Concilios Cadavéricos

La otra noche, zapeando, fui a caer en uno de esos programas a los que algunos definen como de telebasura política. Supongo que llevan bastante de razón por más que el apelativo sea duro. Pero lo cierto es que diversos tipos de programas de televisión —los deportes son otro ejemplo, al menos con cierto tipo de presentadores— han ido adoptando fórmulas propias del corazoneo, desde las disputas verdureras a gritos al hecho de que tertulianos e informantes estén al mismo nivel de protagonismo que los supuestos verdaderos protagonistas: los políticos en este caso. El caso es que la otra noche andaba por ese programa cierto juez portavoz de una de las asociaciones de su profesión. Reconozcamos que el tipo es ponderado de opiniones y mesurado de expresiones, que suele hablar con tino, aunque con cierta tendencia a justificarse y a atemperar con la «opinión pública». Pero lo cierto es que esa noche se prestó a un espectáculo absurdo y tenebroso. Ante grandes fotos de artistas del pasado —Gauguin, Picasso, Van Gogh— un presentador desgranó los delitos que se les atribuyen: desde la pederastia de Gauguin al mal comportamiento con las mujeres de Picasso. Y, en cada caso, le preguntaban al juez que pena se le habría impuesto al correspondiente artista de haber vivido ahora. Fue algo grotesco. Me trajo a la cabeza aquel Concilio Cadavérico en el que, en el año 897, el papa Esteban VI mandó desenterrar el cadáver del papa Formoso para someterlo a juicio póstumo. Una locura siniestra que hizo que un papa posterior decretase que no se podía juzgar a un muerto… algo que, por cierto, parece que algunos vuelven a poner en tela de juicio en estos días. No se puede juzgar a un muerto, no. Ni se pueda aplicar a las gentes de otras épocas nuestra perspectiva cultural. Un caníbal en ciertas islas polinesias del siglo XVIII no era más el que un individuo medio en esa sociedad, en aquel lugar y momento. En cambio, un caníbal en una sociedad europea actual es un ser patológico, ajeno a tal sociedad. Que alguien quiera juzgar a cierto poeta porque su esposa tenía 14 años en el momento de la boda, a comienzos del siglo XX, es una barbaridad. Y si encima se hace como espectáculo es un espectáculo esperpéntico propio del Gran Gignol. Y, como coloquialmente se dice, es de mentes enfermas.

Roma o la socialdemocracia de los ricachones

Tenemos la mala costumbre de creer que, en muchos aspectos, nuestra civilización es única y sin parangón. Y justo por eso, cuando vemos en otras sociedades fenómenos o mecanismos quizá no iguales pero sí semejantes a los de la nuestra no somos capaces de reconocerlos como tales. Un ejemplo muy claro lo tenemos en la cuestión de la redistribución de la riqueza. En la mayor parte de las culturas humanas, a lo largo del tiempo, han existido personas y grupos que han tenido a acumular posesiones y tener más que la media de sus conciudadanos. Y en muchas de esas culturas se desarrollaron fórmulas para redistribuir parte de esa riqueza que se acumulaba en unas pocas manos. En Europa, en el siglo XX, se implantó la socialdemocracia, que es un modelo tan exitoso como controvertido. Para la mayoría es una forma razonable de reequilibrar y de financiar igualdad social, pero los hay que lo ven como una trampa por la que los que más tienen ceden una fracción comprando así paz social. En realidad, como se ve en algunos países, ni siquiera es así: paga un tramo medio y alto de la población, pero los que están en la cúspide tienen mecanismos y artefactos como las sicav para pagar proporcionalmente mucho menos de lo que les correspondería. Un modelo curioso de redistribución era el potlach de los indios del noroeste americano. Ahí, cuando alguien acumulaba demasiado, despilfarraba su fortuna en regalos y banquetes para sus vecinos. Eso parecerá muy exótico, pero en la misma España encontramos lugares en las que los más pudientes se entregan a gastos desmedidos en los festejos. Y si no, fíjense en fiestas de moros y cristianos como las que se celebran en Alcoy. Lo cierto es que tanto el potlach como esos festejos españoles tienen una ventaja: la merma patrimonial se compensa con un aumento notable del prestigio. Algo que no ocurre en la mucho más gris socialdemocracia con su pago de impuestos. El método romano se parecía más a los primeros que a la segunda, pese a que yo la haya catalogado aquí de socialdemocracia de ricachones. Lo hago en el sentido de que en Roma los poderosos, los senadores, lo tenían prácticamente todo mientras que la plebe no tenía nada, al punto de depender de los repartos de trigo. Por eso los ricos se cuidaban de financiar juegos de gladiadores y también de que se sirvieran banquetes y se dispensara bebida durante las fiestas romanas —de las que había una cada dos días, como quien dice— y con cualquier motivo señalado como bodas y aniversarios. Eran listos los senadores romanos y sabían que para seguir arriba algo hay que repartir entre los de abajo. Con esa fórmula compraban estabilidad social en un sistema en el que ellos lo tenían todo, ocupaban los cargos y estaban en lo más alto, y de paso ganaban en dignitas, que para ellos era algo más valioso que el oro. De eso es de lo que hablo en el podcast.  

Callejón de las brujas

Muchos pueblos españoles tienen callejones de nombres extraños, cuando no inquietantes. Callejón de las ánimas, Callejón del infierno, Callejón del diablo… Callejón de las brujas es uno bastante extendido. Hay muchos de ellos por toda la geografía española. O los había. En las últimas décadas, la tendencia ha sido la de eliminar del callejero todos aquellos términos que puedan incómodos, estrambóticos o antiestéticos y sustituirlos por el nombre de alguna personalidad local.

En el pueblo de mi familia materna, también hubo en tiempos un callejón de las brujas. Yo lo llegué a conocer. Desapareció hace décadas y no por un cambio de nombre, sino porque todo eso lo demolieron en su día para construir adosados. Pero, cuando yo era un adolescente, aún existía y no era más una calleja estrecha entre tapias de adobe desmigado, sobre las que asomaban las higueras. Debido a su mala fama, o quizá contribuyendo a ella, ninguna puerta o ventana se abría al callejón. En todo su trazado no había más que muros de huertas y corrales a ambos lados.

Yo era muy joven. Nunca me preocupé de indagar sobre el origen de su nombre y, ahora, los que podrían habérmelo contado están ya muertos. Al menos mis familiares cercanos. Mi curiosidad no llega al punto de moverme a viajar para indagar a un pueblo que no piso desde hace más de treinta años y en el que ya no conozco a nadie.

Pero sí puedo dar fe de que, por aquel entonces, cuando aún le faltaban décadas para ser demolido, el callejón seguía siendo un pasaje temido. Muy pocos se animaban a atravesarlo de noche, aunque era un excelente atajo para llegar desde las afueras del pueblo a las cercanías de la plaza.

Uno de los osados era mi tío Benito. Ese sí que era todo un personaje, muy de los pueblos de entonces y de aquellos tiempos. En la época de la que hablo, tenía ya sus años, aunque no tantos como para que se le pudiera considerar anciano. Le recuerdo alto, huesudo, fuerte, con el pelo gris y ese rostro curtido, con arrugas muy hondas, propio de los que se han pasado la vida al sol. Porque el tío Benito era campesino y en toda su vida no hizo otra cosa que labrar la tierra.

Fue lo que se llamaba un «autodidacta». Una de esas personas sin estudios, que se instruían por su cuenta. En el caso del tío Benito, su saber le venía del amor por la lectura. Leía cuanto caía en sus manos y tenía en casa una biblioteca con libros de más diversos. Recuerdo que, entre sus tesoros, estaban los seis tomos de una enciclopedia de ciencias naturales, comprados fascículo a fascículo, y repletos de ilustraciones de plantas y animales actuales y extintos.

Esa condición de autodidacta, unida a una buena memoria, hizo de él un erudito asimétrico. Sabía mucho de unas materias y era un absoluto ignorante en otras. En su biblioteca había también literatura, claro, e igual de dispar: Homero, Galdós, Julio Verne, Somerset Maugham…a lo que había que sumar que era consumidor voraz de novelas de a duro. Pero de esas, aunque debió llegar a leer miles, había pocas en su casa porque, una vez leídas, las cambiaba por otras en el estanco.

Al ser capaz de hablar por igual sobre el rinoceronte de Java que sobre los avatares de la Guerra del Vietnam, se había convertido en un oráculo al que sus paisanos consultaban con cierta frecuencia. Lo hacían porque, cuando no estaba trabajando sus campos o recluido en casa, leyendo, era fácil encontrarle echando el tiempo en una de las bodegas del pueblo. Era viudos y sus hijos eran ya mayores y habían emigrado todos a Madrid. Así que el hombre mataba algunos ratos en la bodega, entre chatos de vino, charlas con los compadres y partidas de dominó, tute y billar.

Y yo a menudo le acompañaba.

Aquel verano, con 15 años, me pasé más de un mes en el pueblo. Había suspendido unas cuantas asignaturas y mis padres me mandaron con el tío, mientras el resto de la familia se iba a la playa. No fue tanto un castigo como una forma de obligarme a estudiar con más ahínco.

Mi familia veraneaba en un pueblo costero de Alicante. Y allí tenía yo pandilla veraniega. Chicos con los que era uña y carne durante el veraneo, aunque luego no los veía ni sabía nada de ello al acabar la estación. Mis padres temían con razón que, si me iba a la playa, poco iba a tocar yo los libros. Así que me enviaron al pueblo, donde las posibilidades de distracción eran más escasas.

No tenía yo nada en común con los chicos del pueblo, que además eran pocos. Se había producido un vacío generacional, porque muchos de la generación de mis padres habían emigrado, y los hijos de estos habían nacido ya fuera. Esa migración había afectado además mucho a mi familia. Los míos se dedicaban más al ganado que al campo, antes de la guerra, y no les fue nada bien en la postguerra, así que se marcharon todos.

El último de la familia en el pueblo era el tío Benito, porque era el único que tenía tierras. Cosa que no bastó para sujetar al terruño a sus tres hijos, que cedieron todos al señuelo de la emigración. Así que no tenía allí primos con los que juntarme. Mis padres sabían lo que hacían.

Gastaba mi tiempo en paseos, en leer libros de la biblioteca del tío y, desde luego, en estudiar. A la fuerza ahorcan. Y, a primera hora de la noche de la noche, acompañaba al tío en la bodega. O eso o quedarme en casa y ver la tele del salón, que entonces era en blanco y negro, con solo dos canales.

En la bodega mataba las horas escuchando la cháchara de los parroquianos y viéndoles jugar al billar. Leyendo tebeos que también cambiaba en el estanco. Y tomando unos chatos de vino.

Sí. Han leído bien. Entonces era corriente que los chicos bebieran. Se les servía con normalidad en los bares, aunque ahora nos resulte aberrante. Y fumábamos. Eso me había costado más lucha, pero al final mis padres lo habían aceptado. También el tabaco había despertado en el tío Benito recelos. Hasta telefoneó a mis padres para asegurarse de que tenía permiso para fumar.

El caso es que, aquella noche, la partida se alargó algo más que de ordinario. Y, cuando cesó el golpeteo de las fichas contra la mesa, aún se quedaron un buen rato sentados, charlando, y el bodeguero se unió a ellos. Se les notaba a gusto y se marcharon a regañadientes. No era muy tarde, pero en el campo siempre hay mucho que hacer y la gente ahí madruga.

El tío Benito fue de los últimos de la cuadrilla en marcharse. Cuando salimos a la plaza, de hecho, no había ya un alma. Solo calor nocturno, resplandor de bombillas y mosquitos y murciélagos revoloteando al resplandor. Ahí se despidieron los rezagados. Cada cual se fue para su casa. En el pueblo no debía quedar despierto ya más que alguno enganchado a las últimas horas de la televisión, que acababa programa como a la medianoche.

Fue entonces cuando me espetó de repente.

—Es tarde. Mejor atajamos por el callejón de las brujas.

Supongo que, tras la euforia de los chatos de vino y la charla entre amigos, se había dado cuenta de la hora que era. Y se le ocurrió ganar de esa forma unos minutos. Pero su afirmación me pilló tan de sorpresa que me produjo un sobresalto. Sobre todo porque yo era un chaval y llevaba también mis vinos. En esas condiciones, cuesta disimular.

Me observó casi burlón.

—¿Qué pasa, sobrino? ¿Qué te asusta tirar por el callejón?

Reparo me daba, desde luego. Pero no es buena cosa decirle a un adolescente que tiene miedo. Lo cierto era que, alguna vez, me había acercado de noche a la boca del callejón y había jugado con la idea de echarle valor y recorrerlo. Pero siempre me había echado atrás. Si hubiera mediado alguna apuesta, tal vez. Pero, por el simple hecho de probarme mi valor a mí mismo, nunca me había atrevido. Y ahora me retaban.

—Qué va… ¿Por qué?

Se echó a reír y, con una seña, me indicó que fuéramos adelante. Ya sabía yo que el tío Benito había atravesado a veces el callejón, de noche. De noche. A la luz del día se podía pasar sin problema, aunque casi nadie lo hacía. Yo lo hice en una ocasión, para probarme. Y fui intranquilo.

Llegamos en seguida a la boca del callejón. No solo era estrecho sino también tortuoso, de forma que uno no veía más que unos pasos delante o detrás. Algo que no ayudaba al sosiego. Estaba en penumbras. Por lo visto, nunca tuvo alumbrado. ¿Para qué, si nadie pasaba por ahí? Pero, un día, un alcalde socarrón, harto de oír a algunos bravos de taberna afirmar que ellos no lo cruzaban, no por miedo, sino porque estaba negro como boca de lobo, puso algunas farolas. No gran cosa: bombillas desnudas, protegidas por caperuzas cónicas de metal. Lo bastante como para mantener en penumbra mortecina el pasaje y, al menos, no tropezar.

Y bajo la farola de la esquina nos plantamos. El tío se volvió hacia mí.

—No tendrás miedo, ¿no?

—¿Y usted?

Lo mejor para evitar una pregunta es otra pregunta. Pensé que me iba a soltar algún refrán de pueblo, pero la contestación fue bien distinta.

—¿Yo miedo? ¿Por qué? Justo yo no tengo nada que temer en este callejón.

Algo debió ver en mi rostro, al resplandor amarillo de la farola, o puede que cayera de repente en la cuenta, porque añadió:

—¿Tú sabes por qué llaman a esto el callejón de las brujas?

La verdad es que no lo sabía. De hecho, nunca pensé que existiera alguna razón concreta. El mundo está lleno de personas, objetos y lugares con una determinada fama, mala o buena, sin que nadie conozca el motivo. Y había supuesto que este era uno de tales.

—Lo llaman así porque, si pasas de noche, te arriesgas a que te salga al paso algún muerto, a pedirte cuentas de lo que dejaste pendiente con ellos en vida.

Ahora, con años a las espaldas, creo que era una buena razón para temer al callejón. Pero, en aquel momento, me quedé más bien perplejo.

—¿Y a usted no le da miedo eso?

—Pues no. Siempre respeté a mis mayores y a mi esposa, que en paz descansen. Nunca engañé ni dañé por maldad a nadie. Así que no tengo nada que temer. En cuanto a ti… digo yo que eres demasiado joven para tener cuentas con ningún difunto.

Cambió de humor.

—Pero vamos, hombre. Que, con tanto hablar, en vez de atajar tardaremos más.

Me ahorré el replicarle que había sido él quien se había parado en la esquina a parlotear. Se había acostumbrado a explayarse, con eso de tener fama de leído y que la gente le consultase. Y, además, esa noche iba algo tocado por los vinos de más.

Entró y yo le seguí. Y así fue cómo crucé a medianoche el infame callejón. Iba inquieto, lo reconozco, con el vello de los brazos erizado. Y eso que, como bien decía el tío, no tenía cuentas con ningún muerto. De ser ahora, supongo que habría unos cuantos esperándome. Pero es que era inquietante, con el calor y la penumbra, con un silencio que no rompían ni las moscas.

El callejón era tan estrecho que impedía ir lado con lado con comodidad, por lo que el tío iba un poco delante, con las manos en los bolsillos y la boina calada. ¿Cómo no iba a ir a gusto yo, si aquello era tortuoso y casi a oscuras? Tan metido iba en esas sensaciones de incomodidad que, cuando el tío se paró en seco, a punto estuve de chocar con él. Quise preguntar pero, al mirar más allá de él, ya no me hizo falta.

Había un hombre caído contra una tapia. Despatarrado, la cabeza sobre el pecho, los brazos a los lados.

—¿Está muerto? —Pregunté por lo bajo.

—¿Muerto? ¿Cuándo se habrá visto un muerto que ronque?

Se llegó al yacente con dos zancadas, para sacudirle con vigor el hombro.

—¡Graciano! ¡Eh, hombre, Graciano!

Tuvo que menearlo no poco, hasta que el otro abrió los ojos y alzó de manera trabajosa la cabeza. Balbuceó algo. Aquel hombre estaba como una cuba. Había estado esa noche en la bodega y ya le había visto yo borracho más de una vez. Bebía mucho y, cuando se marchó, lo había hecho haciendo eses.

—Ayúdame, sobrino.

Entre los dos, le aupamos por los sobacos. Era tan difícil de manejar como un fardo. Volvió a farfullar algo ininteligible. Pero el tío no quiso entrar en diálogos.

—Anda a casa, Graciano. Venga, hombre, que es tarde.

Le dio un empujón suave. Y el otro echó a andar, más comatoso que obediente, en sentido contrario al nuestro, dando traspiés y mascullando. El tío meneó la cabeza.

—Venga, sigamos.

Tardamos poco en salir del callejón, la verdad, porque no era tan largo. Pero a mí se me hizo eterno. En la esquina, el tío se encendió un cigarrillo.

—Aprende de ese, que es todo lo que no debe ser un hombre.

—¿Qué le pasó? ¿Iba tan borracho que se metió en el callejón por error?

—¡Qué va! Ese sabía lo que hacía. Cuando se emborracha, a veces viene al callejón.

—¿Tampoco tiene que temer a los muertos?

—Todo lo contrario. Siempre fue un bicho. Antes me metería yo en tratos con una culebra que con el Graciano.

—¿Entonces…?

—Ese viene a ver si se le aparece su mujer, la Simona, que en paz descanse. Esa era una bruja, tan mala o peor que él. Andaban todo el día discutiendo, peleándose. Se hacían la vida imposible, el uno al otro.

—No entiendo.

—La Simona cogió un cáncer. Sabiendo que se iba a morir, escondió todo el dinero que tenían y se llevó el secreto de dónde pueda estar a la tumba. Dejó al Graciano en la ruina. Y él ha estado buscando ese dinero desde que murió su mujer, sin éxito. Y por eso, a veces, cuando se emborracha, viene al callejón.

—¿A ver si se le aparece su mujer y le dice dónde está el dinero?

—No. A buscar pelea con ella. En este caso, es un vivo el que tiene cuentas pendientes con un muerto.

—¿Y se le aparece?

—No. Ni se lo hará.

Lanzó una bocanada de humo, con los párpados entornados y una sonrisa pensativa.

—La Simona era más mala que un dolor. Como sabe que el Graciano la busca para disputar, justo por eso, para fastidiarle, no se le aparecerá nunca.

 

 

 

© León Arsenal 2018. Todos los derechos reservados. Se prohibe expresamente la reproducción total o parcial de este texto.

Aprendamos de y con Khan Academy

Muchos de los que saben de ello consideran que la enseñanza online es, hasta ahora, uno de los grandes fracasos o, si se quiere ser menos duro, de las asignaturas todavía pendientes en esta era de Nuevas Tecnologías. Yo, que no soy un experto, comparto tal opinión.
De momento, lo que hemos hecho básicamente es sustituir la presencia del ponente, docente o enseñante por una grabación del mismo. Era el paso más lógico, puesto que también se puede hacer con muy pocos medios. En su versión más espartana, se trata simplemente de filmar a alguien dando su charla y colgarlo en una plataforma, de manera que cualquiera pueda acceder a ese video cuando mejor le convenga. Y luego ya a eso podemos asociar documentos, cuestionarios, problemas o casos a resolver…
También hay programas pensados para la enseñanza, como el Moodle, que justamente integra todo eso que he dicho y otras funcionalidades, como la gestión de estudiantes. Algo que también se puede hacer con el Onenote para docencia. Y también hay sitios webs, como los que tienen Microsoft o Google pensados para la enseñanza. Todos, de una forma u otra, pretenden ofrecer un aula virtual.
Aulas virtuales. Ese nombre dice mucho del estado del asunto. A mi modesto entender de no-experto, lo que ocurre es que en esto de la enseñanza on-line estamos todavía en una fase analógica. Es decir: nos dedicamos a hacer productos análogos, a replicar, lo que ya había en el terreno físico. No tiene nada de malo, ¿eh? Los seres humanos funcionamos así. No es casualidad que en ofimática se hable de documentos, archivos y carpetas. Los nombres que se usan en los soportes físicos se aplicaron a los electrónicos por esa analogía citada. Y es que, al principio, los primeros procesadores de texto eran poco más que una hoja virtual en blanco donde uno escribía. Pero con rapidez se superó esa fase analógica y los documentos electrónicos se convirtieron en complejo, lleno de funcionalidades y totalmente diferente a la hoja de papel.
En la enseñanza online parece que estamos bastante atascados en la fase analógica. Sobre todo lo que hemos hecho es sustituir: el docente físico por el video, las bibliotecas por repositorios, las pruebas de examen por evaluaciones online, las tutorías por consulta… Por supuesto que todo eso nada tiene de malo. Cuando hablamos de fracaso o asignatura pendiente es porque muchos creen que, como en el caso del documento electrónico respecto a la hoja de papel, se puede ir mucho más allá. Y no damos con la forma.
Durante años he deambulado por ese mundo en la red formado por MOOCs (Masive Online Course), aprovechando que muchas de las plataformas tienen áreas gratuitas o son directamente gratuitas. Los hay desde muy simples a muy sofisticados, pero básicamente son lo que he estado contando, en un grado u otro de complejidad. Sin embargo, en ese mar de fórmulas iguales —que vuelvo a insistir que no está mal, sino que tendríamos que conseguir ir mucho más allá— destacan algunas perlas.
Quizá la joya más deslumbrante de enseñanza online que me he topado es Khan Academy, que tiene una versión en español: es.khanacademy.org. Joya por su originalidad, su eficiencia y su sencillez. Una maravilla de fundamento y funcionamiento sencillos.
En Khan Academy encontramos cursos gratuitos de matemáticas, álgebra, física, biología… Se puede acceder a cualquiera y comenzar por lo más básico o hacer una prueba de nivel. Si eliges lo que llaman Misiones, partir de ahí se accede a sucesivas pruebas. En cada una de ellas te presentan una batería de preguntas o problemas a resolver. Si lo haces, pasas a la siguiente. Si no, puedes intentarlo de nuevo. Si tienes dificultades para lograrlo o directamente no sabes, entonces puedes ver un video de pocos minutos donde te explican la cuestión o abrir una ventana de ayuda donde se te muestra cómo solucionar.
¿No es genial? Cuando acudes a un MOOC normal, lo mismo que cuando te matriculas en un curso, recibes un caudal de información en el que se mezclan cosas que sabes con otras que no. Aquí no. Avanzas a tu ritmo, lo que es todo un descubrimiento para personas como yo, que han descubierto con horror que, tras años de no usarlos— han perdido buena parte de sus conocimientos en matemáticas o física. La gente como yo entra en Kan Academy y lo que hace es avanzar cubriendo esas lagunas creadas por el tiempo: lo que sabe lo resuelve y sigue. Lo que no, se detiene y aprende.
Y, para rematar, se puede hacer a la manera tradicional, si uno quiere instruirse en una materia en la que es totalmente lego. Entonces se empieza por el principio y siguiendo el esquema clásico. Primero ves la lección, luego resuelves los problemas y, si lo consigues, pasas a la siguiente lección.
Insisto en que yo no lo conozco todo. Pero me llama la atención que esta sencilla genialidad apenas se menciona en artículos de medios online de corte general. Se dedica mucho espacio a chorradas, frikadas y ocurrencias, al tiempo que se mantiene como en sombras a una web que presta un excelente servicio gratuito. Por fortuna, a veces buscando, o por azar, o por el boca a boca, ciertas personas vamos accediendo. Y procuramos darle difusión, como hago yo ahora. Es una pena que ciertos medios no tengan entre sus prioridades apoyar iniciativas que de verdad ayudan a formarse, a cultivar el intelecto, y que lo hacen de forma sencilla, aprovechando las ventajas que ofrece la Red de una forma más que sencilla. Porque, como siempre, lo difícil no es hacer una rueda, que es un artefacto muy simple. Lo difícil fue inventar la rueda.


Invítame a un café

Una (breve) historia del vicio

Aprovecho que acabo de arrancar un remozado Las islas sin nombre para incorporar al blog secciones que me rondaban la cabeza desde hace tiempo. Una de ellas es la dedicada a comentario de libros. Hago hincapié en lo de comentario, porque hacer crítica supone toda una responsabilidad e implica —o debiera implicar— seguir ciertas pautas, entre las que tendría que estar evitarse impresiones subjetivas sobre el autor y la obra.

Yo quiero hacer justo lo contrario a crítica y ocurre que, además, estamos ya en pleno verano. Media España está maldiciendo porque se les acaban las vacaciones, otra media reniega porque siente pasar morosos los días que aún le quedan para escapar a la playa, el monte o un destino exótico, y otra media esta (estamos) jurando en arameo porque se queda (nos quedamos) trabajando, o porque no tienen dinero para una escapada.

En fin, que es buen momento para comenzar esta sección con un libro en concreto, con el que tengo una vieja deuda. La obra en cuestión es Una (breve) historia del vicio, de Robert Evans, que yo mismo traduje hará un par de años para la editorial Edaf. Y la vieja deuda es que hace tiempo que me había prometido hacer algún comentario público acerca del mismo y nunca llegaba el momento. Lo hago ahora porque el verano es propicio para leer un libro así, ya que se trata de un ensayo divulgativo sobre la muy particular relación de la humanidad con sus más que diversos vicios, a lo largo del tiempo.

Insisto: Una (breve) historia del vicio es un ensayo divulgativo. El autor no es ningún friki que se dedique a elucubrar por las buenas. Es un divulgador científico que trabaja en revistas especializadas y que, en esta obra, recopila y expone diversas teorías científicas que tratan de explicar por qué somos adictos a toda clase de hábitos dudosos, desde consumir estupefacientes a entregarnos a comportamientos conflictivos.

Lo cierto es que el libro no puede comenzar con más fuerza. Arranca con la cuestión del alcohol y el autor comienza exponiendo lo que muchos científicos se han preguntado: ¿por qué en un momento dado se extendió entre los homínidos una mutación que hizo que disfrutasen emborrachándose? En principio, tal cambio debiera ser nocivo, ya que un primate beodo se expone desde a un accidente a sucumbir cazado por grandes predadores. La posible solución parece estar en la Hipótesis del mono borracho. Sí, se llama así. Y sí, es una teoría científica seria que trata de explicar el enigma y que no les puedo contar con detalle aquí. Pueden encontrarla expuesta en multitud de lugares, incluido el libro que estamos comentando.

Y a partir de ahí se lanza a hablar de los vínculos entre distintas culturas y el alcohol. También de cómo los descubrimientos de los arqueólogos llevan a pensar que, en buena medida, el ser humano cambió la vida de cazador nómada por la de agricultor sedentario para asegurarse suministro regular de cereales con los que fabricar cerveza. Sí. Abandonen el pasmo y el escepticismo que, otra vez, es una teoría sustentando por investigadores rigurosos. Desde luego que esto no lo explica todo, pero contemplar la cuestión desde esa óptica arroja, sin duda, nuevas luces sobre el camino que ha seguido la humanidad a lo largo de su historia.

En Una (breve) historia del vicio, junto con el alcohol comparten papeles estelares otros dos intoxicantes de primera línea para los humanos: el tabaco y el café. Sobre el primero es curioso conocer (o al menos a mí me lo resultó, ya que no lo sabía) que el tabaco comenzó siendo un narcótico y el hombre domesticó la planta hasta lograr que fumar sus hojas fuese lo contrario: estimulante. Y del café que tuvo en la antigüedad usos viciosos por distintas vías que la infusión que ahora conocemos, y que sufrió persecuciones feroces a lo largo del tiempo y las latitudes. Hubo lugares en los que, en época, que te pillasen fumando o tomando café te podía costar la vida. Ya ven.

Junto a estos grandes agentes viciosos vamos a encontrar, por supuesto, otros como las drogas de diseño, la marihuana o el sudor de salamandra. Pero la cosa no se queda ahí y hay capítulos más que originales y muy atractivos. Se me viene a la cabeza el de la música (que es más antigua que el lenguaje) y cómo ha servido a los humanos para alcanzar el trance. Robert Evans realizó pruebas en Stonehenge (en una réplica de hormigón que hay en Norteamérica) a partir de las investigaciones de arqueomusicólogos. Stonehenge bien pudo ser un gran recinto musical diseñado al detalle, en el que, por ejemplo, las piedras discontinuas servirían para eliminar los ecos de la música.

También recuerdo la parte sobre por qué los humanos somos tan bronquistas. La prueba está en cómo ahora proliferan trolls, haters y ciberenergúmenos varios, aprovechando las Redes. Al parecer, en muchos casos, eso se debería a alteraciones genéticas que hacen proclives al fanfarroneo y el follón, y que en tiempos eran una adaptación, ya que empujaban a ir más allá de los límites conocidos.

En fin. Tampoco les voy a contar el libro entero. Pero ahora entenderán por qué les recomendaba este libro para el verano. Tiene unidad temática, como todo buen libro divulgativo que se precie. Pero su división en capítulos, ninguno en exceso largo, lo hacen ideal para leer sin esfuerzo en esos ratos vacíos de los días de ocio. O, para los desgraciados que se quedan (nos quedamos) trabajando, en los periodos de descanso o en el transporte público.

En lo que a la escritura se refiere, este autor me recuerda mucho al más que añorado Isaac Asimov. Y no es que su estilo se parezca en nada; en absoluto. Pero ambos encuentran un punto justo y logran hacer la divulgación amena, rápida, suelta. Evans se permite las familiaridades y las bromas justas para que el tono sea desenfadado, pero sin caer en la payasada.

Esta Una (breve) historia del vicio tiene para mí algo que es infinitamente valioso en los libros de divulgación y que no siempre logro encontrar, incluso en obras que por lo demás son excelentes. Ese algo es que no cierra cuestiones a golpe de autoridad sino que abre ventanas al lector. Aporta conocimiento y a la vez despierta preguntas. Nos da nuevas perspectivas sobre determinados aspectos de la humanidad y eso nos lleva a interrogantes. Vamos que, en esencia, Una (breve) historia del vicio alimenta lo que es el mayor de los vicios, la droga más poderosa a la que somos adictos muchos humanos: la curiosidad.

 

 

Historia para Cafres

Soy consciente de que el nombre Historia para cafres resulta chocante. Eso, en el caso de un programa de podcasts es bueno y en parte buscado, por supuesto. Los nombres de los programas, lo mismo que las portadas de los libros o los carteles de cine, buscan llamar la atención de su público objetivo. Si no consiguen ese objetivo, es muy posible que pasen por delante de los ojos —en este caso de los oídos— de sus posibles destinatarios y estos no lleguen a percatarse de su existencia. Pero, aparte de eso, hay más razones para el cambio de nombre del programa. Lo explico en un podcast muy cortito y, en esencia, me sirve para señalar el revivir del programa luego de un largo letargo, debido a un exceso de ocupaciones. Y también porque, en el intervalo, mis intereses han variado un poco. Historia para cafres es tan solo una evolución del antiguo Reflejos de la historia. No es una sustitución, en absoluto. Por eso ahí quedan los antiguos podcasts con su viejo nombre, ya que he decidido no manipularlos. Esta vez intentaré que el programa sea semanal y que haga honor a su nombre, sin desviarse ni decaer. En esencia, pretendo contar episodios históricos, así como mostrar aspectos o elementos de la historia que mucha gente jamás se ha planteado. Nunca está de más repetir que la historia se debe a multitud de factores y que no se puede reducir a una serie de nombres propios, fechas de batallas y sucesos conspicuos. Por eso, para el revivir del programa he querido elegir un episodio de lo más curioso. Las aventuras y desventuras en España de lo que podríamos llamar la primera Legión extranjera francesa, que fue enviada a combatir del lado liberal durante la I Guerra Carlista. Creo que mejor comienzo no podía haber buscado. Podéis escucharlo pinchando en reproducir.

La ciencia-ficción retro

Ando estos días revisando diversas narraciones para ver si me animo a sacar una nueva antología de historias cortas. Sería la segunda en mi carrera y casi 20 años después de aquella primera Besos de alacrán. Esta habrá de ser más heterogénea, ya que son historias que he ido escribiendo a lo largo de dos décadas y carecen de esa unidad que el fantástico daba a las de la primera antología. Pero por supuesto que algunos de los relatos se encuadran dentro de ese género —o supergénero— que llamamos fantástico. Uno en concreto, La noche roja, es una historia de ciencia-ficción que algunos se empeñan en ubicar en la lista de mis novelas, cosa que yo no acepto. No porque en realidad es una novela corta. Es verdad que sobrepasa en un par de miles de vocablos esa cifra de 40.000 palabra que muchos consideran que es la frontera entre novela corta y novela a secas. Pero si atendemos al criterio de que una novela propiamente dicha se diferencia de la corta en que tiene tramas secundarias, La noche roja es novela corta de todas, todas. Sus posibles tramas secundarias no están más que esbozadas, por ser generosos al decirlo. Pero no quería entrar aquí en disquisiciones sobre qué es y qué no es novela. Sí en que me está resultando de lo más curioso revisarla, tanto por el estilo y las soluciones, como por la temática. En cuanto a lo primero, ahora no la habría escrito así ni loco. Creo que las ideas de La noche roja tienen mucho más recorrido del que le supe dar en su día. También se podría haber escrito de forma mucho más eficaz. Sin embargo, no he querido reescribirla. Si algún día volviese sobre esos temas, haría una novela nueva. Insisto en que hará casi 20 años que la escribí. Considero que, cuando ha pasado tanto tiempo, rehacer es casi como reescribir la novela a otro. Respecto a la temática, ocurre que la tecnología que aparece ahí está obsoleta, caduca, desfasada. Eso le pasa a mucha ciencia-ficción con el paso de los años. Lo interesante es que, en este caso, tal circunstancia no afecta para nada a la novela. No porque, en la cuestión tecnológica, ya era anacrónica e incongruente de partida. Lo hice así de manera voluntaria, puesto que, como la mayor parte de mi obra de ciencia-ficción de entonces, fue un homenaje a la space-opera. Y tal peculiaridad sí que me lleva a una reflexión. Hay un montón de ciencia-ficción de corte aventurero y espacial que recurre a tecnología obsoletas y a la que podríamos agrupar bajo el término de ciencia-ficción retro. Obras que no pueden quedar desfasadas porque nunca tuvieron la pretensión de plantear futuros posibles sino de crear marcos estéticos. Me temo que no puede decirse lo mismo de mucha de la cf hard de la última década del siglo XX y de la primera del XXI. Toda esa literatura con ínfulas, empeñada en contarnos cómo sería el futuro y que resultó no solo errada sino diríamos que, en algunos casos, miserablemente errada. Es verdad que también el ciberpunk se equivocó a lo hora de contarnos cómo sería el futuro próximo. Pero los del ciberpunk, más que tratar de decirnos cómo sería el futuro tecnológico o social, jugaban con la idea de que las nuevas tecnologías cambiarían de forma drástica a la humanidad. Y, desde luego, en eso acertaron de lleno. Pero volvamos a esa literatura hard con ínfulas. Cuando ahora uno recuerda esos títulos, no puede sino reírse. Y quede claro que he dicho literatura hard con ínfulas. Ni tengo ni tuvo nunca nada contra el hard en sí. Me parece una forma de abordar el género, como hay otras. Pero sí tengo —o más bien tuve, porque ahora son poquita cosa— mucho contra algunos apóstoles del hard que no hacían más que dar el tostón con afirmaciones tales como que esa era la verdadera ciencia-ficción y que todo lo demás eran subproductos y bastardías. Ellos, ellos eran los que de verdad estaban explorando el futuro. Pues, si es así, hemos de convenir en que, además carecer de tino, tampoco tenían ninguna serendipia. Colón partió hacia la India y acabó en América, pero ellos zarparon hacia el futuro y no llegaron a ninguna parte. Sus especulaciones terminaron en nada. En fin. He buscado la expresión ciencia-ficción retro y no he encontrado nada. Eso no quiere decir que no ande por ahí o que no exista algún término para definir lo parecido. Lo que importa es que, al revisar algunos de mis textos y, por supuesto, al releer a viejos maestros de la space-opera y la cf espacial te das cuenta de que esa falta de pretensiones proféticas mantiene viva a este tipo de literatura. Uno puede leer con la misma fruición a Jack Vance ahora que hace 30 años, o volver a pasearse por Muerte de la luz, la primera novela de George R.R. Martin —ahora archiconocido por Juego de tronos— que es pura ciencia-ficción galáctica en la que las naves interestelares coexisten con los duelos de honor a espada. Y en literatura, la capacidad (o la suerte) de resistir el paso del tiempo es lo que marca la diferencia entre que un libro se siga leyendo o acabe relegado a eruditos, expertos en algún campo literario exótico. Así que, por eso, le auguro muy larga vida a la ciencia-ficción retro.  

Cuestiones de acento

Vivir hace ya años en Galicia me dejó, entre otras cosas, un cierto deje gallego en mi acento que confunde a no pocos. La gente no sabe ubicarme por el habla y cada uno me lleva a la casilla que mejor le suena. Cuando viajo a Barcelona, es normal que me tomen por asturiano y aquí, en el propio Madrid, al oírme hablar piensa que soy gallego, asturiano e incluso sudamericano. Eso de que piensen que eres de donde no eres tiene su parte instructiva, no necesariamente agradable. Que me tomen por latinoamericano, por ejemplo, me ha permitido constatar que una parte de mis compatriotas carga con más rasgos xenófobos de los que nos es cómo de aceptar. Por ejemplo, hace años, estaba en un bar con unos amigos, despotricando contra el gobierno de turno, que era en concreto el de Zapatero —en realidad, despotrico contra todos los gobiernos que nos van tocando, no por repartir, sino porque todos me dan motivos para despotricar—. Dado que una de las características de discutir en público es que los que están al lado se enteran de lo que estás hablando, un tipo cercano, en un momento dado, perdió los papeles. Irrumpió en nuestra conversación de muy malos modos y me intimó a que «si no me gustaba lo que hacía el gobierno de España, me fuera a mi puto país y en paz. Pasado un primer momento de perplejidad, le contesté que este era mi puto país. Que yo había nacido aquí y que el que se tenía que ir era él, pero a tomar por culo. Sé que es lenguaje malsonante, pero es a donde le mandé. El tipo me confundió con extranjero y, por ese simple hecho, se consideró legitimado para interrumpir mi discusión y tratar de intimidarme. En fin. Esta particularidad, de todas formas, también me ha dado incidentes agradables y hasta hilarantes. Ayer, por ejemplo, caminaba por el Cinturón Verde Ciclista y otro paseante algo me preguntó. Yo le respondí con una frase y entonces me miró con atención y me preguntó: —¿Es usted argentino? Su acento era del Cono Sur, sí, aunque debe llevar mucho tiempo en España para formular la pregunta a la española. Yo le respondí negativamente. Que era de aquí, nacido aquí. Al tipo se le puso cara de decepción, se disculpó y siguió a paso vivo, más rápido que yo. A los pocos metros se detuvo y volvió, como consciente de la cara que había puesto. Me dijo. —Discúlpeme. Es que me llevé una alegría al creer que me había topado hoy justo con un argentino. Por un momento ¡creí que había encontrado alguien con el que cagarme en la reputa selección! Y con esas se fue. Yo aún me estoy riendo.

Una nueva etapa

Bien, amigos. Con esta entrada iniciamos una nueva etapa de Las islas sin nombre. La tercera en concreto. Cada una de ellas ha sido algo distinta y ha estado marcada por mudanzas. Tras una primera fase en un alojamiento propio, mudé el blog a wordpress.com por las ventajas que en aquel momento daba respecto a los alojamientos de baja gama. Y ahora vuelvo a alojamiento propio porque las prestaciones y las posibilidades, gracias por ejemplo a los plugins, son enormes.

Ya en la primera mudanza perdí gran cantidad de fotos y no sé si podría salvar las que hay ahora en el blog, al estar alojado en wordpress.com y no poder usar un plugin de exportación. Así que me he decidido por dejar todo ahí, que ahora es la dirección lasislassinnombre.wordpress.com y que por supuesto todavía se puede visitar (por ejemplo, simplemente pinchando sobre el nombre que les he puesto). Es mejor así.

Porque esta mudanza se acompaña de un cambio a la hora de concebir mi blog. Las islas sin nombre, a lo tonto, tienen ya alrededor de 13 años y muchas cosas han cambiado desde que lo abrí. Por ejemplo, aparecieron y se desarrollaron las Redes Sociales. Y eso, entre otras cosas, hizo que ya no se necesitasen los blogs para colgar «material efímero». Es decir: comentarios, apuntes, pequeñas reflexiones rápidas, también fotos sueltas acompañadas por un comentario mínimo. Todo eso se puede colgar desde hace años en las Redes Sociales con mayor efectividad.

Estoy siempre metido en tantas cosas que soy errático en algunas iniciativas, lo reconozco. A ver si soy capaz de llevar en serio varias aventuras, como la de los podcasts, que me apetecen mucho pero que se van quedando en cola y al final aparcadas, justo por lo dicho de que ando metido en muchas cosas. También me voy a levantar el veto que me puse a mí mismo de no hablar de ciertos temas, como política. En estos años he aprendido que la política es parte de la vida y que, de hecho, influye de manera drástica en nuestras vidas.

En fin, que vamos a esta tercera fase y, si ven que flaqueo, abandono o doy tumbos en ciertos temas, tienen mi permiso para reprochármelo. Y bienvenidos a mi blog.