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Para mí este es un día triste, merced al hecho de que se ha suprimido la asignatura de Educación para la Ciudadanía. ¿Qué era perfectible? Claro, ¿y qué no? ¿Qué sectarios de signos varios habían aprovechado lo que se pensó para formar a los jóvenes en la sociedad y sus instituciones para adoctrinar en sus «verdades absolutas»? Si, es cierto.

Pero, dígamne. Todos sabemos que algunos nacionalistas en el poder han usado la asignatura de Historia para falsear, crear falsos pasados y sembrar odios absurdos. ¿Y por eso tendríamos que suprimir la asignatura de Historia? Ridículo. Solo se debe suprimir lo superfluo, lo inútil y lo pernicioso. Lo útil, beneficioso y necesario., como era el caso de Educación para la Ciudadanía, debía perfeccionarse.

Así no es es como se avanza. Pero me parece que esa asignatura nunca tuvo una oportunidad. Políticos sin horizontes la convirtieron en un pim pam pum. Lo que debía ser una herramienta para perfeccionar a la sociedad y los ciudadanos fue visto por muchos como una arma ideal para atacar al enemigo, desde uno u otro costado. Este es otro ejemplo de cómo un mismo palo puede ser báculo en el que apoyarse al caminar o arma con el que romper cabezas ajenas.

En fin. No desesperemos, otras oportunidades habrá. Ser español es aprender a ser paciente… y perseverante.

Hoy me mira la luna
blanca y desmesurada.

Es la misma de anoche,
la misma de mañana.

Pero es otra, que nunca
fue tan grande y tan pálida.

Tiemblo como las luces
tiemblan sobre las aguas.

Tiemblo como en los ojos
suelen temblar las lágrimas.

Tiemblo como en las carnes
sabe temblar el alma.

¡Oh! la luna ha movido
sus dos labios de plata.

¡Oh! la luna me ha dicho
las tres viejas palabras:

«Muerte, amor y misterio…»
¡Oh, mis carnes se acaban!

Sobre las carnes muertas
alma mía se enarca.

Alma ?gato nocturno?
sobre la luna salta.

Va por los cielos largos
triste y acurrucada.

Va por los cielos largos
sobre la luna blanca.

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    ARRUGAS EPK sec 19 – HD 16.9
  2. A partir del gran cómic de Paco Roca, Premio Nacional de Cómic, han creado una película a mi juicio memorable. Lo mismo que las películas de humor te hacen reír y las de terror te espeluznan, Arrugas te deja ese mal cuerpo que causa la presencia de la fata, lo inevitable. Porque es la historia de Emilio, un anciano que con inicios de Alzheimer es internado en una residencia. Y a partir de ahí su historia, la evolución de la enfermedad, su relación con el compañero de habitación y el resto de internos…
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    "Arrugas", una historia con mensaje que triunfa
  4. La aventura, el riesgo de hacer una película así, máxime en un país que todavía en buena medida piensa que la animación, los «dibujos animados», son para niños, ha tenido al menos su primera recompensa. Grandes críticas, muy merecidas. Y nominaciones a los Goya (Mejor película de animación y mejor guión adaptado), así como preselección para los Oscar.
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    Llega a los cines la película de animación “Arrugas”, Telediario – RTVE.es A la Carta rtve.es/v/1304835/ via @rtve Una gran pieza!
  6. Hoy mismo se estrena la película. Así lo anunciaba en su twitter el propio productor de la obra, Manuel Cristóbal.
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    CRÍTICA DE LA PELÍCULA “ARRUGAS”: ¡EXCELENTE! tinyurl.com/77sa3q3 @perroverdefilms #Goya
  8. Y lo dicho, aunque se estrena hoy mismo, por supuesto que ha habido pases para prensa especializada, que no ha podido ser más entusiasta. Aquí tenemos un ejemplo.
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    Las ‘Arrugas’ son las protagonistas: La película basada en el cómic de Paco Roca y con posibilidades en los Goya… bit.ly/wf6dmp
  10. Y otra crítica más.
  11. Y otra más
  12. Y aquí por último la propia web oficial de la película. Tuve la oportunidad de asistir ayer al preestreno en Madrid y como digo al principio salí encantado y con mal cuerpo. Ese mal cuerpo es un halago a una obra conseguida, es lo mismo que decir que pasé miedo viendo una película de terror o que reventé a reír con una de humor, como antes dije.
    Arrugas ya tiene el reconocimiento de la crítica. La nominación a premios. Ahora esperemos que tenga también el concurso de los espectadores a las salas. De verdad que la obra la merece. Si piensan que este pequeño artículo es parcial, tienen razón. Yo no soy juez entre dos partes. Tampoco crítico, que no sé de cine. Pero sí soy espectador y creánme: es una película que merece la pena de verse.

Rescato este ya viejo artículo del 2005 (¡cómo pasa el tiempo!) que en su día escribí a petición de literaturas.com

 

 

Así como hay géneros que tienen una características muy concretas, que definen a las obras que se encuadran de lleno dentro de los mismos (no hay más que pensar en la literatura de piratas, oeste o ciencia-ficción), otros, como el gótico, siempre han sido mucho más indefinidos, una suerte de territorios de límites imprecisos, en los que las novelas catalogadas como tales no tienen, a veces, nada que ver las unas con las otras.

El género gótico en sentido estricto nació en la segunda mitad del siglo XVIII, a la sombra del Racionalismo, y no tardó en alcanzar una popularidad enorme, de la mano primero de Hugh Walpole y, después, gracias a las obras de Ann Radcliffe . Sin embargo, no tardó en experimentar un declive –tan rápido como su ascenso- por culpa sobre todo de los abusos de estilo, lo limitado de las propuestas y la mala calidad media, hasta el punto de que una obra como Melmoth el Errabundo , de Charles Maturin , publicada en 1820, está considerada como el canto del cisne de un género que ya agonizaba.

Sin embargo, aquel gótico primero de castillos en ruinas, linajes añosos, pasadizos, fantasmas ensangrentados y cadenas resonantes iba a sobrevivir, de alguna forma, a su muerte por agotamiento. El apelativo gótico había de trasmitirse a una serie de obras posteriores que se caracterizaban, sobre todo, por los ambientes opresivos y turbios; algo que ha llegado hasta nuestros días, en el que esa palabra define por sí sola a una obra, sea cual se la manifestación artística de la que estemos hablando. Y si el gótico subsistió, fue tal vez gracias a que aquellos autores, en su búsqueda de peligros cada vez mayores a los que exponer a sus heroínas, fueron ahondando más y más en la maldad de sus villanos, hasta abrir las puertas –aunque el narrador manifestase siempre su horror y reprobación- a la perversidad, a la infamia, a toda una serie de tinieblas del alma que jamás iban a abandonar ya la literatura.

A partir de ese punto de inflexión, sea o no la intención de su autor, le guste o no, cuando una obra transita por ciertos caminos literarios, recibe de inmediato el apelativo de “novela gótica”. Y uno de los elementos que sin duda con más fuerza sirven para ganar tal sello es la decadencia. Decadencia que puede ser tanto física, como material como moral, que está presente ya en el gótico primero de Walpole Radcliffe y que, posiblemente, le dio esa atmósfera tan peculiar –mucho más que el atrezzo de castillos, armaduras y fantasmas con cadenas- que cautivó a lectores de paladar cultivado, pese a lo pueril de las tramas, las heroínas insulsas y, en muchos casos, el estilo literario deficiente.

Aquellas primeras novelas van a cuajar para siempre en la imaginación popular y van a hacerlo sobre todo por sus atmósferas fantásticas y sus villanos retorcidos, que pertenecen a menudo a estirpes antiguas y de sangre degenerada. Y es ahí donde aparece ese regusto a decadencia que encabeza estas líneas, y que va a definir para siempre al gótico. Porque esos villanos son mucho más interesantes que los héroes y heroínas de las novelas, y son los que de verdad recuerda el público y dan entidad a las novelas. Y el protagonismo de los perversos en el gótico es algo que no hará sino acentuarse a lo largo del tiempo.

Si hablamos de decadencia moral, tenemos que recordar aquí a Ambrosio, el protagonista deEl monje , de Mathew Lewis , y a Melmoth el Errabundo , de la novela del mismo nombre deCharles Maturin . Ambos se hunden en las tinieblas espirituales, el primero arrastrado con engaños y el segundo por propia voluntad, tratando de ganar la vida eterna. Ninguno de los dos va a encontrar al final del camino otra cosa que la perdición, pero a lo largo de su periplo van a llevar al lector a través de laberintos de degradación, vampirismo, necrofilia y traición.

El regodeo en la corrupción –aunque no siempre tan exagerado con en El monje, con sus violaciones, incestos, asesinatos y degradación- va a estar presente en todo momento en las obras calificadas como góticas, sea cual sea su origen y época. Es así desde El Manuscrito encontrado en Zaragoza , del conde polaco Jan Potocky , a Dorian Gray , de Oscar Wilde , pasando por el Vathek de William Beckford . En todos ellos, sus protagonistas descienden peldaño a peldaño en la corrupción y, en muchos casos, no son sólo corruptos, sino corruptores, que disfrutan de sus acciones. Todos ellos encontrarán al final un fin terrible y la condenación eterna.

Sin embargo, la decadencia está presente en el gótico no sólo en el plano moral, sino también en uno meramente material. Las mansiones decrépitas, los parajes desolados, las ruinas de todo tipo han sido siempre escenarios muy queridos para el género, incluso mucho después de que los castillos medievales del gótico primero hubiesen sido abandonados. La escenografía gótica es algo que el cine ha sabido explotar con suma habilidad, aunque los excesos hayan hecho que a veces resulte risible. Pero, bien manejados, son recursos imperecederos, y si no baste de ejemplo la mansión de estilo neogótico de Psicosis , que trasmite con su sola presencia angustia y una atmósfera opresiva que refuerza la inquietud del espectador.

A veces cabe hablar incluso de una decadencia física, en cualquiera de sus órdenes, que suele ir unida a la degradación moral. Quien más y mejor ha utilizado tal recurso es H.P. Lovecraft , obsesionado por los linajes antiguos y la degeneración. En sus obras están muy presentes los personajes de sangre antigua y corrupta, que se manifiesta tanto en el físico como en el alma. Desde El horror de Dunwich La sombra sobre Innsmouth , se puede decir que ese tema ha sido una constante en todo su famoso ciclo de Los mitos de Chtulhu, consiguiendo a menudo registros magistrales.

Pero el grado más extremo del gusto por la decadencia, dentro de la literatura gótica, lo encontramos en esa querencia por la muerte y los muertos que aparece en muchas de sus mejores novelas. Una necrofilia que puede serlo en sentido lato, ya que en realidad se trata de una predilección por los temas mortuorios y lo macabro, pero que también puede serlo en sentido estricto, ya que encontramos no pocas obras donde los personajes tienen relaciones con cadáveres, sea de grado o con engaños. A tal respecto, cabe recordar por ejemplo escenas como la de El manuscrito encontrado en Zaragoza . El infortunado protagonista, en su viaje por Sierra Morena, tras toda una noche de placeres con dos princesas moras en un palacio subterráneo, despierta a la mañana siguiente no en lecho de seda, sino en el suelo de tierra, bajo un patíbulo, y no flanqueado por dos beldades, sino por dos cadáveres de ahorcados ya putrefactos.

Sin llegar a esos extremos, la querencia por la muerte y los amores con difuntos abarrotan el gótico. Es un tema antiguo en la literatura –baste recordar Las noches lúgubres , de Cadalso-, y adquieren carta de naturaleza en obras como Muertas enamoradas , de Theophile Gautier o en El asno muerto y la mujer decapitada , de Jules Janin , que narra la peripecia de un personaje empeñado en desenterrar a su amada –como el Tediato de Cadalso - que ha sido ejecutada en la guillotina, para darle una sepultura decente.

Podría uno creer que todo esto, como fondo y como atmósfera, tendría que haberse agotado hace tiempo. Y así es, en efecto, así ha sido con las viejas fórmulas. Pero, lo mismo que los castillos encantados y los fantasmones dieron paso a comienzos del XIX a nuevos escenarios, así hoy en día el gótico, en manos de autores de talento, da nuevas obras, sin perder las viejas esencias. Y, a tal efecto, me gustaría señalar un cuento de Angela Carter El vendedor de sombras , incluido en la antología Los nuevos góticos. Aquí encontramos toda la decadencia del gótico, pero trasplantado a la decrépita mansión de un antiguo cineasta de la edad de oro del mudo, en Hollywood. La decrepitud está aquí en la ancianidad, los recuerdos, la fama y la riqueza idas… nuevas vueltas de tuerca, con el regusto a decadencia de siempre.

Escronsciente

Por lo normal, cuando me quedan cincuenta o sesenta páginas de una novela, me embalo y acabo de tirón. Es lo lógico. A esas alturas de una novela, ya no se está para cambios ni fiestas. Dicen los que saben (o los que dicen que saben) que todo tiene que estar planteado en el 40% primero de la novela. Que más allá de ese punto no hay que meter nuevas ideas, tramas, personajes significativos…

Bueno, es una opinión. Pero vamos, que tampoco es muy razonable meter diez páginas antes del final a un personaje nuevo que encima es el asesino. Eso es cierto.

Pero, por no dispersarme, el caso es que en esta ocasión, con esta novela, no me ocurre ese efecto sprint. Qué va. De repente, tan cerca de la orilla, es como si estuviera nadando en arena. No me he atascado, porque todo está planteado, pero esto se ha frenado.

Es temporal, cosa de pocos días. Y no me lo tomo a mal. Antes al contrario, tengo que reflexionar sobre esto. Si ya está todo encarrillado, es que se ha encendido un piloto rojo. Algo avisa de que alguna trama es mejorable, que hay que dar más protagonismo a algún personaje o que hay que reforzar o eliminar algo.

Seguro. Eso es el inconsciente del escritor, que existe. Una especie de rebotica de alquimista en la trastienda de tu cabeza. Ahí se cuecen por su cuenta, a veces a lo largo de años, ideas que luego afloran en nuevas novelas. ¿Podríamos llamarlo el escronsciente? El caso es que uno aprende a hacer caso. Total, es solo sentarse un rato con uno mismo o dar un paseo. Despegarse un rato de lo inmediato del escribir y en seguida aflorará. Ese parte de tu cerebro, al revés que el subconsciente, no es nada perro excepto en lo tenaz. Y es muy agradecido. Aliméntalo de imágenes, conversaciones, olores, pensamientos, lecturas, y jamás te fallará. Es la mejor inversión a largo plazo cuando se escribe.

Una amiga me comentó el otro día que había muerto Bob Anderson. Confieso que mi primera reacción fue una simple cara de palo. No sabía quién era Bob Anderson. Así que mi amiga, algo irritada, me aclaró que era uno de los que hicieron de Darth Vader en la primera de Star Wars. Bueno. Esa película me encantó, pero nunca fui devoto de ella y, desde luego, mucho menos de la serie. Sin embargo, esa información añadida me hizo recordar.
Recordar cuando allá por el 2004 yo era jurado en uno de los premios del festival de cine de Sitges. Me acuerdo que deambulaba por el vestíbulo del Meliá Sitges cuando Christopher Priest –también invitado en esa edición y un verdadero caballero- me presentó a un señor de edad, muy alto y de pelo blanco, que caminaba apoyándose en un bastón.
Algo farfulló en inglés que no entendí. Y él, al darse cuenta, me tendió la diestra al tiempo que se presentaba con voz más alta.
-I am Darth Vader.
Que sí. Que eso dijo. Uno, como algo de tablas tiene, no cambió de color. Le estreché las manos mientras murmuraba: «Encantado. I am León Arsenal». Y para mis adentros recuerdo que pensé.
«¡Ay, Dios! ¡Darth Vader con garrota.!¿A dónde vamos a llegar?».
No me estaba vacilando. Alguien me dijo que era uno de los actores que se embutieron la armadura del temible villano galáctico en la primera película de la serie. Y eso es lo que me da que pensar que bien pudiera ser este Bob Anderson que ha muerto hace nada. He mirado fotos en Internet. Sí, podría ser él. Y si no lo es, le deseo larga vida, por supuesto.
El caso es que el hombre andaba por Sitges presentándose así. Y se dejaba fotografiar con fans. Pero no gratis, ¿eh? A 50 euros la foto. Sí, cincuenta, e hizo su agosto. Pero mejor se ahorran los sarcasmos y la sonrisa de medio lado. Su agosto a la manera de las hormigas. Que para los artistas siempre llega el invierno y para los artistas de medio pelo ese invierno puede ser muy, muy largo. Por eso conviene aprovechar los escasos agostos.
Aquel encuentro fue la guinda de todo un pastel. Porque Sitges estaba aquel año tomado por devortos de la saga Star Wars. Habían estrenado ya la primera película de la segunda trilogía y aquello hervía de fans. Fans disfrazados.
Y yo deambulaba por Sitges atónito. ¡Ay! Aquellas princesas Leias de mediana edad, con sus rodetes de pelo y culonas. ¡Ay! Aquellos caballeros jedy cuarentones de mantos parduscos, espadas de luz, con su tripa y fondones.
Fue entonces cuando se me ocurrió una idea que jamás me ha acompañado. Todos aquellos disfrazados andaban entre los cuarenta y los cincuenta. No eran unos niños. Para que luego digan de los jóvenes. Seguro que muchos de ellos tenían hijos. Primero me pregunté qué pensarían ellos si vieran a sus chavales disfrazados según mitomanías para ellos ajenas. Y acto seguido me pregunté qué pensarían esos mismos chavales al ver a sus padres de tal guisa.
Y fue ahí cuando se me acuñó en la cabeza esa idea a la que aludía. Es la siguiente: Amigos, hay algo mucho peor que tener un hijo friki. Y ese algo peor es que te toque en suerte un padre friki.

Ayer no hubo cabalgata de Reyes. No la hubo por lo menos en el distrito de Madrid en el que vivo, Hortaleza. No es un evento que me causase nunca especial ilusión. Es más, por uno de esos azares de la vida, en todas las casas que he vivido en el distrito, la cabalgata pasaba como quien dice bajo mi ventana, con la matraca que eso supone de música a todo trapo, griterío de críos, calle cortada, apelotonamientos humanos. Pero a los chavales les hace ilusión. Y a los padres también. Y es una pena que esté tras muchos años ausente.
El caso es que esa ausencia es el ejemplo perfecto de eso que se dice de que el oficio de algunos políticos está en causar problemas donde todo iba a la perfección. Y si no, juzguen:
Porque no sé si iba a la perfección la vieja cabalgata de Reyes de Hortaleza. Pero ir, iba. Y hacía las delicias de chicos y de aquellos grandes que les gustan tales cosas. Distintas asociaciones del distrito armaban sus carrozas, que no sería ninguna para ganar ningún premio, pero la gente le echaba su ilusión. Y así recorrían parte del distrito, desde la parte baja del barrio de Canillas a la alta del pueblo viejo de Hortaleza. La gente se lo pasaba bomba y tipos disfrazados apedreaban con caramelos a grandes y pequeños entre el atronar de la pachanga.
Hasta que llegó una nueva concejala de distrito, hará unos años. Y entre las novedades que trajo fue repetir una jugada que según decían ya hizo en el anterior distrito en el que estuvo destinada. Aduciendo no sé qué problemas de seguridad, se cargó la cabalgata tradicional y le encomendó la nueva a una empresa. Allá donde las asociaciones de vecinos organizaban y ponían de su bolsillo, aparecieron unos señores de la nada a organizar ganando dinero a costa de patrocinios de empresas del barrio.
Una cabalgata por cierto mísera, de lo más cutre. O los patrocinios eran menguados, o a esa empresa de Reyes Magos inversos (porque en vez de sacar del saco metían) se le iba todo en gastos de gestión. Y encima con enfrentamiento civil. Porque claro, las asociaciones no se conformaron con ser de la noche a la mañana apartadas por decreto de la cabalgata que llevaban haciendo todos los años.
El caso es que vino la crisis. Adiós patrocinios. Y si no hay patrocinios, adiós cabalgata de pago. Y de esa forma nos hemos quedado sin cabalgata en Hortaleza. Así de triste ha sido.
¿Qué cuál es la moraleja? Ninguna. No la hay. Esto no tiene valor ejemplificante pero sí sirve de ejemplo perfecto. De dónde todo funcionaba más o menos bien y tuvo que venir un cargo político a dedo a destrozarlo todo. Lo que era gratis fue de pago, lo que era festivo se convirtió en enfrentamiento. Y al final todo por el desagüe. ¿Qué mejor ejemplo de político que se ocupa de crear problemas en vez de resolverlos? Creo que esa concejala ya no está en el distrito. Dios o el Diablo ayuden a los «beneficiarios» de su nuevo destino. Lo que les llega puede calificarse de muchas maneras. Desde luego, no de «Rey Mago».

No somos nada

No somos nada, no. Es un comentario que acabo de escuchar repetido hace unos minutos, mientras desayunaba en el bar. Duermo poco en los últimos tiempos y, como me desperté a las seis y el trabajo hoy se está dando bien, bajé al bar de costumbre. De costumbre, de parroquianos habituales, de vida de barrio. Y hoy todos enfrascados en una conversación a muchas bandas.

-¿Se sabe al final que ha sido?

-Infarto. Seguro, infarto.

-¿Pero de quién estáis hablando? ¿Qué ha pasado?

-Agustín. Se ha muerto.

Caras estupefactas.

-¿Agustín? ¿Pero Agustín el de la lotería? Pero si estaba ayer aquí tomando cañas. Pero, pero, pero…

Asombros, pasmos. Que si sucedió a la tarde. Que si le entierran esta noche, a las ocho y media. Que vaya horas.

Y yo rumiando las porras, con los ojos puestos unas veces en mi café con leche y otras más allá de las vidrieras, en los 2 grados que marcaba el termómetro de la parada del bus.

Parecía asombrar a todos que el buen hombre hubiese deambulado por el barrio tan tranquilo, comiéndose un filete de menú, de cañas por la tarde… y al anochecer fulminado por un ataque. Y a mí lo que se me estaba era atragantando el café oyéndoles, porque uno no suele esperar que la Muerte haga acto de presencia al desayuno.

Era una especie de funeral espontáneo. Un lugar al que el finado acudía desde hacía años, en el que era conocido, y ahora se le homenajeaba a la manera de los bares. Y entre las frases que los presentes pronunciaban no faltaban muchas frases hechas del tipo «no somos nadie» o «estamos aquí de paso». Manidas, sí. Pero bien reales.

Una expresión concreta me llamó la atención. «No somos nada». Eso ha dicho un par de veces un camarero. No «nadie» sino «nada».

Al salir al frío exterior, con ese «nada» todavía en los oídos, se me vino a la cabeza el epitafio más impresionante que haya leído jamás. Uno inscrito en una lápida en la Sacramental de San Justo, en la margen sur del Manzanares.

Uno que dice:«Polvo, cenizas, nada». Solo eso. Escueto, harto sobrio. Y sin embargo daría para reflexionar toda una vida, escribir cerros de folios. Sintetiza aquello en lo que se convierten los que se van y lo que esa pérdida deja a los que los aman. Pero ¿para qué escribir esos cerros de folios? Si ese es uno de los milagros del idioma. La capacidad de resumir en tres palabras lo que explicado serían tomos y no alcanzarían su precisión. Son tres palabras que lo dicen todo.

«Polvo, cenizas, nada».

Preferiría obsequiaros con un cuento de Navidad, de esos amables y que entibian aunque un poco los tuétanos. Pero este es un relato bastante aterrador. Digo relato porque está compuesto presentación, nudo y desenlace, con vuelta de tuerca final. También porque voy a relatarlo. Sería fácil dramatizarlo, convertirlo en cuento de pleno derecho, pero no tengo ganas. Os lo regalo si es que alguno se anima. Todo vuestro.

Este es el relato, porque así sucedio:

Presentación: El pasado domingo acudí a la casa de mis padres. Suelo comer ese día con ellos. Aminoré el paso al ver la puerta de un jardín abierta, un par de casas más abajo. Y que en el umbral estaban de palique policías y gente de los servicios sociales del Ayuntamiento. ¿Qué había pasado? A los habitantes de esa casa los conozco de casi toda la vida; desde que siendo yo un ñajo nos mudamos a ese barrio. Viven en ella un hombre de edad muy avanzada y no del todo en sus cabales, y su hija de sesenta y tantos. La esposa murió hace ya años.

¿Qué había pasado?

Nudo: Ya en casa de mis padres, las consabidas preguntas. ¿Qué ha pasado? He visto… ¿Ha pasado algo? Y sí. Había pasado algo. Pero no al anciano sino a su hija. Por lo visto llamó a emergencias ya de noche para pedir ayuda porque se sentía muy mal.

Acudió la policía. Tocaron al timbre sin éxito. Llamaron a casa de los vecinos y eso incluye a la de mis padres. Pidieron información. Y por lo visto, dado que nadie respondía, se marcharon.

Sí, amigos. Se marcharon.

Desenlace: Mientras comíamos llamó otra vecina. Anunció a mi madre que la hija había muerto. Los de los servicios sociales que yo había visto estaban ahí para atender al anciano padre. Fin de la historia.

O no.

Vuelta de tuerca: La hija murió sobre las cinco de la madrugada. Había pedido auxilio por teléfono. La policía y los sanitarios fueron, no les abrieron y se marcharon. ¿Pero cómo iba a abrir si agonizaba y su padre es muy viejo, sorderas y algo enajenado? Así que se fueron. Y ella se quedó allí muriéndose, hasta apagarse del todo a las cinco de la madrugada.

Moraleja: no la hay.

Reflexión personal: Pues vaya mierda de sistema si no ha desarrollado protocolos para estos casos. Aducían los policías que si no les abren y no hay orden judicial no pueden irrumpir. Apañados vamos, porque en Madrid cada vez son –somos- más los que viven –vivimos- solos. Viejos, solteros y solterones, divorciados. Como las cosas discurran por ese camino siempre, tienen –tenemos- que estar muriendo como chinches.

Conclusión: Si esto me ocurre, cuando vuelvan días después, no dejéis entrar a sanitarios ni policías. ¿Para qué? Ya estaré difunto. Que abra camino una señora –o señor- de la limpieza. ¿Cómo que por qué? Porque soy un sujeto desordenado. Y si vienen dos días después, ¿para qué quiero médicos? Paso de ellos. Antes de que acudan familiares y amigos, por lo menos que me ordenen un poco la casa. De acuerdo con que me vean tieso en la cama o desnucado en la ducha. ¡Qué remedio! Pero que no entren con el salón sin recoger, los zapatos por el salón y el fregadero lleno de cacharros sucios. Eso sí que no. Hasta ahí podíamos llegar.

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