentes. Insisto en que frisarían los dos los cuarenta. Pero claro, en estas situaciones ya se sabe… De forma lenta, ambos iban acercando las cabezas por encima de esa mesa, afortunadamente pequeña. Pero siempre, al llegar a poco más de un palmo de distancia, él retrocedía con brusquedad y, para enmascararlo, hablaba con redoblado ímpetu. Le podían esos miedos de los que nadie está a salvo. Y luego la aproximación volvía a comenzar para, inevitablemente, frustrarse por parte de él en el último momento. Pero si las señales eran claras. Aunque, claro, uno lo ve siempre todo muy claro cuando está en la barrera. Cuando se encuentra en la arena, metido en harina, las cosas a menudo no parecen tan obvias. Lo admito, lo entiendo. Pero eso no quita para que el tío ese me estuviese ya poniendo negro con tanta indecisión. Viéndole ahí, abortando el salto una y otra vez, como piloto de avión que remonta porque hay demasiado viento en pista, me dio por pensar: «Como este salga de aquí sin atacar, cuando pase por mi lado le meto un botellazo por necio y flojo». No fue necesario, porque el hombre por fin se decidió. O más bien se lanzó. Cuando los hombres se ven en una tesitura en la que no tienen claro si la puerta está abierta o cerrada, hay tres formas de ir hacia delante. La primera es la «técnica del psicópata» que es la del que en realidad el asunto se lo trae al pairo —o consigue abstraerse muy bien— y, puesto que se juega poco emocionalmente, actúa con la frialdad del que no va a salir malparado en caso de equivocarse. La segunda técnica es la del «valiente», la del que, harto de dudas, se lía la manta a la cabeza y se tira a la piscina, y ojalá que el agua no esté helada. Y la tercera es la del «enamorado», ese al que en un momento dado el corazón toma el control, deja de importarle todo y para adelante. En el caso de este, no sé si fue la segunda o la tercera situación, pero desde luego seguro que no la primera. Por seguir haciendo taxonomía, vamos a recordar que ahora llamamos «hacer una cobra» a ese movimiento de curvarse hacia atrás para hurtarse a un beso no deseado. Bueno, pues a lo de este hombre podríamos llamarlo «hacer una víbora» porque lanzó un ataque semejante a la de ese ser mortífero para besar a la chica. Aunque lo cierto es que no necesitaba un ataque tan fulgurante porque, aunque lo hubiese hecho a paso de caracol, ella no he habría huido, no. En un pestañeo habían abandonado los dos sus taburetes para encontrarse en el lateral de la mesa y besarse de pie. ¡Madre mía, que beso! Quede claro que no fue un beso demasiado bueno, en absoluto. Yo los estaba observando y —modestia que no tengo aparte— sé algo de besos. Pocos nacen sabiendo besar, a eso también se aprende y muchos no aprenden jamás, entre otras cosas porque ni siquiera saben que hay que aprender a besar. Fue un beso chapucero, apresurado. Me recordó aquellos que me daba de adolescente con contrapartes igual de inexpertas y fogosas, en los que la mitad de las veces, llevados del ímpetu, entrechocábamos los dientes con tanta fuerza que no sé cómo no nos mellamos alguno. No fue un buen beso, pero fue un gran beso. Grande de verdad. Y lo digo yo, que he visto muchos besos. Vale, es cierto que todos hemos visto muchos besos, pero pocos se fijan en ellos. Y yo sí lo hago porque me fascina la gente que se besa en público y lo que trasmiten sus actitudes. Me fascina tanto que hará ya 20 años que escribí un cuento sobre un beso que vi darse a dos chavales que se reencontraban en la estación de ferrocarril de Gijón, cuando el bajó del tren y se encontró con que ella le estaba aguardando en el andén… Volviendo a este beso en concreto, juro que fue mágico. Un beso no es solo dos bocas que se juntan: en un juego en el que entran en acción dos cuerpos y en los que las posturas, los actos, nos muestran los sentimientos. Y él, que tanto había dudado, la estrechaba ahora como si tuviera miedo de que, de un momento a otro, se le volviese humo entre los dedos. Y ella le abrazaba de una forma peculiar. Le corría con las manos por la espalda y a veces cerraba el puño sobre la tela del jersey, como si estuviera por fin tocando algo que había deseado palpar desde hace tiempo. En fin y para no alargarnos: que eso fue un beso de enamorados, si es que alguna vez he visto uno. Luego se fueron y yo seguí tomando mi copa, sin ya nadie entre el fútbol en pantalla y mi mesa. Y me dio por cavilar sobre algo que ya se me ha pasado por la cabeza otras veces. Algo que ya pensé hace veinte años, cuando vi aquel beso en la estación de Gijón. Anoche tuve la suerte de ver a dos personas felices. Felices como nos está permitido a los humanos, que es durante un momento fugaz. Creo que podemos alcanzar la felicidad de la misma forma que podemos volar. Solo podemos volar saltando y, justo en ese instante que estamos en lo alto de la curva, ahí estamos volando. Después caemos de forma inevitable. Opino que no la felicidad ocurre lo mismo. Y que lo terrible es que, cuando alcanzamos por fin esa felicidad, por ese momento, no somos capaces de darnos cuenta de que la tenemos por fin ahí y a menudo olvidamos. Los humanos somos así.

***

Leyendo esto alguno pensará que soy un voyeur. Se equivoca. No tengo nada contra el voyeurismo, que es una perversión de lo más respetable. Al revés que un mirón, que es un espía despreciable, un voyeur es alguien que saca placer de la observación. Yo no. En mi caso, ocurre que soy un filocalista; es decir, que me gusta la belleza, me fascina. Y lo que tiene la belleza es que la encontramos a menudo en, donde y cuando menos lo esperamos.    

Quinteto de la muerte para Comanche, de Jesús Maeso

¿Cuándo?

Al tomar posesión como académico correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, constaté el gran amor que en estados como Nuevo Méjico, Tejas y California se le tenía a su ascendencia española. Pero en cambio ignoraban las grandes gestas de los conquistadores y colonizadores, como Juan Bautista de Anza, fundador de San Francisco, donde posee una estatua ecuestre. Era hora de divulgar esa imprescindible huella hispana de los Dragones de Cuera y de sus proezas en aquella parte de los EE.UU, Nuevo Méjico, Arkansas Tejas y California y escenificar los sangrientos combates contra los comanches.

¿Dónde?

Frontera de Nueva España en el siglo XVIII.

Siempre hemos tenido muy mala prensa en el mundo anglosajón, interesado en convertirse en el único adalid de Occidente. Craso error. Sin la ayuda de España-Carlos III, Bernardo de Gálvez o el almirante Córdoba por mar, las 13 colonias primigenias jamás hubieran con seguido la Independencia. Y desde el Missouri hasta las costas de California, y desde Arkansas hasta Tejas, -que no lo olviden- pertenecían a la corona de España. Esta novela viene a hacer justicia a esa presencia hispana secular en los EE. UU y de su mucha influencia en la historia norteamericana.

¿Por qué?

Somos unos pésimos contadores y divulgadores de nuestro pasado y más de nuestra presencia en Norteamérica, donde ingleses y franceses han tratado siempre de olvidarnos y desacreditarnos. Hemos carecido de un Giorgio Vassari que exaltó a sus compatriotas italianos narrando las glorias imperecederas de Italia desde los tiempos más remotos. Aquí la historia la utilizamos como arma arrojadiza contra nosotros mismos y hacemos presentismo histórico tachando, por ejemplo, a Isabel la Católica o a Felipe II como fascistas, auténtico disparate, pues ese concepto político no existía en sus siglos.

Si nosotros nos despezamos a nosotros mismos, ¿qué no harán nuestros enemigos?

Por eso las andanzas de los dragones de cuera en la frontera puede ser un ejemplo.

¿Para qué?

-J.L.Borges aseguraba que la historia no tiene rostro y que éste solo lo puede describir la narrativa y la imaginación, y que ese papel le corresponde a la novela histórica de calidad. Estoy totalmente de acuerdo, y así, la nefasta “leyenda negra” que nos invade irá perdiendo terreno, y este fascinante episodio de los indómitos “Dragones de Cuera” sobre sus caballos y uniformados con sus uniformes azules y sombreros de ala ancha y fusiles Beown Bess, podrá ser conocido por propios y extrañas y evaluar las luces y las sombras de aquella formidable fuerza ecuestre en aquellos vastísimos territorios de los EE. UU.

¿Para quién?

Para cualquier lector que desee conocer la historia de su país y acabar con la leyenda negra de nuestras gestas en América y la siembra de desprecio de que hemos sido objeto.
Quien desee emocionarse y entretenerse con las proezas de los dragones del rey y la vida de los indios esta es su novela.

La bandera de la Hispanidad

Hace un par de días, el jefe del principal partido de la oposición, el Sr. Casado, tuvo el gesto nada elegante de invitar a todos los españoles a colgar una bandera nacional con motivo de la fiesta del 12 de Octubre. No es que hacer una invitación así sea malo, al contrario. Es que, tal como lo hizo, de manera irremediable hará parecer o sospechar que cualquiera que cuelgue la bandera es afiliado o simpatizante del PP. Y eso es algo muy feo. Con lo de todos no se juega ni se hacen trucos de tahúr.

En fin. Yo nunca he colgado una bandera en mi balcón o ventana, aunque reconozco que más que nada por pereza. Al menos nunca lo hice en esos espacios físicos, porque la Red es ya harina de otro costal. En mis redes sociales sí que suelo colgar por estas fechas una u otra de las banderas legítimas que ha tenido España: la actual constitucional, la de la I República, la de la II República…

Y hoy no me voy a quedar sin «colgar» una bandera, lo haré sin hacer el juego al Sr. Casado y, de paso, apuntando una historia que puede interesar a más de uno. Y digo apuntando porque hay información de sobra en red sobre el tema y tampoco cabe extenderse en exceso.

La bandera que he elegido es la de la Hispanidad —o de la Raza, como se llamó al principio—. Fue diseñada en América por el coronel uruguayo Camblor, en un concurso organizado en 1932. Camblor eligió tres cruces por las supuestas tres que llevaban las naves de Colón, aunque eso es imaginario popular y no era así, como no lo es el color que eligió, el morado, por Castilla, cuando el color del pendón castellano es rojo (en el siglo XIX fue esa una confusión muy común, dado que la oxidación de los pigmentos hacían que el rojo del pendón virase a morado). Y lo unió a el sol naciente por ser este astro un símbolo común a antiguos pueblos indígenas y a varias repúblicas americanas.

Esta curiosa iniciativa se enmarca en un movimiento que surgió de manera independiente a ambos lados del Atlántico, revindicando la identidad común de las gentes de España y los países de habla española de América. Era otro ciclo ideológico, ya que ahora estamos en el de la construcción de la identidad sobre lo contrario: arremetiendo, negando y desentendiéndose el pasado común.  Pero no hay que asustarse, que son solo eso, ciclos.

Me quedo con el lema que Camblor adjuntó a la bandera: Justicia, Unión, Paz y Fraternidad. Que así sea. Feliz día de la Hispanidad.

Quinteto de la Muerte para Sebastián Roa y su Enemigos de Esparta.

Comenzamos nuestra sección de Quinteto de la Muerte con Enemigos de Esparta, de Sebastián Roa, publicado por Ed. B. Ahí van sus respuestas, sin prolegómenos ni añadidos por nuestra parte.

 

 

 

 

¿Cuándo? Siglo IV a. C. Tras la Guerra del Peloponeso, Esparta se ha alzado como polis hegemónica y domina el mundo griego a través de sus propios gobernadores y guarniciones, apoyando a las oligarquías locales o interviniendo militarmente de forma directa.

¿Dónde? En Atenas, los demócratas tebanos viven exiliados desde que Esparta impuso un gobierno títere. Su objetivo es recuperar el poder en Tebas y alzarse contra la soberbia espartana. La búsqueda de apoyos, las campañas militares y los juegos de poder nos harán recorrer Eubea, Tesalia, el Peloponeso, el Egeo e incluso el imperio persa.

¿Quién? Prómaco, un peltasta mestizo, huye del bárbaro reino Odrisio en compañía de su amada. Su objetivo es luchar a sueldo para Esparta, lo que implica trabajo asegurado y con todas las garantías de triunfo porque ¿quién sería capaz de vencer a los espartanos? Los vaivenes del destino lo llevarán a enemistarse contra ellos, y así conocerá a los conspiradores tebanos del alzamiento contra Esparta: Pelópidas y Epaminondas.

¿Por qué? Aparte de dar salida a un viejo proyecto, me propuse poner a Esparta en el lado opuesto al que estamos acostumbrados últimamente. En esta novela, los espartanos no son los nobles salvadores de la civilización occidental, sino los opresores insufribles que humillan al resto de Grecia y mantienen esclavizadas a poblaciones enteras. Además, me interesaba sacarle brillo al Batallón Sagrado, unidad de élite tebana compuesta por 150 parejas de amantes homosexuales: un ejemplo de eficacia guerrera que choca con los prejuicios de los siglos recientes. Por último, me apetecía rescatar un periodo de la historia que lleva muchos años a la sombra de los hechos anteriores (la rivalidad entre Esparta y Atenas) y los posteriores (la eclosión del poder macedonio y la gesta de Alejandro Magno).

¿Para qué? Para inducir la reflexión sobre tres temas que mantienen su importancia a través de los siglos: los defectos de la democracia, la verdadera naturaleza del amor y la necesidad vital de las Humanidades.

Mi Quinteto de la Muerte

Voy a iniciar un experimento que no sé si calificar de minicuestionario, minientrevista o qué a distintos autores de narrativa, sobre una obra suya en concreto. Lo que importa es que sea operativo. También que sea distinto y no por vanidad de apartarse de lo que se hace, sino porque creo que el apartado de las entrevistas convencionales está más que cubierto y, además, por excelentes profesionales del periodismo.

Esto va a ser otra cosa. Dar al entrevistado o cuestionado la oportunidad, sobre unas preguntas fijas, de explayarse por los derroteros que él quiera. He llamado a este experimento El Quinteto de la Muerte. Más bien Mi Quinteto de la Muerte, porque son cinco preguntas muy breves (más concisas imposible) que, sin embargo, permite mucha flexibilidad de respuesta.

Quiero aclarar que no es una alusión ni un homenaje a la película El Quinteto de Muerte, entre otras cosas porque esa cinta, que tiene muchos admiradores, a mí no me gustó nada, lo cual solo dice de mis gustos y no de la película, claro. Vamos, que podía haberle llamado tranquilamente Repóquer de Preguntas, pero queda menos llamativo y yo tengo cierta inclinación por la truculencia.

Las preguntas, como he dicho, son cinco e invariantes, aunque el destinatario, además de poder salir por donde quiera, siempre que la respuesta esté ligada a la pregunta, puede ordenarlas como quiera, para mejor eficacia de lo contestado. Estas preguntas son:

 

¿Cuándo? Aquí el entrevistado podrá contar lo que le dé la gana sobre la época en la que se desarrolla la obra.

¿Dónde? Aquí podrá hablar lo que desee sobre la localización geográfica.

¿Quién? Sobre el personaje o los personajes de la obra en cuestión.

¿Por qué? Acerca de los motivos que llevaron al autor a escribir este título.

¿Para qué? Sobre qué es lo que se quiere trasladar al lector.

 

Sencillo, ¿verdad? Y al mismo tiempo con todo un mundo de posibilidades. Y en seguida veremos qué es lo que da de sí.

Conversaciones con Rómulo Augústulo

Con motivo del I día de la Romanidad, aquí os dejo una ficción sobre una entrevista realizada por un imposible dominical al ex emperador Rómulo Augustulo, ya en su vejez y retirado lejos de todo.
Siglo VI d.C.
Muchos políticos mediocres desaparecen de escena para, años después, reaparecer con un aura de solvencia y veteranía que les permite pontificar sobre la política actual con una autoridad que no tuvieron a la hora de gestionar la de su tiempo. Eso en algunos casos es simple impostura, pero en otros es bagaje real ganado con el paso de los años.
                Rómulo Augústulo, último emperador romano, fue un pobre títere sin poder real. Pasó de manera fugaz por el trono imperial y desapareció tras su derrocamiento. Supongamos que no fue eliminado y que, décadas más tarde, un magazine semanal le localizó. Esta sería la larga entrevista que le habrían realizado para esa publicación.
                En realidad, habría sido en varias sesiones y de ahí el plural conversaciones. Se habrían efectuado en la residencia del otrora emperador, en Campania, lejos de todo centro político.
                La entrevista habría tenido lugar en el otoño del 536 d.C. y su interés radicaría en las reflexiones del anciano, hechas mucho tiempo después, sobre su época y los sucesos que le tocaron vivir.
Advertimos que el estilo es reposado, con cierta intención literaria, como era muy común en este tipo de entrevistas publicadas por escrito en medios de solera.

Si un nombre es conocido en todo Occidente, aún en la cabaña de carboneros más humilde y remota, ese es el de Flavio Rómulo Augusto. No hay rey bárbaro ni emperador de Oriente cuya fama pueda rivalizar con la suya. Rústicos o urbanos, poderosos o humildes, todos saben quién es, pese a que hacía más de medio siglo que no se tenían noticias sobre él. Pero, ¿quién podría olvidar que Flavio Rómulo Augusto, más conocido como Rómulo Augústulo, fue el último emperador del imperio de Occidente?
Sin embargo, como ya hemos dicho, durante sesenta años nada se ha sabido de él. En todo ese tiempo, nadie fue capaz dar noticia cierta sobre su paradero; sobre qué destino corrió o si estaba vivo todavía. No pocos apoyaban incluso la tesis de que fue eliminado con discreción por Odoacro, al poco de su destronamiento.
No entraré en detalles sobre cómo llegué al convencimiento de que Rómulo Augústulo seguía vivo. Tampoco voy a desvelar cómo conseguí averiguar su paradero. Todo eso pertenece al secreto profesional. Sí puedo decir que no fue fácil obtener una entrevista y que solo tras innumerables gestiones y tras vencer no pocas reticencias del antiguo emperador y de sus cercanos, accedió aquel a recibirme en su residencia. Digo todo esto porque la entrevista es el resultado de una larga negociación y de unos pactos que, por supuesto, este periodista y esta publicación van a respetar de manera escrupulosa. También es obligado recalcar que, al margen de las cuestiones que pudieran afectar a su seguridad personal, Rómulo Augústulo habló sin tapujos y sin soslayar temas espinosos.
El encuentro con el otrora emperador romano me causó un gran impacto, una viva impresión que quisiera trasmitir a los lectores. La imagen que tenemos del último emperador es la de un niño cubierto de púrpuras. Una estampa radicalmente distinta a la del añoso terrateniente que me recibió en sus predios. Un anciano que allí, entre sus sembrados y viñedos, resultaba la viva encarnación de la dignidad de la vejez.
Rómulo Augústulo tiene ya más de setenta años y el paso del tiempo le ha convertido en un anciano delgado, con una poblada barba blanca que le da aspecto de filósofo. A todos nuestros encuentros acudió vestido como ropas blancas de poco adorno, como corresponde a un señor rural romano. También sus gestos y su forma de expresarse son sencillos, lo que le confiere una mayor dignidad. Podría decirse que el antiguo emperador, retirado en la campiña, ha ido madurando como sus uvas, gracias al estudio de su biblioteca y a la administración de sus propiedades.
Su personalidad es tranquila a la par que poderosa y, desde las primeras frases, marcó el ritmo de la entrevista hasta el extremo de que me vi obligado a replantearme el enfoque de la misma, así como algunas preguntas, y eso es algo que me ha ocurrido pocas veces a la largo de mi carrera profesional.
De entrada, rechaza el tratamiento de gloriosissimus con el que le saludé, y lo hace con la sonrisa de un patriarca venerable y las palabras de un sabio.
Rómulo Augústulo. Ese título está ligado a una muy alta dignidad que yo ya no ostento. No soy más que un propietario rural de la Campania. Ilustris es suficiente para mí e incluso eso a veces me da la impresión de venirme grande.
Pregunta. Ya que hablamos de eso, ¿con qué nombre le gustaría pasar a la posteridad? ¿Con el de Flavio Rómulo Augústulo o como Rómulo Augústulo?
R.A. Me da completamente igual. Que esa posteridad decida. Lo cierto es que no me molesta el sobrenombre de Augústulo. En el fondo, hace justicia a lo que fui: un niño elevado a la dignidad imperial por la voluntad de otros.

  1. En todo caso, usted fue el último emperador de Roma. No son pocos los que opinan que, si está vivo, puesto que no fue sustituido por ningún otro, todavía sigue siendo el legítimo emperador.

Descarta esa cuestión con un manotazo y una sonrisa benévola.
R.A. ¡Por Dios! Esos no son más que tecnicismos. Juegos de lógica jurídica para cortesanos y legistas, sin utilidad real alguna. Toda esa dialéctica legitimista carece de importancia.

  1. No la tendría hasta hace muy poco. Pero ahora quizá si la tenga.

En vez de contestar, Rómulo Augústulo me mira con algo así como una perplejidad educada. Me veo por tanto obligado a aclarar.

  1. P. El general Belisario conquistó el año pasado Sicilia y ha desembarcado este mismo año aquí, en la Península Itálica. Ya ha conquistado la mitad sur, incluida esta región en la que nos hallamos. En estos momentos, su ejército marcha sobre Roma y son pocos los que dudan de que la Urbe caerá en su poder. Si eso llega a suceder, ¿pedirá al emperador Justiniano que le reponga en el trono y que le entregue las provincias occidentales reconquistadas?

Mi anfitrión vuelve a sonreír. Lo hace casi como un abuelo ante la pregunta cándida de un nieto. Con un ademán, me invita a sentarme a una mesita sobre la que reposan dos copas, así como jarras de vino y agua. Me comenta que ese vino es cosecha de sus propias viñas. No se me escapa la presencia de bucelarios armados hasta los dientes que se mantienen cerca, sin perder nunca de vista a su patrón. No cabe duda de que Rómulo Augústulo es un hombre precavido. Sirve él mismo a pesar de mis protestas. Bebe con calma y solo tras dejar la copa sobre la mesa y secarse con esmero la barba, responde.
R.A. No está en mi ánimo hacer algo así y tengo mis motivos. El primero es que no albergo ningún deseo de volver a ser emperador. Es más: nunca quise ser emperador. Fue mi padre, que en paz descanse, el que me colocó en ese cargo siendo yo un niño de solo doce años. No tenía interés en ese trono entonces y mucho menos lo tengo ahora. Soy anciano y solo deseo pasar tranquilo mis últimos años.
»No fui más que un instrumento al servicio de las ambiciones de los demás. Créame cuando le digo que no añoro esa época de mi vida. Era un monigote que ocupaba el trono. Recibía los homenajes y encabezaba las ceremonias, pero las decisiones las tomaban otros.
Hace una pausa reflexiva y me siento obligado a animarle a proseguir.

  1. Ha hablado de motivos, en plural. Ese es uno. ¿Cuáles serían los otros?

R.A. La certeza de que Justiniano no tiene ninguna intención de restaurar el Imperio de Occidente. Lo que busca es recomponer el imperio pero unido bajo un único emperador, el de Oriente. Su plan es liquidar el diseño imperial de Diocleciano y esta invasión es algo más que una guerra más. Vivimos una revolución, un cambio en el orden romano.

  1. Son afirmaciones muy drásticas.

R.A. Pero que se corresponde con la realidad. Este nuevo orden romano se diseñó hace tiempo. Un único imperio y un único emperador. Es un plan que lleva en marcha desde hace varias generaciones y que se ha ido ejecutando paso a paso. De hecho, estoy convencido de que uno de tales pasos fue el permitir o incluso el incitar a la extinción de la dignidad imperial de Occidente.
Reconozco que aseveraciones tan categóricas logran desconcertarme. Ahora soy yo el que bebe, en mi caso para ordenar mis ideas.

  1. Es un enfoque de la situación que vivimos… sorprendente. ¿Quiere decir que Odoacro no fue más que un comparsa del imperio de Oriente?

La mirada que ahora me dedicas es de diversión, aunque amable. Vuelve a beber con calma, de forma que nuestra conversación fluye de manera tan sosegada pero poderosa como el Nilo.
R.A. Yo no diría tanto como comparsa. Convidado a banquete ajeno o, si prefiere otro símil, pieza menor en el juego de terceros.
Vuelve a beber. Sin duda se ha dado cuenta de las reservas con las que he acogido esa afirmación, porque se explaya tras volver a secarse la barba.
R.A. Durante estas décadas, he tenido ocasión de estudiar las crónicas que de tiempos pasados nos han llegado. También muchos documentos privados que mis agentes han ido recopilando para mí aquí y allá. Para conocer la verdadera historia, hay que acudir a las fuentes, ya que los hombres tienen la costumbre de falsear su pasado, sea para magnificarlo o para ocultarlo.
»Es tranquilizador el mito de que el Imperio de Occidente fue sucumbiendo de forma paulatina y durante siglos bajo el embate de los pueblos bárbaros. Sin embargo es falso, por mucho que a fuerza de repetirlo la gente haya acabado por creerlo. Porque lo cierto es que fuimos nosotros, los romanos, los que acabamos con el imperio.
Se inclina hacia adelante y abandona en parte su sosiego para acompañar sus palabras de ademanes expresivos.
R.A. El emperador Diocleciano dividió hace tres siglos el imperio porque se había vuelto demasiado grande para un único poder centralizado. Su idea no era tanto la de crear dos entidades independientes como que Oriente y Occidente fuesen como las dos mitades de un mismo cuerpo. Y funcionó bastante bien durante largo tiempo. Luego, las distintas dinámicas a las que estaban sometidos ambos imperios llevaron a que cada uno viviese una evolución muy diferente. El de Oriente se fortaleció y cristalizó, en tanto que el de Occidente entró en una paulatina decadencia.
Bebe y sonríe como pensativo.
R.A. La decadencia fue moral y esta a su vez precipitó la material. Las élites dominantes dejaron de creer en el imperio como un objetivo superior y pasaron a considerarlo una gran finca en la que saciar su sed de poder y riquezas. Nuestros soldados, a su vez, dejaron de ser leales a Roma para serlo a sus propios generales, y eso nos llevó a una espiral de conjuras, levantamientos y guerras civiles.
»Los bárbaros no nos arrebataron Britania, las Galias o las Hispanias. Esa es la mentira que después acuñamos para ocultar nuestra vergüenza. Fueron los sucesivos usurpadores los causantes de tales pérdidas: generales sin escrúpulos, ávidos de coronarse emperadores, que retiraban las tropas bajo su mando para marchar sobre Roma. Para conquistar el trono, no dudaron en desguarnecer las provincias. Y por esas fronteras desprotegidas fueron entrando los bárbaros. Así ocuparon de forma sucesiva nuestras mejores tierras y así quedó el imperio al final reducido a un triste resto. Pero lo cierto es que, a pesar de algún desastre como el de Adrianópolis, las legiones de Roma siempre vencieron en todas sus guerras contra los bárbaros y estos no pudieron arrebatarle ninguna de sus provincias por la fuerza.

  1. Pero ¿qué tiene que ver eso con el imperio de Oriente?

R.A. En su etapa final, Roma no era más que una farsa política. Cierto que conservaba su prestigio y su aureola. Aún lo conserva. Los habitantes de las antiguas provincias se consideran a ellos mismos ciudadanos romanos, se rigen por las leyes de Roma y tienen a esta como su referente máximo. Pero los últimos emperadores no eran, no éramos, nada. Juguetes en manos de generales, burócratas y jefes bárbaros. Los mismos emperadores de Oriente hacía tiempo ya que habían dejado de tratar a los de Occidente como a sus iguales. Los trataban como a subordinados, en el mejor de los casos. Doy fe de ello, porque hablo de primera mano.

  1. Es una visión muy amarga.

R.A. ¿Amarga? No, yo no guardo ningún rencor contra Oriente. No culpo a sus emperadores por el trato que me dispensaron en su día a través de sus misivas y sus mensajeros. Su desdén nos lo habíamos ganado a pulso con nuestras luchas intestinas. Cuando me colocaron en el trono tras la enésima conjura, el imperio de Occidente solo abarcaba parte de Italia bajo mi mando teórico, y Dalmacia e Iliria, bajo el de mi antecesor, Julio Nepote. Un triste resto de imperio e incluso eso dividido.
»Era la consecuencia de siglos de ambiciones personales y deslealtades públicas. Ante esa debacle imparable, el imperio de Oriente optó por tratar de salvar lo que se pudiera. Y, para lograr eso, el Imperio de Occidente sobraba. Así de claro.

  1. ¿Existe alguna prueba de eso?

R.A. ¿Pruebas documentales? No, por supuesto. Los hechos hablan por ellos solos. No bien quedó liquidado el imperio con mi derrocamiento, el emperador de Oriente pactó con una serie de reyes bárbaros su subordinación nominal a Constantinopla. Por ejemplo, cuando los ostrogodos quitaron de en medio a Odoacro y a sus hérulos, estos y Bizancio acordaron la creación de la Prefectura Italiana y luego, a través de esos mismos ostrogodos, la Prefectura Hispana. ¿Qué más pruebas necesita de que el fin del imperio contaba con el beneplácito de los emperadores orientales?

  1. Pero usted mismo lo ha dicho, ilustris. La subordinación era nominal.

R.A. Sé a dónde quiere ir a parar y le insisto en que está en un error. Ahí se equivocaron muchos. Creyeron que todo ese apaño de que los reyes bárbaros reconociesen la superioridad del emperador de Oriente era una pura farsa. Una forma de salvar la cara ante la opinión pública. Se equivocan.
Bebe de nuevo con parsimonia.
R.A. ¿Qué era lo que más deseaban los emperadores orientales de las provincias occidentales? No era el dominio efectivo, se lo aseguro. Ellos buscaban asegurar la continuidad del orden romano. ¿Por qué? Porque ese orden significa materias primas y manufacturas, libre tránsito de mercancías, comercio y un mercado único y enorme de productos, personas e ideas. Eso es el imperio.
»El mayor desastre no ha sido el cambio de gobernantes. Ha sido la erupción de reinos al margen del orden romano. Ahí tiene a los francos. Son buen ejemplo. Divididos en una serie de reinos inestables y a menudo en guerra entre ellos. Eso supone fronteras, conflicto, inseguridad en los caminos, destrucción de cosechas. El desastre.
»Puestos ante lo inevitable, los emperadores de Oriente optaron por dar su respaldo a ciertos reyes bárbaros. Una patina de legalidad a cambio de la pervivencia del orden romano. A todos les convenía, al menos en aquel momento.

  1. ¿Cómo se conjuga esa teoría con la actual guerra que enfrenta al Oriente con los nuevos reinos bárbaros?

R.A. Se conjuga a la perfección. Vivimos un conflicto global en todo el Mediterráneo Occidental que no es sino la evolución lógica del diseño que acabo de exponerle. Se dice que los aliados de hoy son los futuros enemigos. Ese status quo no podía durar. Los reyes bárbaros se han creído lo bastante fuertes como para sacudirse la subordinación formal a Constantinopla sin sufrir consecuencias. Además, se han dedicado a luchar entre ellos y eso ha dañado al comercio. Si a eso le suma que en Oriente reina ahora Justiniano, que está apoyado por los partidarios de recuperar el control efectivo de las provincias de Occidente, el conflicto era inevitable.
»Las tropas imperiales han reconquistado Cartago y África, combaten contra los visigodos en Hispania y aquí, en Italia, no tardarán en liquidar a los ostrogodos.

  1. Justo de eso iba a hablarle. El reino vándalo de Cartago no entraba en la categoría de los «subordinados».

R.A. Tengo la sospecha de que los vándalos eran el objetivo primario de Justiniano y de que todo lo demás ha venido dado.

  1. ¿Dado? ¿En qué sentido?

R.A. La ocupación de Hispania ha sido accidental, sobrevenida. Los visigodos están en guerra civil y parece que han adoptado los malos hábitos de los romanos. El aspirante al trono, Atanagildo, ha sido tan incauto como para pedir ayuda al imperio de Oriente en su lucha contra el rey Agila. Las tropas de Justiniano ocupan ya parte del sur y levante de Hispania. Y, aunque apoyan a Atanagildo, en el fondo les da igual quién gane. Para ellos, cuanto más dure la guerra mejor. Más territorio podrán ir ocupando. Porque están ahí para quedarse.
Rellena su copa. Bebe.
R.A. En cuanto a los ostrogodos, ellos se lo han buscado. Podían haberse quedado al margen de todo este conflicto, pero cometieron el error de infravalorar el poder de Constantinopla y de sobrevalorar el suyo propio.

  1. Así pues, su teoría es que todo esto es algo muy bien planificado, aunque luego haya crecido.

R.A. No me cabe la menor duda. Como le he dicho, los emperadores de Oriente consideran vital el mantenimiento del orden romano en Occidente y, por supuesto, han previsto cualquier contingencia. Y entre sus planes estaba en devolver a la romanidad a la provincia de Cartago. Luego, las circunstancias han hecho lo demás.

  1. Vayamos entonces a una escala menor y, si le parece, podemos centrarnos en la Península Itálica. El general Belisario, tras apoderarse de Sicilia, desembarcó aquí este mismo año y ya ha conquistado la mitad sur en una campaña fulgurante. Según las noticias que tiene mi periódico, en estos momentos marcha sobre Roma con intención de conquistarla. ¿Qué opina que ocurrirá?

R.A. Si se refiere a si creo que Belisario tomará Roma, la respuesta es sí. No tengo ninguna duda de ello. Creo que el rey Teodato minusvaloró el poder militar y la decisión de Belisario, y ahora está pagando las consecuencias de ese error. Se dejó engañar por los problemas que estaban sufriendo los ejércitos imperiales en África y Dacia. La falta de visión ha sido una constante en Teodato. Es un hombre muy calculador que, sin embargo, tiende a confundir sus propios deseos con la realidad. Eso es algo que ya le puso en aprietos en el pasado y sin duda le pondrá en el futuro. Si es que Teodato y el reino de los ostrogodos tienen algún futuro, claro.

  1. Más allá del destino concreto del rey ostrogodo, esto sin duda es un vuelco completo en la situación.

R.A. Yo opino justo lo contrario. Ocurra lo que ocurra, gane quien gane, nada cambiará o cambiará muy poco.
Reconozco que esa afirmación hizo que le mirase incrédulo. No importa que un entrevistador deba mostrarse neutro ni mi veteranía en estas lides. Esa aseveración me dejó atónito. Consciente de ello, Rómulo Augústulo se limitó a mirarme a su vez con placidez y, tras invitarme a beber de mi copa, él mismo dio un sorbo de la suya.
R.A. ¿Le sorprende? Es la realidad desnuda. Lo más probable es que Belisario arrolle a los ostrogodos y los arrincone en el norte, si es que no les destruye por completo. Pero eso no va a significar una verdadera revolución. Solo supondrá un cambio de jefatura. Esto no es una revolución sino una pugna por el poder dentro del sistema.
»Puede que para los habitantes de las ciudades se genere la ilusión de un orden nuevo y, en efecto, no niego que vaya a haber algunos cambios superficiales. Pero nuestro mundo es, desde hace siglos, eminentemente rural. Para nosotros, los terratenientes, el resultado de esta guerra, sea cual sea, solo supondrá un relevo en las élites gobernantes y por tanto, en los funcionarios concretos con los que tenemos que relacionarnos. Para los campesinos ni eso. Todo seguirá igual para ellos, igual que cuando mandaban los ostrogodos, igual que cuando estos mantenían la ficción de ser subordinados del emperador de Oriente, igual que cuando había un emperador en Roma.

  1. La afirmación de que todo seguirá igual para los terratenientes ¿vale también para usted? Porque usted no es uno más.

Sonríe.
R.A. No soy el más poderoso ni el más rico ni, por supuesto, el mejor relacionado. Pero sí, tiene razón: no soy un terrateniente más. Sin embargo, espero que el cambio en las élites gobernantes no me afecte en absoluto o, al menos, no más que a mis iguales.
»Durante todos estos años, Constantinopla ha sabido tras qué identidad me ocultaba y dónde me escondía. Los orientales cuentan con unos servicios de información excelentes. Y también con agentes de otro tipo, más expeditivos e igual de excelentes. Si nadie me ha molestado en todos estos años, no creo que ahora que solo soy un viejo al que le queda poco de vida vayan a hacerlo.

  1. De sus palabras, entiendo que hubo una época en que temía por su vida.

R.A. Por supuesto. Para serle sincero, los primeros tiempos los pasé aterrorizado. El golpe palaciego de Odoacro que me expulsó del trono causó la muerte de mi padre, de quien yo no era más que una marioneta, y mi confinamiento en un castillo. Aunque los hombres de Odoacro siempre me trataron bien, yo vivía lleno de miedo. En cualquier momento podía llegar la orden de hacerme matar. Y luego, aquí, en estas tierras, durante largos años estuve esperando la llegada de los asesinos de Oriente. Cada vez que se producía un cambio de emperador en Constantinopla, reverdecían mis temores, porque ese nuevo emperador podía cambiar de política hacía mí.

  1. Pero no fue así. Ya ha dejado claro que no tiene ningún interés en reclamar al imperio de Oriente su reposición en el trono romano. Pero, ¿y si Justiniano le ofreciese algún alto cargo? Es usted el último emperador y su simple presencia podría aportar algo de legitimidad a la conquista de Italia por parte del imperio oriental.

R.A. No creo que eso ocurra, aunque no le falta razón a su argumento. Si una oferta así llegase, que ya le digo que no lo creo nada probable, yo no aceptaría.

  1. Fabulemos. Supongamos que Justiniano le ofreciese volver a ser emperador en un renacido Imperio Romano de Occidente.

R.A. Declinaría tal honor. Créame. Llevo retirado en estas tierras casi cincuenta años. Aquí me siento seguro. Administro mis bienes, imparto justicia entre mis colonos y mis siervos. Mi ejército son mis bucelarios y le puedo jurar que me son más leales de lo que en los últimos siglos lo ha sido ningún ejército romano a su emperador. Aquí, como amo y señor de estos campos, tengo más poder del que nunca tuve como emperador o del que tendría si me aviniese a volver a serlo.
Bebe esta vez con largueza, como si reflexionase. Luego apostilla.
R.A. Hace mucho ocupé el trono de Roma sin que mi voluntad contase para nada. Siendo solo un niño, me convertí en el monigote de mi padre. Ahora, ya anciano, no volvería a sentarme en ese trono para ser el hombre de paja de Justiniano. En su día no tuve elección, pero ahora sí la tendría. Solo deseo pasar los años que me quedan aquí, ocupado en las tareas agrícolas y en mi biblioteca. Quiero morir como he vivido, lejos de la política. Y la historia… –sonríe distante-. Mire, la historia que cuente de mí lo que a los hombres les venga en gana. Yo no estaré ahí para escucharlo.

© León Arsenal, 2018. Queda prohibida cualquier reproducción total o parcial de este texto.


Invítame a un café

Sobre el día de la Romanidad

Cuando hace unos veinte días lanzamos la propuesta del Día de la Romanidad, los promotores teníamos en mente tres ejes y cuatro vertientes para la celebración.

Los tres ejes eran:

  1. Poner en valor el patrimonio material e inmaterial relacionado con lo romano.
  2. Festejar y trabajar los vínculos comunes entre gentes de Europa, Oriente Próximo y norte de África, que tienen un sustrato común.
  3. Abrir ventanas de oportunidad para hacer negocios en un país que, siendo rico, tiene a parte de su población en serios apuros económicos. Hablar de Romanidad es decir vino, aceite, olivas, cereal, naranjas, urbanismo, obras públicas… Porque tenemos gran diversidad de productos materiales e inmateriales que pueden moverse, exponerse, dinamizarse al socaire del Día de la Romanidad.

En cuanto a las cuatro vertientes, esas son la cultural, la social, la económica y la lúdica. Se explican ellas mismas en función del acto que se organice.

Ahora, tras arrancar el proyecto, habiendo ya en marcha actos en casi una treintena de localidades españolas, proyectos —para este año o el que viene, seamos conscientes de que hay muy poco tiempo— en media docena de países de la Romanidad y habiéndose unido varios ayuntamientos, instituciones y ya incluso una universidad, me voy a permitir algunas reflexiones.

La primera es que hemos de aceptar que el proyecto, tal como estaba concebido, puede ir variando —esperemos que más bien ampliándose—. Algo lógico, habida cuenta de que cuando lanzas un proyecto deja de ser tuyo, se suman personas, lo hacen suyo, lo impulsan, aportan y lo enriquecen.

También que, en esta primera edición, lo que más peso tiene es, de lejos, el segundo de los ejes: el de puesta en valor del patrimonio. No podía ser de otra forma, ya que muchos de los que han recogido con entusiasmo la idea y se han puesto manos a la obra son profesionales y especialistas de ese sector.

El primero de los ejes, el relacionado con los vínculos comunes entre gentes de tres continentes, va a llevar su tiempo. Todo lo internacional tiene su ritmo e involucrar a ciertos niveles requiere su trabajo. A cambio, hemos constatado interés por el Día de la Romanidad en América. Debimos haber pensado en ello; al fin y al cabo, existe una línea de continuidad entre la Romanidad y mucho de lo que en esos países hay. El derecho es un ejemplo bien claro.

En lo que toca a abrir ventana de oportunidades, pese al poco tiempo ya algunos las han encontrado. Sin ir más lejos, diversas librerías montarán ese día actos y escaparates relacionados con libros de ficción y ensayo sobre Roma. Las librerías Argot de Castellón, Cisne Negro de San Lorenzo del Escorial, Gaia de Valencia y París de Zaragoza han sido pioneras, aunque ya otras se lo están planteando.

En fin, que esto iba a ser una piedra de toque, un arranque para ya lanzarse en serio a celebración del 2019 y la respuesta nos ha dejado a nosotros también asombrados. Si así empezamos… ¿qué no lograremos en sucesivas ediciones? Y les digo algo más, que les dije el otro día a unos amigos: si ayudamos a la cultura, a tender puentes y a que la gente haga legítimo negocio, y encima nos divertimos como macacos… ¿qué más podemos pedir?

Concilios Cadavéricos

La otra noche, zapeando, fui a caer en uno de esos programas a los que algunos definen como de telebasura política. Supongo que llevan bastante de razón por más que el apelativo sea duro. Pero lo cierto es que diversos tipos de programas de televisión —los deportes son otro ejemplo, al menos con cierto tipo de presentadores— han ido adoptando fórmulas propias del corazoneo, desde las disputas verdureras a gritos al hecho de que tertulianos e informantes estén al mismo nivel de protagonismo que los supuestos verdaderos protagonistas: los políticos en este caso. El caso es que la otra noche andaba por ese programa cierto juez portavoz de una de las asociaciones de su profesión. Reconozcamos que el tipo es ponderado de opiniones y mesurado de expresiones, que suele hablar con tino, aunque con cierta tendencia a justificarse y a atemperar con la «opinión pública». Pero lo cierto es que esa noche se prestó a un espectáculo absurdo y tenebroso. Ante grandes fotos de artistas del pasado —Gauguin, Picasso, Van Gogh— un presentador desgranó los delitos que se les atribuyen: desde la pederastia de Gauguin al mal comportamiento con las mujeres de Picasso. Y, en cada caso, le preguntaban al juez que pena se le habría impuesto al correspondiente artista de haber vivido ahora. Fue algo grotesco. Me trajo a la cabeza aquel Concilio Cadavérico en el que, en el año 897, el papa Esteban VI mandó desenterrar el cadáver del papa Formoso para someterlo a juicio póstumo. Una locura siniestra que hizo que un papa posterior decretase que no se podía juzgar a un muerto… algo que, por cierto, parece que algunos vuelven a poner en tela de juicio en estos días. No se puede juzgar a un muerto, no. Ni se pueda aplicar a las gentes de otras épocas nuestra perspectiva cultural. Un caníbal en ciertas islas polinesias del siglo XVIII no era más el que un individuo medio en esa sociedad, en aquel lugar y momento. En cambio, un caníbal en una sociedad europea actual es un ser patológico, ajeno a tal sociedad. Que alguien quiera juzgar a cierto poeta porque su esposa tenía 14 años en el momento de la boda, a comienzos del siglo XX, es una barbaridad. Y si encima se hace como espectáculo es un espectáculo esperpéntico propio del Gran Gignol. Y, como coloquialmente se dice, es de mentes enfermas.

Roma o la socialdemocracia de los ricachones

Tenemos la mala costumbre de creer que, en muchos aspectos, nuestra civilización es única y sin parangón. Y justo por eso, cuando vemos en otras sociedades fenómenos o mecanismos quizá no iguales pero sí semejantes a los de la nuestra no somos capaces de reconocerlos como tales. Un ejemplo muy claro lo tenemos en la cuestión de la redistribución de la riqueza. En la mayor parte de las culturas humanas, a lo largo del tiempo, han existido personas y grupos que han tenido a acumular posesiones y tener más que la media de sus conciudadanos. Y en muchas de esas culturas se desarrollaron fórmulas para redistribuir parte de esa riqueza que se acumulaba en unas pocas manos. En Europa, en el siglo XX, se implantó la socialdemocracia, que es un modelo tan exitoso como controvertido. Para la mayoría es una forma razonable de reequilibrar y de financiar igualdad social, pero los hay que lo ven como una trampa por la que los que más tienen ceden una fracción comprando así paz social. En realidad, como se ve en algunos países, ni siquiera es así: paga un tramo medio y alto de la población, pero los que están en la cúspide tienen mecanismos y artefactos como las sicav para pagar proporcionalmente mucho menos de lo que les correspondería. Un modelo curioso de redistribución era el potlach de los indios del noroeste americano. Ahí, cuando alguien acumulaba demasiado, despilfarraba su fortuna en regalos y banquetes para sus vecinos. Eso parecerá muy exótico, pero en la misma España encontramos lugares en las que los más pudientes se entregan a gastos desmedidos en los festejos. Y si no, fíjense en fiestas de moros y cristianos como las que se celebran en Alcoy. Lo cierto es que tanto el potlach como esos festejos españoles tienen una ventaja: la merma patrimonial se compensa con un aumento notable del prestigio. Algo que no ocurre en la mucho más gris socialdemocracia con su pago de impuestos. El método romano se parecía más a los primeros que a la segunda, pese a que yo la haya catalogado aquí de socialdemocracia de ricachones. Lo hago en el sentido de que en Roma los poderosos, los senadores, lo tenían prácticamente todo mientras que la plebe no tenía nada, al punto de depender de los repartos de trigo. Por eso los ricos se cuidaban de financiar juegos de gladiadores y también de que se sirvieran banquetes y se dispensara bebida durante las fiestas romanas —de las que había una cada dos días, como quien dice— y con cualquier motivo señalado como bodas y aniversarios. Eran listos los senadores romanos y sabían que para seguir arriba algo hay que repartir entre los de abajo. Con esa fórmula compraban estabilidad social en un sistema en el que ellos lo tenían todo, ocupaban los cargos y estaban en lo más alto, y de paso ganaban en dignitas, que para ellos era algo más valioso que el oro. De eso es de lo que hablo en el podcast.  

Callejón de las brujas

Muchos pueblos españoles tienen callejones de nombres extraños, cuando no inquietantes. Callejón de las ánimas, Callejón del infierno, Callejón del diablo… Callejón de las brujas es uno bastante extendido. Hay muchos de ellos por toda la geografía española. O los había. En las últimas décadas, la tendencia ha sido la de eliminar del callejero todos aquellos términos que puedan incómodos, estrambóticos o antiestéticos y sustituirlos por el nombre de alguna personalidad local.

En el pueblo de mi familia materna, también hubo en tiempos un callejón de las brujas. Yo lo llegué a conocer. Desapareció hace décadas y no por un cambio de nombre, sino porque todo eso lo demolieron en su día para construir adosados. Pero, cuando yo era un adolescente, aún existía y no era más una calleja estrecha entre tapias de adobe desmigado, sobre las que asomaban las higueras. Debido a su mala fama, o quizá contribuyendo a ella, ninguna puerta o ventana se abría al callejón. En todo su trazado no había más que muros de huertas y corrales a ambos lados.

Yo era muy joven. Nunca me preocupé de indagar sobre el origen de su nombre y, ahora, los que podrían habérmelo contado están ya muertos. Al menos mis familiares cercanos. Mi curiosidad no llega al punto de moverme a viajar para indagar a un pueblo que no piso desde hace más de treinta años y en el que ya no conozco a nadie.

Pero sí puedo dar fe de que, por aquel entonces, cuando aún le faltaban décadas para ser demolido, el callejón seguía siendo un pasaje temido. Muy pocos se animaban a atravesarlo de noche, aunque era un excelente atajo para llegar desde las afueras del pueblo a las cercanías de la plaza.

Uno de los osados era mi tío Benito. Ese sí que era todo un personaje, muy de los pueblos de entonces y de aquellos tiempos. En la época de la que hablo, tenía ya sus años, aunque no tantos como para que se le pudiera considerar anciano. Le recuerdo alto, huesudo, fuerte, con el pelo gris y ese rostro curtido, con arrugas muy hondas, propio de los que se han pasado la vida al sol. Porque el tío Benito era campesino y en toda su vida no hizo otra cosa que labrar la tierra.

Fue lo que se llamaba un «autodidacta». Una de esas personas sin estudios, que se instruían por su cuenta. En el caso del tío Benito, su saber le venía del amor por la lectura. Leía cuanto caía en sus manos y tenía en casa una biblioteca con libros de más diversos. Recuerdo que, entre sus tesoros, estaban los seis tomos de una enciclopedia de ciencias naturales, comprados fascículo a fascículo, y repletos de ilustraciones de plantas y animales actuales y extintos.

Esa condición de autodidacta, unida a una buena memoria, hizo de él un erudito asimétrico. Sabía mucho de unas materias y era un absoluto ignorante en otras. En su biblioteca había también literatura, claro, e igual de dispar: Homero, Galdós, Julio Verne, Somerset Maugham…a lo que había que sumar que era consumidor voraz de novelas de a duro. Pero de esas, aunque debió llegar a leer miles, había pocas en su casa porque, una vez leídas, las cambiaba por otras en el estanco.

Al ser capaz de hablar por igual sobre el rinoceronte de Java que sobre los avatares de la Guerra del Vietnam, se había convertido en un oráculo al que sus paisanos consultaban con cierta frecuencia. Lo hacían porque, cuando no estaba trabajando sus campos o recluido en casa, leyendo, era fácil encontrarle echando el tiempo en una de las bodegas del pueblo. Era viudos y sus hijos eran ya mayores y habían emigrado todos a Madrid. Así que el hombre mataba algunos ratos en la bodega, entre chatos de vino, charlas con los compadres y partidas de dominó, tute y billar.

Y yo a menudo le acompañaba.

Aquel verano, con 15 años, me pasé más de un mes en el pueblo. Había suspendido unas cuantas asignaturas y mis padres me mandaron con el tío, mientras el resto de la familia se iba a la playa. No fue tanto un castigo como una forma de obligarme a estudiar con más ahínco.

Mi familia veraneaba en un pueblo costero de Alicante. Y allí tenía yo pandilla veraniega. Chicos con los que era uña y carne durante el veraneo, aunque luego no los veía ni sabía nada de ello al acabar la estación. Mis padres temían con razón que, si me iba a la playa, poco iba a tocar yo los libros. Así que me enviaron al pueblo, donde las posibilidades de distracción eran más escasas.

No tenía yo nada en común con los chicos del pueblo, que además eran pocos. Se había producido un vacío generacional, porque muchos de la generación de mis padres habían emigrado, y los hijos de estos habían nacido ya fuera. Esa migración había afectado además mucho a mi familia. Los míos se dedicaban más al ganado que al campo, antes de la guerra, y no les fue nada bien en la postguerra, así que se marcharon todos.

El último de la familia en el pueblo era el tío Benito, porque era el único que tenía tierras. Cosa que no bastó para sujetar al terruño a sus tres hijos, que cedieron todos al señuelo de la emigración. Así que no tenía allí primos con los que juntarme. Mis padres sabían lo que hacían.

Gastaba mi tiempo en paseos, en leer libros de la biblioteca del tío y, desde luego, en estudiar. A la fuerza ahorcan. Y, a primera hora de la noche de la noche, acompañaba al tío en la bodega. O eso o quedarme en casa y ver la tele del salón, que entonces era en blanco y negro, con solo dos canales.

En la bodega mataba las horas escuchando la cháchara de los parroquianos y viéndoles jugar al billar. Leyendo tebeos que también cambiaba en el estanco. Y tomando unos chatos de vino.

Sí. Han leído bien. Entonces era corriente que los chicos bebieran. Se les servía con normalidad en los bares, aunque ahora nos resulte aberrante. Y fumábamos. Eso me había costado más lucha, pero al final mis padres lo habían aceptado. También el tabaco había despertado en el tío Benito recelos. Hasta telefoneó a mis padres para asegurarse de que tenía permiso para fumar.

El caso es que, aquella noche, la partida se alargó algo más que de ordinario. Y, cuando cesó el golpeteo de las fichas contra la mesa, aún se quedaron un buen rato sentados, charlando, y el bodeguero se unió a ellos. Se les notaba a gusto y se marcharon a regañadientes. No era muy tarde, pero en el campo siempre hay mucho que hacer y la gente ahí madruga.

El tío Benito fue de los últimos de la cuadrilla en marcharse. Cuando salimos a la plaza, de hecho, no había ya un alma. Solo calor nocturno, resplandor de bombillas y mosquitos y murciélagos revoloteando al resplandor. Ahí se despidieron los rezagados. Cada cual se fue para su casa. En el pueblo no debía quedar despierto ya más que alguno enganchado a las últimas horas de la televisión, que acababa programa como a la medianoche.

Fue entonces cuando me espetó de repente.

—Es tarde. Mejor atajamos por el callejón de las brujas.

Supongo que, tras la euforia de los chatos de vino y la charla entre amigos, se había dado cuenta de la hora que era. Y se le ocurrió ganar de esa forma unos minutos. Pero su afirmación me pilló tan de sorpresa que me produjo un sobresalto. Sobre todo porque yo era un chaval y llevaba también mis vinos. En esas condiciones, cuesta disimular.

Me observó casi burlón.

—¿Qué pasa, sobrino? ¿Qué te asusta tirar por el callejón?

Reparo me daba, desde luego. Pero no es buena cosa decirle a un adolescente que tiene miedo. Lo cierto era que, alguna vez, me había acercado de noche a la boca del callejón y había jugado con la idea de echarle valor y recorrerlo. Pero siempre me había echado atrás. Si hubiera mediado alguna apuesta, tal vez. Pero, por el simple hecho de probarme mi valor a mí mismo, nunca me había atrevido. Y ahora me retaban.

—Qué va… ¿Por qué?

Se echó a reír y, con una seña, me indicó que fuéramos adelante. Ya sabía yo que el tío Benito había atravesado a veces el callejón, de noche. De noche. A la luz del día se podía pasar sin problema, aunque casi nadie lo hacía. Yo lo hice en una ocasión, para probarme. Y fui intranquilo.

Llegamos en seguida a la boca del callejón. No solo era estrecho sino también tortuoso, de forma que uno no veía más que unos pasos delante o detrás. Algo que no ayudaba al sosiego. Estaba en penumbras. Por lo visto, nunca tuvo alumbrado. ¿Para qué, si nadie pasaba por ahí? Pero, un día, un alcalde socarrón, harto de oír a algunos bravos de taberna afirmar que ellos no lo cruzaban, no por miedo, sino porque estaba negro como boca de lobo, puso algunas farolas. No gran cosa: bombillas desnudas, protegidas por caperuzas cónicas de metal. Lo bastante como para mantener en penumbra mortecina el pasaje y, al menos, no tropezar.

Y bajo la farola de la esquina nos plantamos. El tío se volvió hacia mí.

—No tendrás miedo, ¿no?

—¿Y usted?

Lo mejor para evitar una pregunta es otra pregunta. Pensé que me iba a soltar algún refrán de pueblo, pero la contestación fue bien distinta.

—¿Yo miedo? ¿Por qué? Justo yo no tengo nada que temer en este callejón.

Algo debió ver en mi rostro, al resplandor amarillo de la farola, o puede que cayera de repente en la cuenta, porque añadió:

—¿Tú sabes por qué llaman a esto el callejón de las brujas?

La verdad es que no lo sabía. De hecho, nunca pensé que existiera alguna razón concreta. El mundo está lleno de personas, objetos y lugares con una determinada fama, mala o buena, sin que nadie conozca el motivo. Y había supuesto que este era uno de tales.

—Lo llaman así porque, si pasas de noche, te arriesgas a que te salga al paso algún muerto, a pedirte cuentas de lo que dejaste pendiente con ellos en vida.

Ahora, con años a las espaldas, creo que era una buena razón para temer al callejón. Pero, en aquel momento, me quedé más bien perplejo.

—¿Y a usted no le da miedo eso?

—Pues no. Siempre respeté a mis mayores y a mi esposa, que en paz descansen. Nunca engañé ni dañé por maldad a nadie. Así que no tengo nada que temer. En cuanto a ti… digo yo que eres demasiado joven para tener cuentas con ningún difunto.

Cambió de humor.

—Pero vamos, hombre. Que, con tanto hablar, en vez de atajar tardaremos más.

Me ahorré el replicarle que había sido él quien se había parado en la esquina a parlotear. Se había acostumbrado a explayarse, con eso de tener fama de leído y que la gente le consultase. Y, además, esa noche iba algo tocado por los vinos de más.

Entró y yo le seguí. Y así fue cómo crucé a medianoche el infame callejón. Iba inquieto, lo reconozco, con el vello de los brazos erizado. Y eso que, como bien decía el tío, no tenía cuentas con ningún muerto. De ser ahora, supongo que habría unos cuantos esperándome. Pero es que era inquietante, con el calor y la penumbra, con un silencio que no rompían ni las moscas.

El callejón era tan estrecho que impedía ir lado con lado con comodidad, por lo que el tío iba un poco delante, con las manos en los bolsillos y la boina calada. ¿Cómo no iba a ir a gusto yo, si aquello era tortuoso y casi a oscuras? Tan metido iba en esas sensaciones de incomodidad que, cuando el tío se paró en seco, a punto estuve de chocar con él. Quise preguntar pero, al mirar más allá de él, ya no me hizo falta.

Había un hombre caído contra una tapia. Despatarrado, la cabeza sobre el pecho, los brazos a los lados.

—¿Está muerto? —Pregunté por lo bajo.

—¿Muerto? ¿Cuándo se habrá visto un muerto que ronque?

Se llegó al yacente con dos zancadas, para sacudirle con vigor el hombro.

—¡Graciano! ¡Eh, hombre, Graciano!

Tuvo que menearlo no poco, hasta que el otro abrió los ojos y alzó de manera trabajosa la cabeza. Balbuceó algo. Aquel hombre estaba como una cuba. Había estado esa noche en la bodega y ya le había visto yo borracho más de una vez. Bebía mucho y, cuando se marchó, lo había hecho haciendo eses.

—Ayúdame, sobrino.

Entre los dos, le aupamos por los sobacos. Era tan difícil de manejar como un fardo. Volvió a farfullar algo ininteligible. Pero el tío no quiso entrar en diálogos.

—Anda a casa, Graciano. Venga, hombre, que es tarde.

Le dio un empujón suave. Y el otro echó a andar, más comatoso que obediente, en sentido contrario al nuestro, dando traspiés y mascullando. El tío meneó la cabeza.

—Venga, sigamos.

Tardamos poco en salir del callejón, la verdad, porque no era tan largo. Pero a mí se me hizo eterno. En la esquina, el tío se encendió un cigarrillo.

—Aprende de ese, que es todo lo que no debe ser un hombre.

—¿Qué le pasó? ¿Iba tan borracho que se metió en el callejón por error?

—¡Qué va! Ese sabía lo que hacía. Cuando se emborracha, a veces viene al callejón.

—¿Tampoco tiene que temer a los muertos?

—Todo lo contrario. Siempre fue un bicho. Antes me metería yo en tratos con una culebra que con el Graciano.

—¿Entonces…?

—Ese viene a ver si se le aparece su mujer, la Simona, que en paz descanse. Esa era una bruja, tan mala o peor que él. Andaban todo el día discutiendo, peleándose. Se hacían la vida imposible, el uno al otro.

—No entiendo.

—La Simona cogió un cáncer. Sabiendo que se iba a morir, escondió todo el dinero que tenían y se llevó el secreto de dónde pueda estar a la tumba. Dejó al Graciano en la ruina. Y él ha estado buscando ese dinero desde que murió su mujer, sin éxito. Y por eso, a veces, cuando se emborracha, viene al callejón.

—¿A ver si se le aparece su mujer y le dice dónde está el dinero?

—No. A buscar pelea con ella. En este caso, es un vivo el que tiene cuentas pendientes con un muerto.

—¿Y se le aparece?

—No. Ni se lo hará.

Lanzó una bocanada de humo, con los párpados entornados y una sonrisa pensativa.

—La Simona era más mala que un dolor. Como sabe que el Graciano la busca para disputar, justo por eso, para fastidiarle, no se le aparecerá nunca.

 

 

 

© León Arsenal 2018. Todos los derechos reservados. Se prohibe expresamente la reproducción total o parcial de este texto.